Diarios de viaje > Italia, Europa
Una inscripción en la pared - Historia de un viaje a la Toscana
Escribe: Malakay
Historia de un viaje a la Toscana
Hacia una vista sublime
Florencia, Italia — martes, 15 de noviembre de 2011
Nos había cundido bastante en nuestros dos días en Florencia, así que esa mañana no madrugamos demasiado. Nuestra primera parada era la farmacia de Santa María Novella la farmacia más antigua de Europa.
Fue creada por los frailes dominicos en el siglo XIII pero no la abrieron al público hasta 1621. Resultó una visita interesante no solo por lo arquitectónico, sino también desde el punto de vista museístico. Como farmacia seguía vendiendo al público sus productos de elaboración propia que se han ampliado a otros campos como la cosmética, viéndose influido su enfoque comercial por la visita de los turistas.
Después de la visita continuamos por la via de la Scala donde se encontraba hasta llegar a la iglesia de Santa María Novella en la plaza del mismo nombre.
La iglesia era bonita, con la fachada de mármol al igual que la Catedral y la Santa Croce, aunque no la visitamos. La plaza era grande y había leído que se usaba en carreras y torneos. En el lado opuesto a la iglesia había otra Loggia (soportal grande) desde el que los nobles los contemplaban en una posición privilegiada. Desde allí continuamos nuestro camino por las calles florentinas, ahora en busca del barrio de Oltrarno, que como su nombre indica estaba al otro lado del río Arno y es que para estas cosas los italianos son poco imaginativos. Oltrarno, al otro lado del Arno, las calles junto a este río se llaman Lungarno, que significa a lo largo del Arno.
El Trastevere en Roma, significa tras el Tíber, el río que cruza la ciudad y las calles que van junto a él se llaman lungotevere. Las calles de Oltrarno son sencillas y algunas de ellas con encanto. A través de ellas llegamos a su monumento más significativo el Palacio Pitti, que actualmente es un mega museo. También se encontraban en su interior los jardines de Bóboli. En nuestra elección de monumentos que visitar en su totalidad no añadimos ni el palacio ni los jardines. A día de hoy no sé si acertamos. Para comer fuimos a buscar a nuestro amigo el de las porcchetas pero tuvimos mala suerte porque un grupo de gente bastante numeroso había acabado con casi todo, así que comimos pasta en un restaurantito bastante agradable que había cerca, donde nos atendió una chica muy amable que hablaba castellano. Optamos por la pasta pero en este restaurante servían el bistec florentino y pude comprobar que era de un tamaño considerable.
Después de tomar un heladito en la gelateria la Trinitá, en oltrarno, justo a la salida del puente del mismo nombre, decidimos subir a la Pìazzale Michelangelo, desde donde habíamos leído que podríamos disfrutar de unas vistas estupendas. Aquí salió mi lado explorador y propuse una ruta alternativa al camino más sencillo que era pasear por la ribera del Arno hasta llegar a las proximidades de la plaza a la que se llegaba después de subir una cuesta bastante importante. Fue el intento por evitar esta cuesta lo que me llevó a experimentar con una ruta alternativa, craso error, aunque luego tuvo su recompensa. Subimos desde el barrio de Oltrarno por la Costa San Giorgio hasta el forte Belvedere y aquí es donde nos equivocamos porque no había rótulos de calles y en lugar de ir por la via di Belvedere fuimos por la Via San Leonardo, por la que nos pegamos un paseíto más que considerable y llenos de incertidumbre porque ya intuíamos que nos habíamos equivocado.
Llegamos a lo que resultó ser la Via Galileo donde nos indicaron el camino hasta la Piazzale Michelangelo. La recompensa llegó porque gracias al error pudimos visitar la Abadía di San Miniato al Monte, del siglo XI. con esa estructura medieval que había visto en la iglesia de Arezzo, con dos niveles en la parte final de la iglesia donde debía estar el altar mayor, con una especie de cripta en su nivel inferior llena de columnas que protegían un pequeño altar.
