La experiencia mística nos motivó para dirigirnos a los Saltos del Moconá, cerca del pueblo de El Soberbio, en el río Uruguay. Tras medio día de camino en bus, llegamos justo a tiempo de tomar la última excursión para que nos los mostraran, ya que están a unos 70km del pueblo. Tomamos un 4x4 que nos llevó hasta 30km de los saltos, y desde allí continuamos el recorrido a lo largo del río en lancha, disfrutando del paisaje y de la fauna. La vista de los 2km de saltos a lo largo del río Uruguay son impresionantes, así que el conductor se emocionó y nos bautizó allí mismo.
Nos quedaba otro sitio donde bautizarnos, así que nos dirigimos hacia nuestro nuevo destino, Puerto Iguazú. Aquí ya, el nivel turístico hace difícil elegir el alojamiento y el bar favorito. Está lleno de guiris, gringos, brasileiros, alemanes y misioneros como nosotros. Elegimos (o nos eligieron) una cabaña de la que salimos corriendo al segundo día (Lonely Planet a veces recomienda cada cosa...), y nos alojamos en otro lugar en la Av. Misiones, como tocaba. Allí cerca teníamos el resto favorito de Frankie (aquí toca bife, muchachos!), y nuestro nuevo bar favorito con mesas de Iguana y buenas caipirinhas. A la noche visitamos el Cuba Libre, a ver la joda de por allí.
Al día siguiente fuimos a ver la maravilla del mundo y a bautizarnos en sus aguas. Cuando tienes las capacidades del misionero, te puedes refugiar en tu fe interior, ignorar las hordas de guiris, y disfrutar de las maravillosas vistas. El recorrido es agotador, pero vale la pena si te refrescas en las aguas de los saltos. Nosotros añadimos trekking de unos 4km para ir hasta la Garganta del Diablo, bajo un sol abrasador, en plan penitencia. Cuando llegamos, descargaron un tren entero de guiris que soportamos con paciencia cristiana.
Cuando volvimos al residencial, descubrimos con pesar que nuestros medios de transporte para llegar a Brasil eran de lo más limitados, y teníamos que pasar a Foz de Iguaçú y entendernos en portugués si queríamos ampliarlos. Mmmmmm