Diarios de viaje > Italia, Europa
Una inscripción en la pared - Historia de un viaje a la Toscana
Escribe: Malakay
Historia de un viaje a la Toscana
El encuentro con florencia
Florencia, Italia — martes, 15 de noviembre de 2011
Nuestro viaje había cambiado. Atrás dejamos el turismo de carreteras secundarias, campo y pueblecitos para adentrarnos en la experiencia del turismo cultural y de ciudades. Así que después de conducir por una autovía en bastante mal estado llegamos a la capital de la Toscana, Florencia. Después de alojarnos en el hotel NH AngloAmerican, un hotel algo desgastado por el paso del tiempo pero limpito y a un precio razonable, nos entregamos a las calles florentinas caminando por la riera del Arno, el río que cruza la ciudad, decididos a encontrarnos con el primer y gran atractivo de la ciudad, el puente Vecchio.
Quedaba bastante cerca del hotel, así que pronto nos encontramos ante él. No me cupo duda de que es único en el mundo, o al menos es el primer puente que veía con casas encima. Me pareció un conjunto arquitectónico interesante.
Lo cruzamos dejando a nuestros lados las joyerías que hoy ocupan los locales comerciales del puente, locales que deben ocupar ese lugar hacía siglos. Se han preocupado de conservar el aspecto medieval de las tiendas algo que pude comprobar más tarde cuando pasamos por él con los comercios cerrados y pude ver sus cierres con grandes portones de bisagras enormes, puro medievo. Desde allí callejeamos un poco hasta llegar a la Piazza della Signoria, donde el Palazzo Vecchio lo dominaba todo con la réplica del David de Miguel Ángel en la puerta y las esculturas bajo el enorme soportal de la Loggia dei Lanzi. Todo ello, junto a la fuente de Neptuno, se convierte en un conjunto escultural difícil de igualar, aunque resultaba tan accesible que tuve cierta tendencia a infravalorarlo.
La plaza era muy grande, pero todas las miradas quedaban centradas en el palacio y su entorno que se encuentran en un lado. Seguimos callejeando en busca de la catedral, encontrando más muestras de lo que la gente con la que había hablado consideraba la definición de Florencia, es decir, "arte en la calle", aunque yo había magnificado esta expresión imaginando en mi mente algo así como un museo en la calle, no llegaba a tanto.
Llegamos a la Piazza del Duomo, con el Baptisterio dominando la plaza y dificultando parcialmente la visión de la fachada de la catedral y su estructura cubierta de mármol. Observamos la cola que había para entrar, extendiéndose por el lateral, así que decidimos postergar la visita a su interior para el día siguiente. Varias circunstancias apoyaron esta idea, una, que algunos de nosotros no pasábamos el filtro que, en la puerta de acceso, evitaba la entrada de todo aquel que llevase un vestuario indecoroso. También influyó que se acercaba la hora de la comida, algo de lo que nos acordamos al pasar por nuestro lado una chica con un buen trozo de pizza cargado con albóndigas. Nuestros sentidos dejaron de admirar la magnífica arquitectura de la catedral para empezar a localizar el garito que servía aquella pizza tan apetitosa.
Lo encontramos muy cerquita de allí. Era un local minúsculo donde servían pizza al corte para llevar. Al final de unas escaleras empinadísimas descendentes se intuía un pequeño salón que descubrimos más tarde ya que en ese momento optamos por comernos la pizza sentado en las escaleras de la iglesia de San Lorenzo que se encontraba cerca de allí.
Seguimos nuestro vagar por las calles de Florencia, buscando la Galería de la Academia donde está el David original, nuevamente encontramos una cola bien larga. Era posible sacar las entradas con antelación, lo que pensé que era una gran idea visto lo visto. De todas formas nosotros desistimos de visitarla al reconocer que nuestros conocimientos artísticos no daban para valorar la relación calidad - precio entre el contenido del museo y su precio. Eso también nos pasó con la Galería de los Uffizi, El Palacio Pitti y el Museo de los Medici donde se encontraba lo más granado del arte del renacimiento.
Volvimos de vuelta al centro neurálgico de la ciudad y nos perdimos entre los mercadillos callejeros de San Lorenzo y en la Loggia de Vía Pellicceria donde encontramos la fuente del jabalí de bronce, al que hay que acariciar el morro para volver a Florencia, algo que no puede faltar en ninguna ciudad turística que se precie. En estos mercadillos y en toda la ciudad hay un gran comercio de piel, por lo que la mayoría de puestos están llenos de chaquetas, abrigos, bolsos, cinturones, carteras y un largo etcétera.
