La magia de El Cabo de la Vela

Escribe: nathaliass7
Hace poco estuve en El Cabo de la Vela, en el extremo norte de Colombia. La seducción y la maravilla que encontré allá en el paisaje me hizo creer que era casi un imposible describir todo con...

 

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Capítulo 1

La magia de El Cabo de la Vela

El Cabo, Colombia — martes, 8 de febrero de 2005

Hace poco estuve en El Cabo de la Vela, en el extremo norte de Colombia. La seducción y la maravilla que encontré allá en el paisaje me hizo creer que era casi un imposible describir todo con palabras. Igual tuve que intentarlo, de eso vivo, soy periodista. Acá va el texto inicial de un artículo que próximamente saldrá publicado en una revista de nuestro país. Espero les guste y se dejen atraer un poco por ese encanto silencioso de los paisajes naturales aun no irrespetados por los turistas.
Las fotos son de Nicolás Osorio, fotógrafo colombiano.
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Mirar directamente a los ojos de los habitantes del Cabo de La Vela es encontrar en ellos un pequeño mapa del lugar. Allí sólo hay calma y mucha claridad. No cargan sobre sus cabezas preocupaciones… o por lo menos así lo parece. El día que pasó, pasó, y el que viene aún no ha llegado. Eso dice su mirada, acostumbrada a presenciar atardeceres en los que el sol pareciera zambullirse en el agua y amaneceres en donde las nubes orquestan un concierto casi infinito de tonalidades.

También en ellos se refleja el mar Caribe que allá, en el horizonte, pareciera caer con fuerza hacia la nada pero dando un salto inesperado logra confundirse con el cielo y perpetuarse de esa manera. Con estos antecedentes, mirar a esos hombres, mujeres y niños se convierte entonces en toda una obligación.

De pie en esa parte de la playa donde la arena es continuamente humedecida por las olas, se entiende porqué se está en la Alta Guajira. La brisa, golpeando con fuerza, recuerda que los pies pisan el extremo más norte de Colombia, en esa punta del mapa que tantas veces trazan los niños en sus cuadernos y que al llegar hasta allí se devela real, dejándose explorar con la vista.

Oriente, occidente, norte o sur. Mírese a donde se mire, sólo hay espacio, aire. De pronto en alguno de esos recorridos visuales se interpone una pequeña enramada o uno de esos nuevos molinos de viento que desde el año 2004 se encuentran en el Parque Eólico, pero nada más. Pareciera que el resto del mundo hubiera sido engullido por el mar o por el vasto desierto. Pero al caminante perdido en la inmensidad este no es un tema que le contraríe especialmente. Por el contrario, encuentra una satisfacción indescifrable que tal vez sólo se explica por la capacidad de olvidarse del mundo y estar uno también, de cierta forma, sustraído de todo.

Llegar al Cabo es comparable a participar indirectamente en un rally, en donde en lugar del orientador GPS, la “brújula” de los 4X4, existe la trilla –nombre dado por el guajiro al camino–, esa sucesión indescifrable de vestigios de otras llantas, que de un momento a otro, y sin explicación alguna, desaparece.

Aunque la manera de viajar pareciera ser una razón adversa, termina, al contrario, formando parte de la seducción. Llegar al Cabo no sería lo mismo si la ruta estuviera pavimentada, porque ya no serían dos horas de viaje desde Uribia, sino muchísimo menos. Y la suspensión de los vehículos no se pondría a prueba sino que éstos marcharían con seguridad, obviando con su rapidez el hecho de atravesar un desierto en el que la temperatura puede ascender con facilidad a los 30 ó 35 grados centígrados.

Y esa misma seducción yace también en la comida, el hospedaje y, en sí, en el estilo de vida del guajiro. En este resguardo indígena todos se conocen. No es tarea difícil. Después de todo la población no llega ni a las 1.500 personas. Además, tomando la única vía principal del pueblo, que ni pavimentada está, se puede recorrer a pie en aproximadamente una hora de un extremo al otro el Cabo de la Vela.

Como viajero hay que ir dispuesto a dejarse seducir por las pequeñas cosas, por las horas que transcurren lentas, por la brisa que levanta con fuerza la arena y en lugar de acercar el mar a la orilla lo empuja como obligándolo a alejarse. Por los atardeceres en los que el sol desciende tomándose su tiempo, sin afanes, y permite ser admirado en su totalidad durante un período maravilloso de treinta minutos. Y al final se despide sonriendo, lanzando sus últimos arreboles como insinuando que es imposible, casi un sacrilegio, faltar a la cita del día siguiente.

Este es un lugar que va mucho más allá de lo que se dice normalmente: playa, brisa y mar. Se extiende hasta el Pilón de Azúcar y revela, en días claros, uno de los extremos de Venezuela y los tonos oscuros del puerto del Cerrejón, donde se mueven las mayores cantidades de carbón del país. Y al alcanzar la cima, después de una corta caminata, al caminante se le premia con la visión casi surrealista de las tres sorprendentes tonalidades azules reflejadas por el agua.

También está el cerro Pantu, desde donde se alcanza a ver el Morro, una roca que levanta ostentosa su cabeza sobre las aguas agitadas del mar. Este lugar da su nombre a la posada en donde el presidente Álvaro Uribe se hospedó durante su visita al Cabo. En el cerro que la bautiza, el viento pasa de largo pero con fuerza sobre humana, como queriendo cargar consigo todo lo que encuentre. Quinientos metros más hacia el norte se revela el Faro, uno de los destinos favoritos de los turistas no solamente por la panorámica que se puede tener desde él, sino por la bombilla que ostenta, la cual funciona con energía solar y sirve de guía a los barcos que se aventuran por estas aguas.


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