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Texas, ¡El Americano Furioso!
Escribe: marcocar
¡El Americano Furioso! Red, White, & Blue (The Angry American)*Por Marco CAR De lo primero que uno se da cuenta cuando llega a Texas es de la ostentación que existe. Un reflejo de ello es el...
Capítulo 1
Texas, ¡El Americano Furioso!
Estados Unidos — sábado, 27 de marzo de 2004
¡El Americano Furioso!
Red, White, & Blue (The Angry American)*
Por Marco CAR
De lo primero que uno se da cuenta cuando llega a Texas es de la ostentación que existe. Un reflejo de ello es el gran número de personas obesas y la forma como la gente desperdicia la comida, lo que se puede observar en los “fast foods”. Las bolsas enormes de papas fritas (o “freedom fries” como les comienzan a llamar aquí por el rechazo creciente a Francia que no los acompañó en su invasión a Irak) y hamburguesas desparramando queso se tiran sin más. Todo sobra, pese a que, al contrario de lo que uno pudiera creer, la vida en Estados Unidos es muy cara.
En el caso de la obesidad, hay inmigrantes – sobre todo latinos – que llegaron hace cinco años pesando 60 o 70 kilos y que hoy pesan 110 o 120. Es común ver a gente obesa trasladándose en pequeños vehículos dentro de los supermercados. Algunos lo hacen porque su peso los imposibilita a caminar y otros lo hacen por pereza simplemente. De hecho, se acaba de aprobar una propuesta, en el estado de Texas, para que los representantes puedan usar unas especies de “carritos” para trasladarse por los recintos oficiales. El otro día, sentado en una banca de un centro comercial, vi a un señor que se bajaba de su automóvil con un gran esfuerzo. Era una montaña humana. Y al bajar de su automóvil este se levantó varios centímetros del suelo. Enseguida, personal del centro comercial llegó con un vehículo para que pudiera trasladarse al interior de la tienda para comprar (que es la actividad esencial del norteamericano) pero el carrito simplemente se rehusó a caminar. No soportaba el peso. El señor aquel, vestido con una camisola y una bermuda rosas se molestó mucho y dijo algo acerca de que en “Walmart” (otra tienda) si había carritos que lo podían soportar. Detrás de él, una bandera norteamericana se sacudía con el viento.
Ese mismo día comencé a fijarme en la forma que camina la gente cuando “debe” desplazarse a pie. Y pongo comillas en el “debe” porque solamente así, obligados, la gente de aquí se desplaza con sus propios pies. A casi todos, incluso a los niños les cuesta trabajo caminar, no están acostumbrados. Parece exagerado pero no lo es en absoluto. Cuando la gente desde sus carros me observa en mi bicicleta parece que vieran un fantasma.
Estados Unidos es la isla más grande del mundo. El norteamericano medio no tiene información y es ignorante, incluso, de su propio entorno. Lo curioso radica en que lo saben y que están orgullosos de ello. “Im proud to be a redneck” es una frase común entre los norteamericanos de nivel medio. Un “redneck” (cuello rojo) es una persona “simple”, sobre todo de los pueblos pequeños que no tiene mucha educación (quizás llegó a la preparatoria), que trabaja en un restaurante, en una oficina metiendo datos en una computadora o en una fábrica, pero que es feliz porque disfruta el hecho de poder comprar donas y poder adquirir un automóvil a crédito. El problema (para el mundo) es que un “redneck” está gobernado este país ahora. Para describir con mayor claridad este panorama desolador de persistir en la ignorancia, puedo contar que un norteamericano me aseguró con vehemencia, la semana pasada, que Cancún era parte de Estados Unidos, no de México.
Y así, el nivel cultural y de posicionamiento político de la sociedad es nulo. Esto se refleja, por ejemplo, en el hecho de que el número uno de la lista de éxitos country era, hasta las semanas pasadas, una canción llamada “ Red, White, and Blue”. En ella, el cantante, literalmente, amenaza al mundo: “ Será un infierno cuando escuches a la Madre Libertad hacer sonar su campana!” haciendo referencia a la guerra con Irak. Pero quizás el hecho más dramático es el que presentan los niños norteamericanos, que conviven a diario con un clima de violencia. Cuando aún se desarrollaba la invasión a Irak, los niños de escuelas primarias enviaron cartas a los marines desplazados en Irak agradeciéndoles que su sacrificio por la libertad.
