Llegué a El Cairo a las nueve y media de la mañana. El nuncio en Egipto había puesto a mi disposición una limusina para trasladarme hasta mi siguiente destino: , Zamalek, la isla del Nilo que es la sede de todas las embajadas. Desde el aeropuerto internacional de la capital egipcia hasta la isla de Zamalek había una distancia aproximada de veinticinco kilómetros, lo que, con el tráfico de El Cairo, que es caótico y que de muy seguro llevaría incluido el trámite de cruzar el Nilo, me llevaría una hora.
En Zamalek, todo es refinado y europeo, tiene un ambiente más sofisticado y algunos de los mejores restaurantes europeos y árabes de la ciudad. Justamente, la nunciatura en Egipto estaba en la calle Mohamed Mazar, cerca del puesto de falúas que se usan cuando los diplomáticos quieren ir a tierra firme por asuntos de trabajo, lo que me facilitaría el acceso a uno de mis barrios favoritos de la ciudad: el barrio de El Cairo islámico, que tenía la ventaja de tener justo al lado los restaurantes más refinados que no tuviera Zamalek. Vale , estaba de viaje, pero eso no significaba que no tuviera derecho a callejear un poco. El 24 de julio, cuando llevaba tres días en Egipto, ya había decidido que tenía que ir a mi segunda ciudad favorita de Oriente Medio: Jerusalén