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Costa Rica ¡Pura vida! - I
Escribe: falistoon
Si buscábamos un lugar solitario y sereno en mitad de la selva , aquí lo conseguimos, en La Perla, junto a Mayra y su familia. Habíamos llegado por fin a Drake, justo antes del atardecer, cuando el sol deja la más fotográfica de las luces sobre el océano, lamiendo las fastuosas copas de los árboles y filtrándose entre la maraña de la selva.
Costa Rica ¡Pura vida! - I
Drake, Costa Rica — viernes, 20 de febrero de 2009
Más al sur, Limón y Puerto Viejo y Manzanillo, arrecifes de coral y cocoteros. Pero también el país es rico en calidad humana, gente honesta, sencilla, esforzada y pacífica que vive dominando una geografía hostil y, al mismo tiempo, inmensamente feraz: cafetaleros y ganaderos de la montaña, ilusionados y estudiosos guías, honestos posaderos, negros del Caribe que hablan patuá, el raro inglés de sus antepasados jamaicanos, y cantan calipso y reagy……
Es un país amable en general, aun cuando se observan algunos excesos en determinados establecimientos hoteleros, que ante el extraordinario crecimiento turístico experimentado en el país durante la última década, han visto la oportunidad de vender sus servicios a través de la red: bonitas fotos y precios del norte… cuando llegas, la foto supera a la de internet, pero de cerca es más realista: todo es viejo y casi nada funciona, puede haberse estropeado el agua caliente, que el generador de electricidad sólo funcione durante unas horas al día, que no haya fruta fresca en el desayuno…
Estas cosas me han pasado y las llevo bien si he pagado por ello 15 dólares por los tres (dos adultos y un niño) pero no si se han pagado más de 100. El alojamiento en general en Costa Rica es digno: vale lo que cuesta; son los que más cuestan los que casi nunca lo valen.
Llegábamos de noche a S. José y nos marcharíamos veintidós días después, por la mañana temprano, por lo que teníamos las reservas de ambas noches (una amiga profesional nos buscó la mejor relación calidad – precio, tanto en el hotel como en el vuelo, que no era directo) , y como el hotel se encontraba en la zona del mercado, la primera mañana decidimos deambular por sus calles, adquiriendo algunas frutas y algún objeto útil para el viaje.
Mientras tanto, en el hotel se encargaban de conseguirnos el 4x4 ( cuidado, también éstos abusan). A partir de entonces iríamos libres. Antes de mediodía rodábamos por la Interamericana rumbo al Pacífico, hacia Quepos. Visitaríamos primero el P.N. Manuel Antonio, antes de continuar hasta el Corcovado, en la Península de Osa.
Manuel Antonio fue el primer contacto con la exuberante naturaleza centroamericana, sin embargo aquello sólo fue un aperitivo ligth para lo que vendría después. Aquí los monos comen de tus manos y los mapaches le birlan la merienda a más de uno, está demasiado cerca del Valle Central, es demasiado pequeño y soporta una desproporcionada presión turística, pero es fácil ver monos carablanca en familias, titís, mapaches,pisotes, alguna boa, perezosos, algún zorro gris…., y cuenta con unas maravillosas playas, algo más frescas y menos húmedas que las del Caribe.
El parque se ve en un día y aprovechamos para deambular por Quepos, libando unas pipas (cocos verdes a los que hacen un orificio y beben su refrescante y dulce agua) mientras comprábamos frutas en su mercado nocturno.
Hasta hace poco, la costanera no era una buena alternativa para ir a Osa, se cortaba o se hacía prácticamente intransitable, pero la habían terminado y decidimos seguir esta dura pista de piedras, que sin embargo ahorra decenas de kilómetros comparada con la Interamericana, que discurre por las montañas del interior y es así mismo lenta, por el mayor tráfico que soporta.
