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Circuito por Marruecos

Escribe: Malogarcia
Circuito que realicé con mi esposa y mi hijo por Marruecos en octubre de 2007. Aunque los comentarios puedan parecer negativos, me lo pasé bien, tengo un recuerdo bonito de los marroquíes en general, y recomiendo este circuito para conocer culturas diferentes y aprender a ser algo más tolerantes en un momento en que nuestros políticos están creando una gran crispación cultural, étnica y religiosa.

 

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De Fez a Erfoud

Erfoud, Marruecos — viernes, 8 de mayo de 2009

Fue otro bonito amanecer el que pudimos contemplar desde la bien situada terraza que teníamos en el hotel Menzeh Zalagh. Si no fuese porque nos esperan destinos nuevos y seguramente más hermosos, sentiría pena de irme de aquí.

El desayuno fue como el de todos los días, con sus habituales carencias, y después vino el horroroso protocolo diario de tener que hacer de nuevo las maletas y embarcarlas en el autocar. Un circuito es -en este sentido- muy incómodo, porque hay que estar continuamente con el equipaje a cuestas y procurando tener muy claro todos los días lo que necesitas llevar afuera, porque una vez metidas las maletas en el autobús ya es prácticamente imposible volver a sacarlas para recuperar algo.

El primer lugar al que hoy nos llevan es a la ciudad de Meknes, para lo que hacemos literalmente un retroceso hacia Rabat hasta llegar a esta ciudad.

Aquí nos dejan en un aparcamiento de autobuses y debemos de ir caminando hasta llegar al mausoleo Moulay Ismael, único lugar religioso en el que está permitido entrar a los infieles. En un momento concreto de la visita, tenemos que quitar el calzado, pero no es problema porque lo tienen todo muy bien organizado, ya que se hace el recorrido por unas limpísimas esterillas.

Asistimos a las numerosas y agotadoras explicaciones que los guías nos suelen hacer en estos lugares, muchas veces inflando los sucesos y ocurrencias de la zona para sacar historias extraordinarias de un simple montículo de arena.

Me pareció Meknes una ciudad muy tranquila, hermosa y cómoda de recorrer sin sentir ningún agobio por parte de sus habitantes.

Continuamos en autocar dedicados a contemplar a través de las ventanillas un paisaje que poco a poco se va haciendo más montañoso. La  mitad de los viajeros ya va durmiendo y entre ellos mi mujer, lo que es una pena porque vamos camino de Ifrane, localidad también conocida como la Suiza marroquí. En este lugar, donde hay una estación de esquí, paramos un ratito; nos da la impresión de estar en el norte de España, está todo muy verde y el tipo de vivienda es el de alta montaña europea. Nos sentamos en una terraza donde no tomamos nada porque nadie apareció a atendernos y aprovechamos la ocasión para acer una llamada telefónica desde un locutorio muy moderno que hay en la calle. Tanto el nivel de comercio como el trato de las personas de aquí es completamente diferente al de las grandes ciudades del Magreb. Como todo lo bueno, duró poco tiempo, ya que en 20 minutos nos hicieron la llamada para subir al autobús.

Seguimos carretera adelante hasta llegar a un pequeño lugar donde se había de realizar el almuerzo. Nosotros no teníamos ni puñeteras ganas de comer nada y parte de la gente manifestó lo mismo, pero en estos viajes hay que adaptarse siempre a lo que quiere el guía y a la forma en que lo tiene organizado. El restaurante resultó precioso, pues era una casa grande de planta baja, con mobiliario muy antiguo y el comedor daba a la parte trasera con vistas a las montañas y estaba muy fresquito. Mi hijo, que ya estaba mal, pidió sólo fruta, mi mujer creo recordar que no pidió nada, y yo comí una ensalada. La verdad es que deberíamos de felicitar a Mohammed por la elección del lugar.

