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Días de vino y arte en La Toscana

Escribe: piterandres
Florencia es una de las ciudades más visitadas de Europa, no en vano cuenta con la mayor concentración de obras de arte famosas del mundo, pero además de los consabidos símbolos, como el David y el Nacimiento de Venus, la capital de la Toscana nos ofrece rincones inolvidables, una gastronomía curiosa (para los gallegos eso de la excelencia de las materias primas deberían decirlo con la boca pequeña… ¡pero en fin!), artesanía, moda y vino, mucho vino.

 

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El arte de vivir

Florencia, Italia — jueves, 28 de enero de 2010

Llevaba tiempo queriendo hacer una escapadita a la Toscana. Aunque uno no lo pretenda, lo cierto es que es un destino que te meten por los ojos a través del cine, la literatura... eso los italianos lo saben hacer muy bien.
Conocía Florencia de un viaje anterior, en el que habíamos hecho la consabida ruta Roma -Florencia - Pisa... así que esta vez, con las visitas de los museos "obligatorios" ya cubiertas, íbamos pensando en disfrutar a tope de los deleites que ofrece la Toscana.
Reservamos en el Grand Cavour, un hotel que, como prometía la información que habíamos consultado, estaba realmente céntrico.
Es de esos establecimientos que se han remodelado hace poco... pero a los que se les nota el paso de los años. Eso sí: habitaciones amplísimas y un personal de lo más amable.
El bar del Hotel, el Angel, está muy concurrido cualquier día de la semana. Por la noche, a la hora del aperitivi, traen un DJ y se pone hasta arriba de eso que llaman "gente guapa".
Como llegamos a la hora de la cena, decidimos empezar por darnos una buena zampada y tomarnos unos vinitos.
Las Enoteche cumplen una función imprescindible en la vida de los toscanos, y se ubican tanto en palazzos grandiosos, como en antiguas abadías, como en chiringuitos de lo más cutre.
Es un pecado de los gordos irse de la Toscana sin probar el bistecca a la fliorentina, un grueso y sanguinolento trozo de carne que, como la mayoría de los platos toscanos, se prepara de una manera muy sencilla (sólo pimienta y sal) para apreciar la calidad de las materias primas. Su secreto es que la ternera debe ser la auténtica Chianina (una especie local muy valorada).
Para acompañar el vino es frecuente que sirvan pequeños bocados como panini o crostini... eso sí, siempre de pie, porque en cuanto te sientas en una mesa la cuenta se multiplica por 3.
 
Nos levantamos tempranito y desayunamos en el hotel. Resultó que había una chica de Orense haciendo prácticas allí y se acercó a hablarnos en cuanto nos identificó.
Nos enseñó la terraza del hotel (en la que se puede desayunar en verano), desde la que se tienen unas vistas impresionantes del mar de tejados rojos de Florencia.
Bajamos a la calle para una segunda toma de contacto: el ambiente estudiantil de la noche había dado paso a una agitada mañana en la que las bicicletas eran las protagonistas. Por mucho que viajo, no dejan de sorprenderme los ejecutivos trajeados pedaleando, o señoras "empingoretadas" agarradas al manillar.
Uno no puede irse de Florencia sin subir a la cúpula del Duomo, los jardines Boboli y "fare il giro" por sus magníficas plazas (especialmente la Della Signoría, aunque a mi personalmente me fascina el carrusel de la Piazza de la Repubblica).
Pero ¡ojo con las terrazas! Son terriblemente tentadoras (y la única solución para quienes gustan de fumar con el café), pero igual de caras. Donde un capuccino te puede costar 1€ en la barra, te puede suponer 5€ en la terraza. Así, sin términos medios y sin pestañear.
Comimos por muy poco en un establecimiento de pizza al corte (de esos que te la venden por porciones y así puedes probar las infinitas variedades de ingredientes). Siempre hacemos caso a las recomendaciones de Lonely Planet y casi nunca falla.
La tarde la pasamos en el Oltrarno, callejeando y curioseando las tiendas de artesanía.
La sucesión de puentes que unen ambos lados del Arno es una auténtica maravilla. El más conocido es el Ponte Vecchio, pero también el más abarrotado, por lo que no es mala idea ver la puesta de sol desde el Ponte Santa Trinitá, ya que las tonalidades rojizas que se producen en el cielo a medida que el sol se va ocultando son igual de hermosas.
Para adaptarnos a los horarios de comida italianos decidimos sucumbir a una de sus costumbres más características: el aperitivi.
Cruzamos de nuevo el Ponte Vecchio para llegar al Moyo, en la Vía dei Benci, un local de ambiente estudiantil, techos altos y estilo moderno, en el que encontramos una mesa enorme para sentarnos y disfrutamos de un buffet de pastas, ensaladas y otros mejunjes italianos de esos sencillos pero riquísimos por 6 € cada uno.
 

Publicado el 28/ene/2010, 10.00
Modificado el 10/feb/2010, 10.20
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