Dubrovnik de noche
Dubrovnik, Croacia — sábado, 21 de agosto de 2010
21/08/2010 Taxi de Brela a Makarska, tras comprobar en nuestras reservas de vuelo que el avión no sale hoy por la noche como pensábamos, sino al día siguiente. Los despistados viajeros ganan un día más en tierras croatas, y sin duda lo piensan aprovechar. Autobús de Makarska a Dubrovnik, atravesamos territorio bosnio durante unos kilómetros, pasamos cerca de Mali Ston con sus viveros de ostras y mejillones que salpican el mar como minas, minas gastronómicas pues dicen que ofrecen el mejor marisco del país. Ahora entiendo el porqué de esos bidones alineados en la superficie como puntos suspensivos interminables que tanto nos intrigaban.
Al contrario del primer día, nada más bajar del autobús nos ofrecen habitaciones. Decidimos irnos con un hombre mayor, un poco desdentado, camisa abierta, gorra blanca que nos ofrece alojamiento en el barrio de Lapad.
El coche en que nos lleva está completamente destartalado, no habla mucho inglés pero nos comunicamos de manera exitosa como siempre. Nos dice que su hija jugó una temporada en el CAI de Zaragoza de baloncesto como profesional, y que el capitalismo es malo, el comunismo es bueno. Este señor que ha vivido guerras, sometido a diferentes sistemas políticos, sujeto a diferentes y radicales modos de vida por las circunstancias sociales: un claro ejemplo de la llamada “generación quemada”. Habitación sencilla en este barrio residencial con dueña muy correcta y tan ceremoniosa que roza lo grotesco.
Recorremos la turística calle peatonal de Setaliste Kralja Tomislava hasta desembocar en la bahía de Lapad. La konoba Atlantic es el objetivo de nuestro paseo: pasta fresca y casera. Tras la obligada siesta seguimos descubriendo Dubrovnik y sus calas descendiendo escaleras que nos llevan a pie de playa, desafortunadamente al abrigo de un titánico hotel, donde los adolescentes se lanzan al agua desde un penacho a a gran altura. Emulando a los osados clavadistas. Comprendo perfectamente al último chico que se pasa más de un cuarto de hora en decidirse si salta o no: empatía. Dudas, nervios, redobla de tambores y al final se lanza: vértigo y borbotón de espuma como colofón al acto de valentía.
Anochece y nos acercamos por última vez a visitar el amurallado casco antiguo. Un hormiguero de turistas que entran y salen, pero merece la pena observar de noche las fachadas de los edificios iluminadas de vivos colores. Música en directo en las terrazas de la cafetería. Copa de vino y jazz: contrabajo y piano le insuflan un carácter bohemio a los muros históricos. El Stradum salpicado de grupos de turistas en círculo observando curiosos las actuaciones de artistas callejeros. Yo me quedo con la de los “manzanilla brothers” al lado de la fuente de Onofrio, haciendo malabarismos que desafían a la gravedad mientras gastan bromas a los asombrados espectadores. Humor español: descarados y simpáticos. Esbozamos una sonrisa.
Volvemos a recorrer sus calles por última vez todavía descubriendo nuevos detalles que la noche destaca, o muta, en esta ciudad amurallada que se reinventa a diario con las ansias de crear, de ser belleza, y olvidar el pasado, ese pasado que suena a proyectiles y huele a humo negro de destrucción. Una ciudad con carácter, con personalidad, con ilusión y ganas de vivir que al final es lo importante.
Al contrario del primer día, nada más bajar del autobús nos ofrecen habitaciones. Decidimos irnos con un hombre mayor, un poco desdentado, camisa abierta, gorra blanca que nos ofrece alojamiento en el barrio de Lapad.
El coche en que nos lleva está completamente destartalado, no habla mucho inglés pero nos comunicamos de manera exitosa como siempre. Nos dice que su hija jugó una temporada en el CAI de Zaragoza de baloncesto como profesional, y que el capitalismo es malo, el comunismo es bueno. Este señor que ha vivido guerras, sometido a diferentes sistemas políticos, sujeto a diferentes y radicales modos de vida por las circunstancias sociales: un claro ejemplo de la llamada “generación quemada”. Habitación sencilla en este barrio residencial con dueña muy correcta y tan ceremoniosa que roza lo grotesco.
Recorremos la turística calle peatonal de Setaliste Kralja Tomislava hasta desembocar en la bahía de Lapad. La konoba Atlantic es el objetivo de nuestro paseo: pasta fresca y casera. Tras la obligada siesta seguimos descubriendo Dubrovnik y sus calas descendiendo escaleras que nos llevan a pie de playa, desafortunadamente al abrigo de un titánico hotel, donde los adolescentes se lanzan al agua desde un penacho a a gran altura. Emulando a los osados clavadistas. Comprendo perfectamente al último chico que se pasa más de un cuarto de hora en decidirse si salta o no: empatía. Dudas, nervios, redobla de tambores y al final se lanza: vértigo y borbotón de espuma como colofón al acto de valentía.
Anochece y nos acercamos por última vez a visitar el amurallado casco antiguo. Un hormiguero de turistas que entran y salen, pero merece la pena observar de noche las fachadas de los edificios iluminadas de vivos colores. Música en directo en las terrazas de la cafetería. Copa de vino y jazz: contrabajo y piano le insuflan un carácter bohemio a los muros históricos. El Stradum salpicado de grupos de turistas en círculo observando curiosos las actuaciones de artistas callejeros. Yo me quedo con la de los “manzanilla brothers” al lado de la fuente de Onofrio, haciendo malabarismos que desafían a la gravedad mientras gastan bromas a los asombrados espectadores. Humor español: descarados y simpáticos. Esbozamos una sonrisa.
Volvemos a recorrer sus calles por última vez todavía descubriendo nuevos detalles que la noche destaca, o muta, en esta ciudad amurallada que se reinventa a diario con las ansias de crear, de ser belleza, y olvidar el pasado, ese pasado que suena a proyectiles y huele a humo negro de destrucción. Una ciudad con carácter, con personalidad, con ilusión y ganas de vivir que al final es lo importante.
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