En principio no era nuestra intención dirigirnos a Bahía Drake, pero una amabilísima y guapa señora que regenta unas cabinas en lo alto de un puerto de carretera (El Mirador de Osa), con unas fabulosas vistas al Golfo Dulce, nos aconsejó que –siendo nosotros amantes de los lugares más aislados y tranquilos, como le comentábamos – en vez de descender hacia Puerto Jiménez bordeando el golfo, para entrar al Corcovado desde Carate (más vuelta, pero mucho más cómodo), lo hiciéramos desde Drake, desde donde partían canoas hacia San Pedrillo y Playa Sirena, ambas en pleno parque.
Para llegar a Bahía Drake había que atravesar la península tomando una pista que partía de Rincón, virando noventa grados rumbo oeste. La pista era de las que nos gustan, sobre todo por su soledad. Allí vive poca gente, y la inmensa mayoría de los turistas acceden al parque por el sur o por el norte, desde Sierpe y Potrero, en canoa. Se invierte tanto tiempo en atravesar esa corta pista como en todo el trayecto desde Quepos, pero merece la pena. Frente a Drake, la Isla del Caño, donde veríamos las más maravillosas bandadas de peces de todos los colores y tamaños, nosotros (mi hijo y yo) buceando en superficie, ella (mi mujer) con botella, a veinticinco metros…con los tiburones…
Si buscábamos un lugar solitario y sereno en mitad de la selva , aquí lo conseguimos, en La Perla, junto a Mayra y su familia. Habíamos llegado por fin a Drake, justo antes del atardecer, cuando el sol deja la más fotográfica de las luces sobre el océano, lamiendo las fastuosas copas de los árboles y filtrándose entre la maraña de la selva. Pregunto al primer tipo que veo, un joven al parecer muy ocupado que nos ofrece cabañas por 45 dólares por persona (incluido niño), son en “el Mirador” (este nombre se repetiría más veces durante el viaje) , las mismas cabinas a las que mi mujer acababa de subir a echar un vistazo, encerradas en la sombra, húmedas, algo cutres, a la entrada de la pequeña aldea. Cuando le digo que vamos a mirar otros sitios, me responde que cómo es que no hemos reservado, que todo el mundo reserva el alojamiento en Drake en esas fechas (temporada seca, es decir alta), le contesto que a nosotros nos gusta la aventura, “pues, si quereis aventura, la vais a tener esta noche”, fue su respuesta.
La picaresca había llegado hasta aquí también (por no llamarlo directamente estafa) Escasos metros más adelante vemos unos pequeños carteles que indican: “Jardín Biológico” y más abajo, en una tablilla: “Cabinas La Perla”. Enfilamos el empinado y horadado carril, que hay que subir con la reductora del 4x4, y después de un kilómetro más o menos, llegamos a un llano limpio de selva , con el Jardín vallado a la izquierda y una soleada y bella casa rodeada de matas de pacíficos rojos, un huerto con bananos, piñas y yuca, árboles frutales y cuatro pulcras cabinas pareadas pintadas de un alegre verde agua y blanco, separadas entre ellas por un fresco corredor. Mayra aparece después que la fueron a buscar abajo, donde vive con sus hijos y su marido; allí sólo vive la abuela, Dª Petra, en la casa grande, y El Tío, en su ínfima cabaña de una sola estancia de menos de diez metros cuadrados.
Pasamos cuatro encantadores días en La Perla, ¡por 15 dólares la noche, los tres! Las habitaciones eran sólo para dos, pero la amabilísima Mayra, teniendo en cuenta al niño, nos alojó en dos por el precio de una y, además, nos hizo un recorrido de cortesía guiado por ella y su madre, Doña Petra, por la bellísima selva de la paradisíaca propiedad, culminando en una fresca cascada donde pudimos descansar, almorzar, refrescarnos y departir tranquilamente con nuestras anfitrionas, mientras escuchábamos el trepidar del agua en las rocas tapizadas de musgo y acariciadas por la lujuriante vegetación.
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Publicado el 20/feb/2009, 19.46 |
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Costa Rica ¡Pura vida! - I
Drake, Costa Rica | 20 de febrero de 2009
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