Utopía en verde esmeralda

Escribe: Gyogananda
Diario de un viaje al Ecuador, para construir una escuela en un pueblecito llamado San Pedro de Atascoso, provincia de Manabí.

 

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Seguimos instalándonos

El Carmen, Ecuador — domingo, 7 de agosto de 2016

     Ayer nos pusimos manos a la obra para iniciar los trabajos de diseño y cálculo del nuevo proyecto de la escuela. Todo el trabajo que hoy vamos a desarrollar es un poco provisional. Nos falta confirmar las ayudas que se supone que vamos a recibir del Ayuntamiento de Chone (los dos mil dólares que nos iba a proporcionar AISE no los vemos todavía…), por lo tanto, hasta que no sepamos con seguridad cuales son nuestros recursos, todo se basa en la provisionalidad de los supuestos. No obstante, nuestro plan es el mismo: Unas nuevas edificaciones divididas en dos aulas, cerramientos (ventanas) acristalados, almacén de materiales escolares, aseos compuestos de cuatro inodoros, lavabos, duchas, un depósito de agua elevado sobre pilastras de hormigón provisto de una motobomba para subir el agua del río, tejado a dos aguas, falso techo de madera machihembrada para crear una cámara aislante, una fosa séptica de dos compartimentos y zanja cubierta de drenaje, porche amplio, reforma de la explanada exterior para crear una cancha de básquet y otra de futbol (multiusos), cerramiento de la explanada y acondicionamiento de los taludes y la vegetación de la zona perimetral.

  Así que hoy hemos decidido dar comienzo a todos los trámites burocráticos necesarios para iniciar el proyecto. Salimos temprano de San Pedro de Atascoso camino de Chone en el “carro” de Don Verduga, que vino a buscarnos desde su casa, que dista unos dos quilómetros del núcleo de la población.

  Nos montamos en la ranchera de Don Verduga. En la cabina, además de Don Verduga, viajan Juan y alguien a quién no conocemos. En la caja nos instalamos Javier y yo. Tres personas que no conocemos, vecinos del lugar, también toman posiciones en la caja, junto con sacos de arroz, bombonas vacías de gas, artilugios diversos, cajas de cartón con contenido misterioso, cuerdas y enseres varios… A medida que vamos avanzando por la trocha que debe conducirnos hasta el cercano pueblo de Santa María, parada obligatoria para Don Verduga, se van incorporando tres o cuatro personas que vamos recogiendo por el camino. Todos ellos llevan algún bulto, saco o caja, motivo fundamental de su viaje a Chone, para vender o negociar sus mercancías. El caso es que al poco tiempo vamos atiborrados de gente y bultos varios, de manera que resulta bastante difícil mantener el equilibrio y la cosa se empieza a complicar… Don Verduga hace las funciones de suministrador de productos, taxista, consejero, transportista y otros oficios, alguno de ellos “oculto” o “secreto”.

  Para llegar al Carmen se sigue una trocha (pista) por entre lo más espeso del bosque ecuatorial, subiendo y bajando lomas, atravesando corrientes de agua de poco caudal, dando tumbos y pegando saltos constantemente. Todavía no hemos salido de la selva y ya me duelen los riñones. Llegamos al rio que debemos cruzar a bordo de una gabarra de planchas de hierro. Esta gabarra,  pontón, balsa o cono queramos llamarla mide unos doce o quince metros de eslora y tiene una manga de unos cuatro o cinco metros en la que cabrían unos cuatro vehículos de tamaño medio, pero que debido a su mal estado por falta de mantenimiento, apenas puede transportar uno o dos coches, so pena de sufrir un naufragio de inciertas consecuencias.

  Cuando hemos embarcado nuestro vehículo después de un horrísono crujir de hierros y planchas, se abarloa una pequeña embarcación tipo chalupa, provista de un motor fuera borda Mercury de cincuenta caballos. Después de amarrarse a un costado la balsa con unos cabos, el barquero arranca el motor y empezamos a separarnos lentamente de la ribera para ir en busca de la ribera opuesta. Después del corto periplo, desembarcamos después de abonar el peaje de tres dólares al barquero y reemprendemos nuestro camino dando tumbos y dejando atrás una inmensa nube de polco que se mete por los ojos y las narices, cubriéndonos de un manto color arcilla, lo que nos convierte en una especie de espectros sin rasgos distintivos de personalidad.

  Margen del Rio de Oro, esperando al barquero para cruzarlo.

  Después de continuar nuestro camino hasta la población de Santa María en la que nos hemos detenido para no sé qué menesteres de Don Verduga y tras unas cuatro horas de baches y saltos hemos  llegado a El Carmen. El Carmen es una población de entre cinco mil y diez mil habitantes que subsisten con sus pequeños negocios de todo tipo. Es una pequeña Babel en la que la limpieza brilla por su ausencia, aunque no más que cualquier población de estos contornos. Mercados inmensos, laberínticos y en semi penumbra, en los que nos sumergimos a la caza de herramientas, utensilios y toda clase de materiales que nos hacen falta para iniciar las obras de la nueva escuela que hemos venido a construir.

