22 días, 11.111 km

Escribe: altaibcn
22 días y 11.111 km después de salir de Barcelona, llegamos a Ulan Bator. Por el camino surgieron imágenes e ideas de lo más variopintas, fruto de cruzar tantos lugares y culturas en tan poco tiempo. Os invito a conocer estas impresiones.

 

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1 Capítulo 3

Carreteras ucranianas, o cómo los coches parecen sacos de dinero

Dnipropetrovs'k, Ucrania — sábado, 14 de agosto de 2010

He leído recientemente una entrada del año 2007 en un blog de un abogado estadounidense que reside en Kiev desde los años 90, en el que analizaba la situación de las carreteras ucranianas, clasificadas en ese tiempo como unas de las más corruptas de toda Europa. Explicaba la anécdota de que el ex-presidente ucraniano Víktor Yúshchenko, allá por 2005, hizo una ruta por carretera al margen del servicio oficial del estado, a modo particular, y en los 600 kilómetros que recorrió fue detenido ocho veces en varios controles policiales sólo para ser sobornado por presuntas irregularidades tales como excesos de velocidad falsos, bombillas fundidas y otros similares. Furioso, ordenó al poco tiempo al organismo competente que tenía no más de seis meses para que se saneara esta situación. No sucedió.

Nuestro primer soborno en Ucrania fue cerca del mediodía en una autovía de doble sentido y dos carriles por sentido. En todo el territorio ex-soviético, las autovías disponen de pasos de peatones y cambios de sentido en determinados sitios. Nuestra velocidad era de 92 km/h (igual que la del tráfico rodado) al acercarnos a un paso de peatones donde no vi, desde lejos, ningún peatón esperando a cruzar. Lo que tampoco vi fue el policía en el sentido contrario, bien oculto en la mediana, que apareció de golpe apuntando con su pistola radar y me indicó (poniéndose en medio de mi carril) que me parara. Así hice.

Me obligó a aparcar el coche en la cuneta, a cruzar al otro sentido de la autovía y, entretanto, se entretuvo parando a un camión de matrícula ucraniana por no sé que extraña razón. El camionero paró, y se apeó de su camión con cara de “¿qué diablos quieres ahora, pesado?”. Le hizo esperar mientras me indicaba que me acercara al coche patrulla. Ya se había asegurado un par de presas.

Por lo que a mi respeta, el joven agente, en un tono frío, distante y ciertamente altivo, perfectamente escenificado, me obligó a entregarle toda mi documentación: pasaporte y papeles del coche. Mientras esperaba a que los buscara y los mostrara, observó cómo Marc grababa la escena cuidadosamente desde el interior del coche con la videocámara. El mundo se paró cuando se percató de esto y estuvo mirando fijamente a Marc mientras, supongo, pensaba el plan o la cantidad del soborno. Al cabo de unos eternos veinte segundos y visiblemente enojado, me dijo que fuera a avisar a mi amigo.

Así que crucé de nuevo la autovía para decirle a Marc que le habían pillado grabando y que viniera. Ya me había jugado la vida dos veces cruzando la autovía, ahora me quedaban mínimo dos cruces más y a Marc también. Mientras cruzaba, el policía empezó a tomar notas del camionero, y al llegar nosotros paró para comunicarle a Marc que le entregara la videocámara. El intentó decirle que borraba el vídeo y listos, mediante el uso del inglés y los gestos en la cámara, pero el policía, aplicando sus mejores dotes teatrales, se enzarzó con él y empezó a intentar arrancarle la cámara de las manos. Tardó un poco en concluir el forcejeo y éste simplemente finalizó cuando nuestro joven amigo corrupto puso la mano en su pistola. Así fue como se quedó con la cámara y Marc vino conmigo, cagándose en la leche, por no nombrar el oficio.

Marc estuvo un rato afuera, en la parte trasera del coche patrulla, mientras el policía daba la tabarra a los camioneros. Entretanto, yo tuve que sentarme en el asiento del piloto para que el agente compañero me tomara los datos. Era joven también, algo entrado en quilos, y parecía no entender que yo de ucraniano y ruso, y de leer el alfabeto cirílico, no tenía ni la más remota idea. Algo bastante común en Ucrania y Rusia, ya que pese a expresarle con gestos que no entendía absolutamente nada, se empeñan en hablarte directamente en su idioma natal. Supongo que lo hacía para echarse unas risas viendo mi cara de bobo. Aunque afortunadamente al final se apiadó de mí y se tomó la molestia de explicarme en un primitivo inglés lo que quería que le dijera. En ese momento, apareció el otro agente y le hizo entrega de la cámara de vídeo. Mi nuevo amigo policía empezó a toquetearla, mirarla... empezó a gustarle. Temiéndome lo peor, dejé que hiciera y que fuera él el que se pronunciara. Me dijo que quería ver el vídeo, así que se lo enseñé. Lo miró, se echo unas frías risas y me dijo que lo borrara. Así hice y... me devolvió la cámara. ¡Bien!

