Un hálito templado lame la pedregosa hamada.
Remonta los riscos, al este.
Penetra en los poblados de adobe, se arremolina.
Asciende arrastrando galaxias de partículas,
formando una nube roja y gris.
Desciende. Se precipita, al sur, sobre las nómadas dunas.
Modelando la tórrida luz, azotando palmeras y jaimas.
Flameando túnicas y mantos, aletargando ganados.
Eclipsando el gran resplandor dorado y vertical.
Toma fuerza del oeste, del océano.
Se crece. Luego se serena y desaparece.
Como tragado por la arena fría de la noche.
Como hechizado por el fulgor de los luceros.
Ahora reina el firmamento, hablan las estrellas.
Cuentan a los hombres lo que ven.
Lo que ellos no pueden ver.
Lo que persiguen eternamente, sin sosiego.
Danzan los nómadas poseídos por un canto antiguo.
Por el destello de la hoguera en sus rostros azules.
Extasiados ante su libertad.
Sobrecogidos ante su destino.