El Cairo
El Cairo, Egipto — viernes, 21 de noviembre de 2008
Sólo nos quedaban dos días para abandonar este trocito de África en el que nos encontrábamos y los íbamos a pasar, en su totalidad, aprovechando al máximo todo lo que ofrece El Cairo.
Así que el primero de los días lo empezamos estando de los primeros en las taquillas del Museo Egipcio, para al menos evitar durante un rato de la mañana las aglomeraciones de turistas.
Para hacerte una idea de la grandeza de la civilización del antiguo Egipto, creo que su visita es indispensable.
Incontables estatuas de faraones, como la enorme de Ramsés II, estelas, sarcófagos, joyas, máscaras, cámaras mortuorias, mosaicos se amontonan, sin orden ni concierto, en este maravilloso cajón desastre.
Una de las estrellas de todo este conjunto es la espectacular sala de Tutankamon, con la famosa máscara y los increíbles sarcófagos.
La otra gran protagonista era la sala de las momias reales, la cual visitamos previo abono de cien dólares por persona. ¡Qué dolor! Pero lo que se dice siempre, ya que estamos aquí y como lo mismo no volvemos nunca más, pues oye.
Sería aquí donde conoceríamos, de quien tanto habíamos oído hablar durante el viaje: Ramsés II.
Tenía aspecto delgado y altanero, nariz aguileña y mentón desafiante. Vestía un sencillo manto de lino y sus brazos se cruzaban sobre su pecho. La verdad que aún como momia, infundía bastante respeto y más al pensar que fue el más poderoso soberano de las treinta dinastías que se sucedieron en el país a lo largo de casi tres milenios.
Habían transcurrido casi cuatro horas, por lo que estábamos algo saturados de tanta antigüedad, así que decidimos cambiar de aires marchándonos al bazar de Jan el Jalili, el mercado más famoso y concurrido de El Cairo. Tenía de todo, calles, casas, monumentos y tiendas, especialmente miles de éstas últimas, donde se vive el sabor y el color del comercio en un entorno casi medieval. Y tengo que reconocer que aunque no suelo caer, aquí caí y compré varios recuerdos.
Dos mezquitas cerrarían el día, la de El Ghouria y la de El Azhar. Esta última bastante interesante.
El segundo y último día comenzaba en un taxi en dirección a la Ciudadela de Saladino. De dimensiones descomunales decidimos comenzar visitando la mezquita de Muhammad Alí, destacando la amplitud del interior y su patio central, con una ornamentada fuente turca para las abluciones.
Continuaríamos con otra mezquita, la de Sulimán Pachá y aunque había una tercera, prescindiríamos de ella porque nos dimos cuenta que era imposible poder abarcar todo lo que había aquí dentro. Así que decidimos dar un paseo y ver los exteriores de varios palacios que hoy albergan distintos museos y contemplar algunas fortificaciones con excelentes vistas de la ciudad.
El Azhar Park sería la próxima parada después de una larga caminata que nos haría pasar por la parte alta de uno de los muros que delimitan la ciudad de los muertos, a la cual no entraríamos por recomendación de Oda, la que fue nuestra guía en Giza, pues nos aconsejó que sin un guía que conociera los lugares a visitar no era aconsejable entrar.
El parque al que llegamos y por cuya entrada no tocó pagar, mereció la pena ya que se encontraba muy bien cuidado y tenía unas vistas tremendas de El Cairo, al estar en su parte alta. Desde aquí, además se ven muy bien dos de las mezquitas más importantes de la capital.
De nuevo otro taxi nos llevaría a la parte baja donde comenzaríamos a pie un tour de mezquitas: Sultán Hasán, Ar Rifai, Al-Sayyida Zeinab e Ibn Tulún. Esta última famosa porque dicen que en ella tocó tierra por primera vez el Arca de Noé. Para mi una de las más bonitas, aunque fuera una de las más sencillas.
La noche comenzaba a caer por lo que como estábamos a una hora del hotel nos fuimos andando hasta él y a nuestra llegada: ¡Surprise! Nos encontramos con un montón de gente, mucho de ellos con albornoces, en el hall del hotel.
Y es que en una de las habitaciones de una de las plantas se había prendido fuego y había empezado a salir humo por todo el pasillo. Era un espectáculo ver como el personal del hotel corría enloquecido de un lado para otro, los bomberos entrando y saliendo, la policía encolerizada sin motivo aparente y los camareros haciendo la pelota a todos los huéspedes sirviendo zumos naturales para intentar que la gente estuviera contenta. Parecía una película de los hermanos Marx. Al final salvo alguna excepción, los más tranquilos de todos eran los propios clientes y todo volvió a la calma y todos a sus habitaciones, dado que no había sido nada grave, sólo el susto el cual se magnificó por parte de los egipcios.
Como con toda esta historia nos habíamos encontrado con medio grupo, pues ya nos pusimos de charleta y entre unas cosas y otras, nos dio la medianoche por lo que tocaba retirada.