Seguimos con nuestro reconocimiento general de Florencia y nos dirigimos hacia la Piazza de la Santa Croce donde se encuentra la iglesia del mismo nombre. También encontramos cola aunque mucho menor que las anteriores. En cualquier caso, decidimos que las visitas a monumentos las dejaríamos para el día siguiente. Esa noche cenamos en el hotelito y a descansar, que el cuerpo lo pedía a gritos.
Quedaba bastante cerca del hotel, así que pronto nos encontramos ante él. No me cupo duda de que es único en el mundo, o al menos es el primer puente que veía con casas encima. Me pareció un conjunto arquitectónico interesante.
Lo cruzamos dejando a nuestros lados las joyerías que hoy ocupan los locales comerciales del puente, locales que deben ocupar ese lugar hacía siglos. Se han preocupado de conservar el aspecto medieval de las tiendas algo que pude comprobar más tarde cuando pasamos por él con los comercios cerrados y pude ver sus cierres con grandes portones de bisagras enormes, puro medievo. Desde allí callejeamos un poco hasta llegar a la Piazza della Signoria, donde el Palazzo Vecchio lo dominaba todo con la réplica del David de Miguel Ángel en la puerta y las esculturas bajo el enorme soportal de la Loggia dei Lanzi. Todo ello, junto a la fuente de Neptuno, se convierte en un conjunto escultural difícil de igualar, aunque resultaba tan accesible que tuve cierta tendencia a infravalorarlo.
La plaza era muy grande, pero todas las miradas quedaban centradas en el palacio y su entorno que se encuentran en un lado. Seguimos callejeando en busca de la catedral, encontrando más muestras de lo que la gente con la que había hablado consideraba la definición de Florencia, es decir, "arte en la calle", aunque yo había magnificado esta expresión imaginando en mi mente algo así como un museo en la calle, no llegaba a tanto.
Llegamos a la Piazza del Duomo, con el Baptisterio dominando la plaza y dificultando parcialmente la visión de la fachada de la catedral y su estructura cubierta de mármol. Observamos la cola que había para entrar, extendiéndose por el lateral, así que decidimos postergar la visita a su interior para el día siguiente. Varias circunstancias apoyaron esta idea, una, que algunos de nosotros no pasábamos el filtro que, en la puerta de acceso, evitaba la entrada de todo aquel que llevase un vestuario indecoroso. También influyó que se acercaba la hora de la comida, algo de lo que nos acordamos al pasar por nuestro lado una chica con un buen trozo de pizza cargado con albóndigas. Nuestros sentidos dejaron de admirar la magnífica arquitectura de la catedral para empezar a localizar el garito que servía aquella pizza tan apetitosa.
Lo encontramos muy cerquita de allí. Era un local minúsculo donde servían pizza al corte para llevar. Al final de unas escaleras empinadísimas descendentes se intuía un pequeño salón que descubrimos más tarde ya que en ese momento optamos por comernos la pizza sentado en las escaleras de la iglesia de San Lorenzo que se encontraba cerca de allí.
Seguimos nuestro vagar por las calles de Florencia, buscando la Galería de la Academia donde está el David original, nuevamente encontramos una cola bien larga. Era posible sacar las entradas con antelación, lo que pensé que era una gran idea visto lo visto. De todas formas nosotros desistimos de visitarla al reconocer que nuestros conocimientos artísticos no daban para valorar la relación calidad - precio entre el contenido del museo y su precio. Eso también nos pasó con la Galería de los Uffizi, El Palacio Pitti y el Museo de los Medici donde se encontraba lo más granado del arte del renacimiento.
Volvimos de vuelta al centro neurálgico de la ciudad y nos perdimos entre los mercadillos callejeros de San Lorenzo y en la Loggia de Vía Pellicceria donde encontramos la fuente del jabalí de bronce, al que hay que acariciar el morro para volver a Florencia, algo que no puede faltar en ninguna ciudad turística que se precie. En estos mercadillos y en toda la ciudad hay un gran comercio de piel, por lo que la mayoría de puestos están llenos de chaquetas, abrigos, bolsos, cinturones, carteras y un largo etcétera.
Seguimos con nuestro reconocimiento general de Florencia y nos dirigimos hacia la Piazza de la Santa Croce donde se encuentra la iglesia del mismo nombre. También encontramos cola aunque mucho menor que las anteriores. En cualquier caso, decidimos que las visitas a monumentos las dejaríamos para el día siguiente. Esa noche cenamos en el hotelito y a descansar, que el cuerpo lo pedía a gritos.
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