  Constatamos lo mal acostumbrados que estamos en Europa, donde en cualquier lugar puedes conseguir todo lo que necesites. Aquí no hay prácticamente nada, si exceptuamos lo más básico, sobre todo en materiales y herramientas. Después de pasar el día de compras nos dirigimos a la Fundación Niño Jesús, entidad colaboradora de AISE. Nos han ofrecido pasar la noche en la Fundación para ahorrarnos el hotel. Don Verduga por su parte se ha marchado a Santo Domingo de los Colorados, donde tiene mujer y casa. Mañana nos vendrá a recoger a primera hora para ir a visitar al alcalde y arreglar el asunto de las ayudas a SPDA.

  Nos recibe Pedro, un jienense que lleva seis meses en Ecuador trabajando en la Fundación como fisioterapeuta, realizando una labor entre la gente sin recursos.

  En una habitación a nivel del primer piso, disponemos de tres colchones de goma espuma sobre las tablas del suelo. Ni sábanas ni almohadas. Para cubrirnos, nos ofrecen tres cobertores de cama, de algún material sintético, brillante como el neón y que en contacto con la piel, produce unos pruritos difíciles de soportar. Hay que elegir entre el prurito del material sintético o los ataques de miríadas de mosquitos que están esperando y se las prometen muy felices a costa de unas gotas de nuestra sangre. Personalmente para mí, es una dura prueba. La dureza del suelo, sin almohada, mosquitos abundantes, cobertores sintéticos que me atormenta con su horrible picor, la luz de los tubos fluorescentes que no se apagan y el rugido de los camiones que constantemente pasan a cincuenta metros de nuestro cubil, me profetizan una noche memorable, como así fue.

   Gaspar H. en El Carmen

  Por la mañana nos levantamos un poco derrengados. La noche ha sido intensa; a los mosquitos, los fluorescentes y los camiones de la carretera cercana, se han unido los ronquidos (por decir algo) de Pedro, el fisioterapeuta…El duerme en la planta baja y un poco alejado de nosotros, no obstante sus ronquidos nos han llegado con perfecta claridad…en fin, será mejor olvidar esta noche y centrarnos en lo que hemos venido a solucionar.

  Hoy es jueves por la mañana y tenemos una cita con el alcalde Chone para definir el asunto de la ayuda de cinco mil dólares (valor en materiales de edificación) que nos tienen prometida… De momento nos pasamos algunas horas esperando que Don Verduga venga a buscarnos para salir hacia Chone. No sabemos porque se retrasa tanto. Es algo a lo que deberemos acostumbrarnos con Don Verduga… sus horarios dependen siempre, o bien del azar, o bien de las averías del coche, o bien de sus “recados”, siempre numerosos e imprevisibles, lo que hace inútil hacer planes de acuerdo con un horario previsto de antemano.

  Cuando llegamos a Chone son más de las doce del medio día y el Sr. Alcalde está reunido… Después de estar esperando la ocasión para hablar con él durante horas, Don Verduga consigue hablar con “alguien”. La información que recibimos es que no hay ni un dólar para SPDA. Por supuesto que Juan ya había comentado que no confiaba en ello, no obstante, que no se diga que no lo intentamos. Se agotó el presupuesto de Ayuntamiento…

  Regresamos a El Carmen y continuamos hasta Santo Domingo de los Colorados, para pasar por la casa de Don Verduga y continuar hacia SPDA. Nada más llegar a Santo Domingo, el coche sufre una avería, lo que nos obliga a pernoctar en el Hotel El Dorado, del que pasaremos en breve a formar parte de su clientela fija. Cada vez que debamos regresar a la civilización, este agradable hotelito será nuestra base y refugio. Tomamos una ducha caliente, lo que ayuda a reponernos de la noche pasada en la Fundación. Por la mañana saldremos hacia San Pedro, suponiendo que el coche está reparado.

  El día veinticuatro, sábado, amanece como todos los días, nublado o semi nublado. En estas latitudes esperaba un sol inmisericorde, pero pronto comprobaremos que no es así. Casi siempre está nublado, pero sin lluvia, excepto en la temporada de las mismas que va de noviembre-diciembre hasta abril-mayo. En este tiempo es casi imposible entrar o salir de San Pedro, ni tan siquiera a caballo. El agua lo inunda todo. Los ríos crecen hasta cuatro y cinco metros de nivel. Las trochas son barrizales en los que te hundes hasta las rodillas. Llueve y llueve sin parar, noche y día, y no queda otra alternativa que convertirte en observador de la vida, mientras el tiempo de los días de lluvia transcurre lentamente, sumiendo el mundo de la jungla tras un telón constante de agua que nubla el ánimo y la memoria.

  Asamblea en la escuela vieja

  Hoy tenemos asamblea general. Toda la gente del lugar va a acudir a la reunión para hablar de los problemas de la comunidad y buscar soluciones. La vieja escuela se llena de madres con niños de todas las edades. Unos lloran y otros alborotan, como un enjambre de tábanos a los que nadie intenta controlar. Uno de los temas trata del seguro agrario. Al parecer, la lista de la gente que no abona su cuota mensual de 1,5 dólares es exhaustiva. Los van llamando uno a uno para que liquiden sus deudas, muchos se hacen los remolones, pero al final van pagando entre tres y cinco dólares, según la deuda pendiente.

  Nosotros queremos aprovechar la ocasión para explicar nuestro proyecto y definir la ayuda acordada con anterioridad, sobre todo la mano de obra. Cuando nos corresponde el turno de palabra, solo quedan cinco hombres con sus esposas e hijos. Casi nadie presta atención y solo uno de ellos se compromete a ayudarnos... ¡empezamos bien…!



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