La última mañana en Egipto, sería para despedidas, intercambio de direcciones y teléfonos y muchos ¡hasta pronto!
Así que el primero de los días lo empezamos estando de los primeros en las taquillas del Museo Egipcio, para al menos evitar durante un rato de la mañana las aglomeraciones de turistas.
Para hacerte una idea de la grandeza de la civilización del antiguo Egipto, creo que su visita es indispensable.
Incontables estatuas de faraones, como la enorme de Ramsés II, estelas, sarcófagos, joyas, máscaras, cámaras mortuorias, mosaicos se amontonan, sin orden ni concierto, en este maravilloso cajón desastre.
Una de las estrellas de todo este conjunto es la espectacular sala de Tutankamon, con la famosa máscara y los increíbles sarcófagos.
La otra gran protagonista era la sala de las momias reales, la cual visitamos previo abono de cien dólares por persona. ¡Qué dolor! Pero lo que se dice siempre, ya que estamos aquí y como lo mismo no volvemos nunca más, pues oye.
Sería aquí donde conoceríamos, de quien tanto habíamos oído hablar durante el viaje: Ramsés II.
Tenía aspecto delgado y altanero, nariz aguileña y mentón desafiante. Vestía un sencillo manto de lino y sus brazos se cruzaban sobre su pecho. La verdad que aún como momia, infundía bastante respeto y más al pensar que fue el más poderoso soberano de las treinta dinastías que se sucedieron en el país a lo largo de casi tres milenios.
Habían transcurrido casi cuatro horas, por lo que estábamos algo saturados de tanta antigüedad, así que decidimos cambiar de aires marchándonos al bazar de Jan el Jalili, el mercado más famoso y concurrido de El Cairo. Tenía de todo, calles, casas, monumentos y tiendas, especialmente miles de éstas últimas, donde se vive el sabor y el color del comercio en un entorno casi medieval. Y tengo que reconocer que aunque no suelo caer, aquí caí y compré varios recuerdos.
Dos mezquitas cerrarían el día, la de El Ghouria y la de El Azhar. Esta última bastante interesante.
El segundo y último día comenzaba en un taxi en dirección a la Ciudadela de Saladino. De dimensiones descomunales decidimos comenzar visitando la mezquita de Muhammad Alí, destacando la amplitud del interior y su patio central, con una ornamentada fuente turca para las abluciones.
Continuaríamos con otra mezquita, la de Sulimán Pachá y aunque había una tercera, prescindiríamos de ella porque nos dimos cuenta que era imposible poder abarcar todo lo que había aquí dentro. Así que decidimos dar un paseo y ver los exteriores de varios palacios que hoy albergan distintos museos y contemplar algunas fortificaciones con excelentes vistas de la ciudad.
El Azhar Park sería la próxima parada después de una larga caminata que nos haría pasar por la parte alta de uno de los muros que delimitan la ciudad de los muertos, a la cual no entraríamos por recomendación de Oda, la que fue nuestra guía en Giza, pues nos aconsejó que sin un guía que conociera los lugares a visitar no era aconsejable entrar.
El parque al que llegamos y por cuya entrada no tocó pagar, mereció la pena ya que se encontraba muy bien cuidado y tenía unas vistas tremendas de El Cairo, al estar en su parte alta. Desde aquí, además se ven muy bien dos de las mezquitas más importantes de la capital.
De nuevo otro taxi nos llevaría a la parte baja donde comenzaríamos a pie un tour de mezquitas: Sultán Hasán, Ar Rifai, Al-Sayyida Zeinab e Ibn Tulún. Esta última famosa porque dicen que en ella tocó tierra por primera vez el Arca de Noé. Para mi una de las más bonitas, aunque fuera una de las más sencillas.
La noche comenzaba a caer por lo que como estábamos a una hora del hotel nos fuimos andando hasta él y a nuestra llegada: ¡Surprise! Nos encontramos con un montón de gente, mucho de ellos con albornoces, en el hall del hotel.
Y es que en una de las habitaciones de una de las plantas se había prendido fuego y había empezado a salir humo por todo el pasillo. Era un espectáculo ver como el personal del hotel corría enloquecido de un lado para otro, los bomberos entrando y saliendo, la policía encolerizada sin motivo aparente y los camareros haciendo la pelota a todos los huéspedes sirviendo zumos naturales para intentar que la gente estuviera contenta. Parecía una película de los hermanos Marx. Al final salvo alguna excepción, los más tranquilos de todos eran los propios clientes y todo volvió a la calma y todos a sus habitaciones, dado que no había sido nada grave, sólo el susto el cual se magnificó por parte de los egipcios.
Como con toda esta historia nos habíamos encontrado con medio grupo, pues ya nos pusimos de charleta y entre unas cosas y otras, nos dio la medianoche por lo que tocaba retirada.
La última mañana en Egipto, sería para despedidas, intercambio de direcciones y teléfonos y muchos ¡hasta pronto!
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Últimos comentarios
Carmen_G_A dice:
Nos ha encanado tu diario. Gracias.
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