Embebidos en ese discurso, los norteamericanos hacen de la vista gorda sobre los intereses de las industrias norteamericanas en el petróleo de Irak. Norman Mailer había dicho ya que Bill Clinton había sido el último presidente de Estados Unidos. En el futuro, las grandes corporaciones norteamericanas no necesitarían de los políticos. Hoy, la profecía de Mailer se ha vuelto realidad. Ahí está Alan Rumsfeld, claramente, a los intereses de empresas petroleras. Las consecuencias de esta impunidad son múltiples, y todas ellas graves en lo humano: miles de inocentes sacrificados en Irak. Pero también están los “inocentes” (en el amplio sentido de la palabra) que integran al pueblo de Estados Unidos. Los marines son, por lo general, gente del pueblo, inmigrantes que aspiran a ser “ciudadanos”, gente que quiere cambiar sus expectativas de vida. Jessica Lynch, la niña de 19 años que fue enviada a pelear a Irak, y que ha sido convertida por los medios norteamericanos en una “heroína americana”, dijo que había ido a pelear para poder estudiar para maestra. Ahí están los inmigrantes mexicanos y guatemaltecos a los que se les concedió la ciudadanía “postmortem”después de haber “peleado por la libertad en Irak”.
El problema es que el concepto norteamericano de libertad está ligado al consumo. Nadie que se desconozca a sí mismo y a su entorno puede ser libre. O quizás ignorar es lo que los hace felices (una señora dijo aquí el otro día que era bueno “no saber todo” porque “saber todo podría ser dañino”). Pero la ignorancia tiene sus consecuencias.
Hace unas semanas, en Shreveaport, Lousiana, un tipo entró a una escuela durante un juego de baloncesto y descargó una AK-47 a un adolescente que murió al instante. También hirió a unas muchachas porristas y a otros estudiantes. Había sido contratado por compañeros estudiantes de la joven víctima. “Fue una venganza” dijo la policía.
En Estados Unidos existen por lo menos unas 70 revistas dedicadas al negocio de las armas. En las tiendas uno puede ver a los adolescentes hojeándolas y señalando las virtudes de cada pistola o escopeta que ven.
En lo más dramático de la matanza de civiles en Irak por parte del ejército de Estados Unidos, en la radio, uno de los locutores más famosos del país contó una de las cientos de bromas “de profundo sentido del humor americano” que se hicieron por todas partes: “Why Bagdad is a holly city” – pregunta el locutor, para responder él mismo después de un silencio dramático que “Is a holly city because there’ s a hole (hoyo), here, there and everywere...” al finalizar la broma, carcajadas de los radioescuchas en el supermercado en que me encuentro.
Pero quizás, una de las consecuencias más graves de esta ignorancia es la soledad en que está envuelto Estados Unidos. Iglesias por doquier que justifican, mediante citas bíblicas en sus marquesinas (supuestamente dedicadas a Dios) la matanza en Irak; anuncios en los McDonalds apoyando al presidente y a los marines, editoriales en los diarios que proclaman que Francia y “los países viejos de Europa” son en realidad competidores y no amigos. En las bibliotecas públucas y aún en las librerías no existen ciertos libros (del premio Nobel de literatura José Saramago, por ejemplo) pero el libro más vendido es “Te Savage Nation” de Michael Savage, una personalidad racista de la radio y la televisión norteamericana que aboga porque Estados Unidos ataque Siria, Irán y Corea del Norte y que afirmaba que la guerra contra Irak era, en realidad, una guerra contra Babilonia y contra el mal. Es la soledad, cuando el Dallas Morning News maneja como una de sus principales noticias la realización del nuevo estadio de los vaqueros de Dallas, que costará dos billones de dólares, mientras en los periódicos de todo el mundo se describe la “emergencia humanitaria en Irak.
Y así, el mismo día que los marines tomaron Bagdad, mientras unos afroamericanos me salen al paso en la calle Mobberly pidiéndome un dólar, Estados Unidos se aletarga en un sueño confuso, el sueño americano de libertad, una libertad que aquí se ha perdido irremediablemente, como la música blues de aquel viejito espectral sentado en el porche de su casa aquel atardecer de hace diez días sobre la calle Cotton, mientras al fondo, en la marquesina de un McDonalds un letrero anunciaba “Now, God is in control”.
* \"And the Statue of Liberty started shaking her fist.
And the eagle will fly,
And there''''''''s gonna be Hell,
When you hear Mother Freedom start ringing her bell!
It''''''''s gonna feel like the whole wide world is raining down on you...
Brought to you courtesy of the Red, White and Blue!
Oh, Justice will be served and the battle will rage.
