La gran ciudad donde se siente el peso de la cultura iraní es Isfahan. Desde el siglo XVI, dos versos reflejan mejor que cualquier tratado la esencia de la gran metrópoli persa: Esfahan nesf-é jahan, «Isfahan es la mitad del mundo». Todo el refinamiento de la cultura persa está presente en sus monumentos exquisitos, su historia prodigiosa y las costumbres de sus habitantes.
Muchas de las construcciones más importantes de Isfahan fueron levantadas por órdenes del sha Abbás I, hace cuatro siglos. Con él la ciudad vivió su gran momento de gloria, aunque no el único de plenitud. Abbás I fue el monarca más importante de la dinastía safávida y quiso hacer de Isfahan la capital más grande y hermosa del mundo. Y no sería exagerado pensar que lo consiguió, teniendo en cuenta que lo mucho que se conserva no es sino una pequeña parte de su antiguo esplendor.
Isfahan es el lugar donde se entiende que el bazar -la palabra farsi para «mercado» que ha traspasado todas las fronteras y se entiende en decenas de idiomas- es el corazón que mueve la vida diaria de una ciudad. Son calles cubiertas con una serie interminable de pequeñas cúpulas, casi nunca dos iguales, con un orificio central que deja pasar un chorro de luz que a mediodía parece una columna. Las tiendas se ordenan por gremios, siempre con hombres detrás del mostrador, casi siempre hablando, con compradores, con vecinos de tienda, con amigos. Hay callejones laterales que conducen a patios tranquilos, a plazoletas olvidadas, a talleres artesanales, a antiguos caravasares, a baños públicos, a viejas chayjunés, las casas de té donde se pasa el tiempo entre amigos, bebiendo y fumando a sorbos el té, el tabaco y la vida.
Este bazar serpentea entre la mezquita del Viernes -un resumen de la historia de la arquitectura de esta tierra que siempre se llamó Persia-, la más antigua y venerable de Isfahan, y la plaza del Imam, antes llamada del Sha, con las mezquitas más deslumbrantes de Irán y casi del mundo.
Aquí están la mezquita del Imam, que todos los estudiosos comparan en importancia artística con la basílica de San Pedro en Roma. También la mezquita del Jeque Lotfollah, y el palacio de Ali Qapu. Todo el poderío de una corte oriental de otro tiempo, un escenario de «Las mil y una noches».
Para reponerse de tanto esplendor lo mejor es dirigirse al río. El Zayandé viene de las montañas del Zagros y se pierde en el desierto de Kavir, y sus riberas son el lugar favorito de los habitantes de Isfahan para relajarse con la familia y los amigos, entregándose a los pequeños placeres de la charla, el paseo, el té y el ajedrez. Los puentes de Isfahan son uno de los más espléndidos centros de vida urbana que se pueda conocer. Son monumentales y prácticos, pero tienen un algo de palacio sobre las aguas, de lugar de descanso.