Salí del coche y fui a la parte trasera. Le entregué la cámara a Marc, que suspiró aliviado. Entonces los dos agentes empezaron a hablar y a reír. Estaban acordando el soborno. Al cabo de un rato, vino el primero de ellos y me indicó, código de circulación en mano, que la infracción que había cometido (exceso de 32km/h de velocidad), en Ucrania, implicaba una multa de 200 dólares al cambio. Que tenía dos opciones: pagarlos, o se quedaban con mi carné de conducir y lo enviaban a España.

Vamos a ver. Si me hubiera dicho que me confisca el carné, me lo podría llegar a creer. Ahora, la sonrisita en la cara, la charla previa y la guindilla de tomarse la molestia de enviarlo de nuevo a España, ya nos situó a Marc y a mí en modo soborno al completo. Además, veníamos avisados de que era frecuente sacar el máximo de dólares a los turistas en este tipo de controles. Así que dijimos que nada, que ni hablar. Se mostró inflexible durante apenas diez segundos, y dibujó en un papel el número 100. En diez segundos había rebajado a la mitad la cantidad, saltándose a la torera el código de circulación. Intentamos negociar más pero se mostró inflexible. Nos miramos y dijimos que perfecto. Me entregó los documentos de nuevo y me indicó que le trajera el dinero dentro del pasaporte, y el pasaporte cerrado. Que no se viera. Pensé que entretanto se entretendría a redactar la multa oficial, pero que va: aquella infracción nunca existiría legalmente, y por lo tanto, su cobro no se generaría nunca a efectos legales, todo en negro. En fin...

Así que cruzamos de nuevo la autovía y fuimos hacia el coche a buscar los dólares. En ese preciso momento podríamos habernos largado, pues lo teníamos todo de vuelta otra vez: videocámara y documentos. Pero supongo que no pensamos en ello. Estábamos enfrascados en decidir el importe que les daríamos, que finalmente seria de 21 dólares en forma de un billete de diez y once de un dólar, ya que hacían mucho bulto. Ante cualquier eventualidad, alegaríamos que no teníamos más.

Pero ni eso hizo falta, ya que nada más cruzar, me dijeron que me sentara dentro del coche patrulla en el asiento del conductor y, una vez dentro, el agente copiloto me indicó que dejara los billetes muy discretamente en la guantera central. Así hice, y ni se los miró. No contó la cantidad. Seguramente ya contaba con que no traíamos los 100 dólares pero se la traía al pairo, ya que pusiera lo que pusiera, para el nivel de vida ucraniano, ya era un buen pellizco. Me dio la mano, me deseó buen viaje y me dijo que vigilara con las carreteras, que son muy peligrosas. Me sonrió y me dejó ir. Ahora resulta que eramos amigos y todo...

Y así fue nuestro primer soborno. Antes de salir de viaje sabíamos de antemano que nos pasaría, por lo que nos habían contado y lo que habíamos leído, y vivir en primera persona la experiencia nos hizo, en el fondo, bastante gracia. Al cabo de unos kilómetros, otro agente nos indicó que nos paráramos. Deceleré y el agente se retiró de nuevo al arcén. Al acercarme, a velocidad reducida, volví a acelerar aprovechando que el agente estaba de espaldas y me largué. Ante tal vacilada, crucé los dedos y, deseando que no nos persiguiera, le observé por el retrovisor. Vi que nos miraba un rato, pero finalmente se dio media vuelta y se puso a esperar al siguiente conductor con los brazos en jarras. ¡Buf, que alivio! ¡Ahí te quedas! Y ahí se quedarían también todos los policías que se cruzarían con nosotros a lo largo de nuestro viaje a partir de ese momento, en el que comprobamos que simplemente ven los coches como simples sacos de billetes.

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Puedes leer el relato entero de nuestro Mongol Rally en el lbro:
http://www.fromlosttotheriver.org/fromlost/category/mongol-rally-el-libro

Tips:

El estado de las carreteras es relativamente malo en bastantes sitios de Ucraina, circulad con precaución.

Tiene que ver con: Seguridad, Transporte
En Dnipropetrovs'k, Ucrania


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