This big dog will fight when you rattle his cage
You''''''''ll be sorry that you messed with the US of A
''''''''Cuz we''''''''ll put a boot in your ass
It''''''''s the American way.\"
-Toby Keith, cantante country
Red, White, & Blue (The Angry American)*
Por Marco CAR
De lo primero que uno se da cuenta cuando llega a Texas es de la ostentación que existe. Un reflejo de ello es el gran número de personas obesas y la forma como la gente desperdicia la comida, lo que se puede observar en los “fast foods”. Las bolsas enormes de papas fritas (o “freedom fries” como les comienzan a llamar aquí por el rechazo creciente a Francia que no los acompañó en su invasión a Irak) y hamburguesas desparramando queso se tiran sin más. Todo sobra, pese a que, al contrario de lo que uno pudiera creer, la vida en Estados Unidos es muy cara.
En el caso de la obesidad, hay inmigrantes – sobre todo latinos – que llegaron hace cinco años pesando 60 o 70 kilos y que hoy pesan 110 o 120. Es común ver a gente obesa trasladándose en pequeños vehículos dentro de los supermercados. Algunos lo hacen porque su peso los imposibilita a caminar y otros lo hacen por pereza simplemente. De hecho, se acaba de aprobar una propuesta, en el estado de Texas, para que los representantes puedan usar unas especies de “carritos” para trasladarse por los recintos oficiales. El otro día, sentado en una banca de un centro comercial, vi a un señor que se bajaba de su automóvil con un gran esfuerzo. Era una montaña humana. Y al bajar de su automóvil este se levantó varios centímetros del suelo. Enseguida, personal del centro comercial llegó con un vehículo para que pudiera trasladarse al interior de la tienda para comprar (que es la actividad esencial del norteamericano) pero el carrito simplemente se rehusó a caminar. No soportaba el peso. El señor aquel, vestido con una camisola y una bermuda rosas se molestó mucho y dijo algo acerca de que en “Walmart” (otra tienda) si había carritos que lo podían soportar. Detrás de él, una bandera norteamericana se sacudía con el viento.
Ese mismo día comencé a fijarme en la forma que camina la gente cuando “debe” desplazarse a pie. Y pongo comillas en el “debe” porque solamente así, obligados, la gente de aquí se desplaza con sus propios pies. A casi todos, incluso a los niños les cuesta trabajo caminar, no están acostumbrados. Parece exagerado pero no lo es en absoluto. Cuando la gente desde sus carros me observa en mi bicicleta parece que vieran un fantasma.
Estados Unidos es la isla más grande del mundo. El norteamericano medio no tiene información y es ignorante, incluso, de su propio entorno. Lo curioso radica en que lo saben y que están orgullosos de ello. “Im proud to be a redneck” es una frase común entre los norteamericanos de nivel medio. Un “redneck” (cuello rojo) es una persona “simple”, sobre todo de los pueblos pequeños que no tiene mucha educación (quizás llegó a la preparatoria), que trabaja en un restaurante, en una oficina metiendo datos en una computadora o en una fábrica, pero que es feliz porque disfruta el hecho de poder comprar donas y poder adquirir un automóvil a crédito. El problema (para el mundo) es que un “redneck” está gobernado este país ahora. Para describir con mayor claridad este panorama desolador de persistir en la ignorancia, puedo contar que un norteamericano me aseguró con vehemencia, la semana pasada, que Cancún era parte de Estados Unidos, no de México.
Y así, el nivel cultural y de posicionamiento político de la sociedad es nulo. Esto se refleja, por ejemplo, en el hecho de que el número uno de la lista de éxitos country era, hasta las semanas pasadas, una canción llamada “ Red, White, and Blue”. En ella, el cantante, literalmente, amenaza al mundo: “ Será un infierno cuando escuches a la Madre Libertad hacer sonar su campana!” haciendo referencia a la guerra con Irak. Pero quizás el hecho más dramático es el que presentan los niños norteamericanos, que conviven a diario con un clima de violencia. Cuando aún se desarrollaba la invasión a Irak, los niños de escuelas primarias enviaron cartas a los marines desplazados en Irak agradeciéndoles que su sacrificio por la libertad.