Esta abadía estaba muy cerca de la plaza así que para verla no hace falta pegarse el paseíto que hicimos nosotros, aunque si no lo hubiéramos hecho no habríamos pasado por delante y seguramente no la habríamos visitado.
Llegamos a la plaza por fin y disfrutamos de las vistas que son espectaculares. Estuvimos un buen rato viendo la vista y presenciando una petición de mano de lo más romántica. El sol empezaba a caer y decidimos bajar a pesar de que la puesta del sol desde allí tenía que ser preciosa, pero no nos arrepentimos porque pudimos ver el atardecer ocultándose el sol tras el puente Vecchio. No creo que ese momento fuese menos hermoso que verlo desde la plaza. Esa imagen se quedó en nuestras retinas probablemente para mucho tiempo. La noche caía sobre Florencia cuando llegamos a la Piazza de la Signoria donde nos encontramos con una inesperada procesión. Una corte medieval desfilaba y se apostaba frente al Palazzo Vecchio, ondeando sus banderas y portando sus pendones. Allí les esperaban representantes del municipio supongo, que después de un par de rituales y cánticos se sumaron a la procesión que continuó su recorrido hasta la Piazza del duomo ondeando sus banderas y lanzándolas al aire.
Les seguimos hasta la catedral y allí también disfrutamos del espectáculo. Estábamos al lado de nuestro local favorito de pizza al corte. Ya conocíamos el local y el salón que tenía bajando la estrecha escalera donde nos esperaban sus mesas de madera y sus paredes llenas de inscripciones de otros turistas que habían decidido dejar su huella. Comimos el menú habitual, trozos de pizza con nuestro albondigón favorito y otra con pepperoni acompañada de una cerveza. Era nuestra última noche y también dejamos nuestro sello, una inscripción en bolígrafo en el techo de la última mesa de la izquierda.
Dos palabras escribimos en aquella pared que definían nuestro viaje, sublime y legendario. Ahora, mientras escribo mis recuerdos de aquel viaje, siento una necesidad muy acentuada de volver a leer aquella inscripción y sentirme como en aquel momento en que la escribí, ¿qué como me sentí? Sublime como aquellos días en la Toscana que ya son, al menos para mi, legendarios.
Fue creada por los frailes dominicos en el siglo XIII pero no la abrieron al público hasta 1621. Resultó una visita interesante no solo por lo arquitectónico, sino también desde el punto de vista museístico. Como farmacia seguía vendiendo al público sus productos de elaboración propia que se han ampliado a otros campos como la cosmética, viéndose influido su enfoque comercial por la visita de los turistas.
Después de la visita continuamos por la via de la Scala donde se encontraba hasta llegar a la iglesia de Santa María Novella en la plaza del mismo nombre.
La iglesia era bonita, con la fachada de mármol al igual que la Catedral y la Santa Croce, aunque no la visitamos. La plaza era grande y había leído que se usaba en carreras y torneos. En el lado opuesto a la iglesia había otra Loggia (soportal grande) desde el que los nobles los contemplaban en una posición privilegiada. Desde allí continuamos nuestro camino por las calles florentinas, ahora en busca del barrio de Oltrarno, que como su nombre indica estaba al otro lado del río Arno y es que para estas cosas los italianos son poco imaginativos. Oltrarno, al otro lado del Arno, las calles junto a este río se llaman Lungarno, que significa a lo largo del Arno.
El Trastevere en Roma, significa tras el Tíber, el río que cruza la ciudad y las calles que van junto a él se llaman lungotevere. Las calles de Oltrarno son sencillas y algunas de ellas con encanto. A través de ellas llegamos a su monumento más significativo el Palacio Pitti, que actualmente es un mega museo. También se encontraban en su interior los jardines de Bóboli. En nuestra elección de monumentos que visitar en su totalidad no añadimos ni el palacio ni los jardines. A día de hoy no sé si acertamos. Para comer fuimos a buscar a nuestro amigo el de las porcchetas pero tuvimos mala suerte porque un grupo de gente bastante numeroso había acabado con casi todo, así que comimos pasta en un restaurantito bastante agradable que había cerca, donde nos atendió una chica muy amable que hablaba castellano. Optamos por la pasta pero en este restaurante servían el bistec florentino y pude comprobar que era de un tamaño considerable.
