Dubrovnik
Dubrovnik, Croacia — lunes, 9 de agosto de 2010
9/8/2010 Cogemos un barquito con destino a Dubrovnik, trayecto de una hora pues va haciendo algunas paradas, atravesamos la bahía observando el litoral apenas salpicado de edificios algunos de ellos en estado de abandono, hay urbanismo pero no desmesurado, y se agradece.
En algún edificio vemos grietas y cristales rotos: deducimos que son resultado de los devastadores efectos de la guerra del 91. Qué trágico vivir una guerra, hace apenas veinte años, cuántas injusticias, muerte, tristeza, desolación, balas, proyectiles y bombas, ¿quién es el bellaco que las fabrica? ¿Acaso no sabe que están destinadas a destruir y a matar? Cuando acaba una guerra siempre queda el recuerdo amargo de los seres queridos, allegados, conocidos que fueron heridos, fusilados, humillados, agredidos, éxodos de pueblos, no importa de qué bando, en una guerra todos pierden.
La ciudad de Dubrovnik fue bombardeada, recibió dos mil impactos de proyectiles, algunos son todavía visibles, para recordar a las personas los horrores de la guerra, pero hoy la ciudad se nos presenta en todo su esplendor: La república de Ragusa.
Recorremos el casco antiguo con la calle principal asentada sobre grandes losas de mármol que se llama el Stradum, flanqueado de edificios señoriales. La fuente de Onofrio que abastecía de agua a la ciudad fortificada y donde ahora los viajeros mojan las gorras para refrescarse del calor; la columna de Orlando con su estatua de piedra de un hierático caballero medieval blandiendo su espada, o la torre del reloj en la amplia plaza Luza de estética veneciana; la iglesia de San Blas, el palacio Sponza y nos perdemos en sus organizadas y simétricas calles atestadas de turistas, cafeterías, tiendas y restaurantes en esta ciudad al abrigo de la majestuosa muralla que la circunda cuyas almenas recorremos y desde la altura apreciamos mas si cabe la cautivadora belleza de esta ciudad que Lord Byron definió como la perla del Adriático.
Entramos por un diminuto pasadizo que da al exterior de la muralla y nos encontramos con las rocas que dan al mar y el diminuto bar Buza, nos damos un refrescante baño para reponer fuerzas y volver a adentrarnos en la ciudad. Comemos en el puerto en Lokanda Peskarija: calamares, mejillones y gambas a la plancha, con Petar (Pedro), un camarero agradable que nos elogia nuestra simpatía. Tras semejante día ajetreado volvemos a la tranquila Epidaurum, la romana Cavtat en nuestro barquito mientras el sol tiñe de oro la estela que va dejando nuestra embarcación.
En algún edificio vemos grietas y cristales rotos: deducimos que son resultado de los devastadores efectos de la guerra del 91. Qué trágico vivir una guerra, hace apenas veinte años, cuántas injusticias, muerte, tristeza, desolación, balas, proyectiles y bombas, ¿quién es el bellaco que las fabrica? ¿Acaso no sabe que están destinadas a destruir y a matar? Cuando acaba una guerra siempre queda el recuerdo amargo de los seres queridos, allegados, conocidos que fueron heridos, fusilados, humillados, agredidos, éxodos de pueblos, no importa de qué bando, en una guerra todos pierden.
La ciudad de Dubrovnik fue bombardeada, recibió dos mil impactos de proyectiles, algunos son todavía visibles, para recordar a las personas los horrores de la guerra, pero hoy la ciudad se nos presenta en todo su esplendor: La república de Ragusa.
Recorremos el casco antiguo con la calle principal asentada sobre grandes losas de mármol que se llama el Stradum, flanqueado de edificios señoriales. La fuente de Onofrio que abastecía de agua a la ciudad fortificada y donde ahora los viajeros mojan las gorras para refrescarse del calor; la columna de Orlando con su estatua de piedra de un hierático caballero medieval blandiendo su espada, o la torre del reloj en la amplia plaza Luza de estética veneciana; la iglesia de San Blas, el palacio Sponza y nos perdemos en sus organizadas y simétricas calles atestadas de turistas, cafeterías, tiendas y restaurantes en esta ciudad al abrigo de la majestuosa muralla que la circunda cuyas almenas recorremos y desde la altura apreciamos mas si cabe la cautivadora belleza de esta ciudad que Lord Byron definió como la perla del Adriático.
Entramos por un diminuto pasadizo que da al exterior de la muralla y nos encontramos con las rocas que dan al mar y el diminuto bar Buza, nos damos un refrescante baño para reponer fuerzas y volver a adentrarnos en la ciudad. Comemos en el puerto en Lokanda Peskarija: calamares, mejillones y gambas a la plancha, con Petar (Pedro), un camarero agradable que nos elogia nuestra simpatía. Tras semejante día ajetreado volvemos a la tranquila Epidaurum, la romana Cavtat en nuestro barquito mientras el sol tiñe de oro la estela que va dejando nuestra embarcación.
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Dubrovnik y Cavtat
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Dubrovnik
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Otok Lokrum, Croacia | 10 de agosto de 2010
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Otok Mljet, Croacia | 11 de agosto de 2010
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