Continuamos el viaje haciendo alguna “parada técnica” en gasolineras y restaurantes, por llamarlos de alguna manera. Éstos solían tener porches muy bonitos para descansar a la sombra, pero lo de pedir una bebida se convertía en una odisea, ya que éstas se acababan pronto al no haber más de una docena de Pepsis, que había que tomar “a morro” con cierto escrúpulo porque los vasos de cristal era mejor no mirarlos y los vasos de plástico teníamos que ponerlos nosotros. Incluso encontré un local en el que pretendieron cobrarnos unas servilletas de papel. También nos encontramos a la hora de ir al retrete (que para eso solíamos parar) que en todos cobraban y en los pocos que había rollo de papel, había que pagarlo también.

Por la tarde comenzamos a atravesar unos magníficos paisajes, siempre con las montañas del Atlas a la vista, aunque lejanas. La tierra comienza a volverse rojiza y árida y empiezan a aparecer las edificaciones de barro aquí conocidas como Kasbash. Esta es la parte del circuito más agradable, donde los viajeros estuvimos más relajados, supongo que debido al hecho de dejar atrás el enorme estrés de las ciudades marroquíes. Así todo, este tipo de viajecitos en autocar pasa factura y llega un momento en que ya se le empieza a coger odio y sobre todo mucho cansancio.

Está ya bastante bajo en sol cuando nos detenemos en un hermosísimo palmeral que se extiende a nuestros pies. Echamos un ratito haciendo fotos y disfrutando de la gratísima brisa que soplaba; a la vez, cada uno aprovecha este tipo de parada para buscar un rinconcito para hacer las necesidades físicas.

Pronto llegamos a Erfoud, donde ya se respira ambiente del cercano desierto, por el clima, por el tipo de vehículos, por las vestiduras, etc. Nos depositan en el hotel, donde esta vez Mohammed dijo al recepcionista (que era amigo suyo) que ya estaba cansado del odioso tema de rellenar los cartoncitos de entrada y pidió las llaves de cada habitación y las repartió entre nosotros. Me encontré con un hotel precioso, todo él de planta baja donde, después de atravesar la bonita y étnica sala de entrada, pasamos a una explanada ajardinada donde estaba la piscina y las habitaciones de planta baja en forma de casitas alrededor de ella. Mi mujer ya no debía de estar bien pues se fijó poco en la habitación y se echó en la cama. Las ventanas que daban a la piscina tenía una malla de protección y debajo de la puerta había una especie de forro que arrastraba por el suelo. Después me enteré que estas medidas eran para que no entrasen en los dormitorios animales peligrosos que por aquí abundan (supongo que se referían a serpientes y escorpiones).

Estuvimos después dando una vuelta por el escenario de la piscina, donde estaba el restaurante en el que debíamos de cenar. Tenían música árabe que se oía por la explanada de la piscina y yo estaba encantado escuchándola, pero cuando se dieron cuenta de que ya estábamos circulando muchas personas por allí, cambiaron esta estupenda música para ponernos nada menos que rock, con lo que estropearon el clima conseguido. Además, aquí por primera vez percibimos un aire cálido y lleno de aromas fuertes; se palpaba ya el desierto.

La cena, que fue servida en buffet en un salón precioso, no era nada abundante pero en sí misma podría haber sido suficiente y buena sino fuese porque estaba fría, posiblemente descongelada momentos antes. Por ello, la carne estaba fría y dura, los pescados parece ser que eran desagradables y yo al no encontrar nada de gusto me tiré a comer un poco del habitual plato en estos hoteles: una especie de cocido de garbanzos. Fue una pena, pues el local era magnífico, con mesas circulares algo individualizadas, la decoración muy bonita y bien iluminado por unas hermosas lámparas.

Después de cenar nos sentamos en tertulia al lado de la piscina y pronto se disolvió la reunión, yéndose cada uno a dormir, pues al día siguiente tocaba madrugar a los que habíamos contratado la excursión a las dunas de Merzouga.

Una serie de hermosas dunas de arena dorada formada en el desierto Erg Chebbi. Entre los más altos, el de Merzouga hasta 150 metros de altura y domina el pueblo del mismo nombre, cerca de la Dayet Srji atrae a cientos de flamencos rosados, pero su seca de junio a noviembre en los resultados de la migración de limícolas.

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Últimos comentarios

marifabi dice:
muy bonito tu relato
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