Después de tomar un heladito en la gelateria la Trinitá, en oltrarno, justo a la salida del puente del mismo nombre, decidimos subir a la Pìazzale Michelangelo, desde donde habíamos leído que podríamos disfrutar de unas vistas estupendas. Aquí salió mi lado explorador y propuse una ruta alternativa al camino más sencillo que era pasear por la ribera del Arno hasta llegar a las proximidades de la plaza a la que se llegaba después de subir una cuesta bastante importante. Fue el intento por evitar esta cuesta lo que me llevó a experimentar con una ruta alternativa, craso error, aunque luego tuvo su recompensa. Subimos desde el barrio de Oltrarno por la Costa San Giorgio hasta el forte Belvedere y aquí es donde nos equivocamos porque no había rótulos de calles y en lugar de ir por la via di Belvedere fuimos por la Via San Leonardo, por la que nos pegamos un paseíto más que considerable y llenos de incertidumbre porque ya intuíamos que nos habíamos equivocado.
Llegamos a lo que resultó ser la Via Galileo donde nos indicaron el camino hasta la Piazzale Michelangelo. La recompensa llegó porque gracias al error pudimos visitar la Abadía di San Miniato al Monte, del siglo XI. con esa estructura medieval que había visto en la iglesia de Arezzo, con dos niveles en la parte final de la iglesia donde debía estar el altar mayor, con una especie de cripta en su nivel inferior llena de columnas que protegían un pequeño altar.
Esta abadía estaba muy cerca de la plaza así que para verla no hace falta pegarse el paseíto que hicimos nosotros, aunque si no lo hubiéramos hecho no habríamos pasado por delante y seguramente no la habríamos visitado.
Llegamos a la plaza por fin y disfrutamos de las vistas que son espectaculares. Estuvimos un buen rato viendo la vista y presenciando una petición de mano de lo más romántica. El sol empezaba a caer y decidimos bajar a pesar de que la puesta del sol desde allí tenía que ser preciosa, pero no nos arrepentimos porque pudimos ver el atardecer ocultándose el sol tras el puente Vecchio. No creo que ese momento fuese menos hermoso que verlo desde la plaza. Esa imagen se quedó en nuestras retinas probablemente para mucho tiempo. La noche caía sobre Florencia cuando llegamos a la Piazza de la Signoria donde nos encontramos con una inesperada procesión. Una corte medieval desfilaba y se apostaba frente al Palazzo Vecchio, ondeando sus banderas y portando sus pendones. Allí les esperaban representantes del municipio supongo, que después de un par de rituales y cánticos se sumaron a la procesión que continuó su recorrido hasta la Piazza del duomo ondeando sus banderas y lanzándolas al aire.
Les seguimos hasta la catedral y allí también disfrutamos del espectáculo. Estábamos al lado de nuestro local favorito de pizza al corte. Ya conocíamos el local y el salón que tenía bajando la estrecha escalera donde nos esperaban sus mesas de madera y sus paredes llenas de inscripciones de otros turistas que habían decidido dejar su huella. Comimos el menú habitual, trozos de pizza con nuestro albondigón favorito y otra con pepperoni acompañada de una cerveza. Era nuestra última noche y también dejamos nuestro sello, una inscripción en bolígrafo en el techo de la última mesa de la izquierda.
Dos palabras escribimos en aquella pared que definían nuestro viaje, sublime y legendario. Ahora, mientras escribo mis recuerdos de aquel viaje, siento una necesidad muy acentuada de volver a leer aquella inscripción y sentirme como en aquel momento en que la escribí, ¿qué como me sentí? Sublime como aquellos días en la Toscana que ya son, al menos para mi, legendarios.
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