Embebidos en ese discurso, los norteamericanos hacen de la vista gorda sobre los intereses de las industrias norteamericanas en el petróleo de Irak. Norman Mailer había dicho ya que Bill Clinton había sido el último presidente de Estados Unidos. En el futuro, las grandes corporaciones norteamericanas no necesitarían de los políticos. Hoy, la profecía de Mailer se ha vuelto realidad. Ahí está Alan Rumsfeld, claramente, a los intereses de empresas petroleras. Las consecuencias de esta impunidad son múltiples, y todas ellas graves en lo humano: miles de inocentes sacrificados en Irak. Pero también están los “inocentes” (en el amplio sentido de la palabra) que integran al pueblo de Estados Unidos. Los marines son, por lo general, gente del pueblo, inmigrantes que aspiran a ser “ciudadanos”, gente que quiere cambiar sus expectativas de vida. Jessica Lynch, la niña de 19 años que fue enviada a pelear a Irak, y que ha sido convertida por los medios norteamericanos en una “heroína americana”, dijo que había ido a pelear para poder estudiar para maestra. Ahí están los inmigrantes mexicanos y guatemaltecos a los que se les concedió la ciudadanía “postmortem”después de haber “peleado por la libertad en Irak”.
El problema es que el concepto norteamericano de libertad está ligado al consumo. Nadie que se desconozca a sí mismo y a su entorno puede ser libre. O quizás ignorar es lo que los hace felices (una señora dijo aquí el otro día que era bueno “no saber todo” porque “saber todo podría ser dañino”). Pero la ignorancia tiene sus consecuencias.
Hace unas semanas, en Shreveaport, Lousiana, un tipo entró a una escuela durante un juego de baloncesto y descargó una AK-47 a un adolescente que murió al instante. También hirió a unas muchachas porristas y a otros estudiantes. Había sido contratado por compañeros estudiantes de la joven víctima. “Fue una venganza” dijo la policía.
En Estados Unidos existen por lo menos unas 70 revistas dedicadas al negocio de las armas. En las tiendas uno puede ver a los adolescentes hojeándolas y señalando las virtudes de cada pistola o escopeta que ven.
En lo más dramático de la matanza de civiles en Irak por parte del ejército de Estados Unidos, en la radio, uno de los locutores más famosos del país contó una de las cientos de bromas “de profundo sentido del humor americano” que se hicieron por todas partes: “Why Bagdad is a holly city” – pregunta el locutor, para responder él mismo después de un silencio dramático que “Is a holly city because there’ s a hole (hoyo), here, there and everywere...” al finalizar la broma, carcajadas de los radioescuchas en el supermercado en que me encuentro.
Pero quizás, una de las consecuencias más graves de esta ignorancia es la soledad en que está envuelto Estados Unidos. Iglesias por doquier que justifican, mediante citas bíblicas en sus marquesinas (supuestamente dedicadas a Dios) la matanza en Irak; anuncios en los McDonalds apoyando al presidente y a los marines, editoriales en los diarios que proclaman que Francia y “los países viejos de Europa” son en realidad competidores y no amigos. En las bibliotecas públucas y aún en las librerías no existen ciertos libros (del premio Nobel de literatura José Saramago, por ejemplo) pero el libro más vendido es “Te Savage Nation” de Michael Savage, una personalidad racista de la radio y la televisión norteamericana que aboga porque Estados Unidos ataque Siria, Irán y Corea del Norte y que afirmaba que la guerra contra Irak era, en realidad, una guerra contra Babilonia y contra el mal. Es la soledad, cuando el Dallas Morning News maneja como una de sus principales noticias la realización del nuevo estadio de los vaqueros de Dallas, que costará dos billones de dólares, mientras en los periódicos de todo el mundo se describe la “emergencia humanitaria en Irak.
Y así, el mismo día que los marines tomaron Bagdad, mientras unos afroamericanos me salen al paso en la calle Mobberly pidiéndome un dólar, Estados Unidos se aletarga en un sueño confuso, el sueño americano de libertad, una libertad que aquí se ha perdido irremediablemente, como la música blues de aquel viejito espectral sentado en el porche de su casa aquel atardecer de hace diez días sobre la calle Cotton, mientras al fondo, en la marquesina de un McDonalds un letrero anunciaba “Now, God is in control”.
* \"And the Statue of Liberty started shaking her fist.
And the eagle will fly,
And there''''''''s gonna be Hell,
When you hear Mother Freedom start ringing her bell!
It''''''''s gonna feel like the whole wide world is raining down on you...
Brought to you courtesy of the Red, White and Blue!
Oh, Justice will be served and the battle will rage.
This big dog will fight when you rattle his cage
You''''''''ll be sorry that you messed with the US of A
''''''''Cuz we''''''''ll put a boot in your ass
It''''''''s the American way.\"
-Toby Keith, cantante country
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Publicado el 27/mar/2004, 16.00 |
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Texas, ¡El Americano Furioso!
Estados Unidos | 27 de marzo de 2004
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