El último día lo teníamos reservado para el Palacio de Topkapi , recorrer cada uno de sus salones, ir tranquilos con nuestra guía leyendo su historia, pasear por sus jardines y disfrutar de la vista de Estambul desde sus terrazas.
Recordemos que el Imperio Otomano fue uno de los imperios más grande de todos los tiempos y que este Palacio era su Sede Administrativa. En un imperio tan poderoso, donde no se conoció la sencillez ni la simpleza, cada uno de los Sultanes que habitaron el Palacio fue ampliándolo y cargándolo más y más de riqueza.
Uno llega cargando muchas cifras fabulosas, que dan las guías turísticas: Topkapi tiene 700.000 metros cuadrados -lo que representaría 2 Vaticanos juntos-, residían allí habitualmente 5000 personas, cuenta con una de las colecciones más ricas del mundo, sus jardines están rodeados por una muralla bizantina de 5 km de largo, etc., etc.
No hay número por exagerado que sea capaz de representar la riqueza que se encuentra concentrada en ese solo sitio.
Desde la puerta imperial, que es la entrada principal del palacio, pasando por sus jardines, el patio principal, las distintas salas reales, las joyas de los sultanes, la colección de perlas y piedras preciosas, la colección de objetos de oriente recibidos como regalos reales o apropiados como botines de guerra, la colección de armas, de sables y armaduras... tantos detalles, objetos con tanta historia, salones cargados de tantas leyendas... todo es muy bello, muy exagerado, hasta la vista de Estambul desde sus terrazas, es ostentosa.
Y para nuestra sorpresa, después de 4 días de lluvia, desde las terrazas del Topkapi vimos el cielo se empezó a abrir y casi sobre el atardecer, se asomó un rayo de sol sobre Estambul. Majestuosa e imponente, dejaba brillar sus cúpulas, la Torre Gálata, el Bósforo y sus puentes.
Casi como un rayo salimos del Palacio Topkapi, y lo que se suponía un resto de tarde tranquila como fin de cuatro días muy intensos, se convirtió en una carrera contra el tiempo, porque yo insistía en llevarme algunas fotografías soleadas de la Mezquita Azul, de Santa Sofía y del Cuerno de Oro, y bien valió la pena la corrida, porque el marco celeste les calzó perfecto.