Ulster: tierra de leyendas y paisajes verdes

Escribe: Imaginante
La parte norte de Irlanda –la grande y majestuosa provincia del Ulster– es un mundo singular y diferente. Los influjos de las más diferentes culturas (escocesa del Ulster, gaélica, normanda o anglo-normanda) han dejado su impronta en esta región. Estos influjos se reflejan en todo: en la forma de los campos, en los pueblos o en los bien cuidados bosques, en las numerosas y grandiosas mansiones señoriales, castillos y jardines o en los lujosos edificios industriales victorianos...

 

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Ulster: tierra de leyendas y paisajes verdes

Derry, Reino Unido — jueves, 4 de marzo de 2004

La situación geográfica en el extremo norte de Irlanda, rodeada de mar por tres partes, ha dotado a la región del Ulster de una costa de imponente belleza, con escarpados acantilados, amplias playas y montañas de una altura rara en la isla.

De Belfast tierra adentro está el centro de la tradicional industria lencera alrededor de Lisburn, Lurgan y Portadown. Los vestigios de esta industria, que floreció bajo los hugonotes en el siglo XVII tardío, están dispersos por toda la región en forma de edificios de fábricas victorianos de gran importancia arquitectónica como, por ejemplo, la Barbour Campbell Factory en Hilden.

Algo más al oeste está el gran Lough Neagh, el lago más grande de las islas británicas y el más importante lago de pesca de agua dulce de Europa. La natural fuerza de atracción de este gran lago contrasta con los elegantes pueblos de sus orillas, con casas de piedra cuyo estilo recuerda al de las tierras bajas escocesas.

Pero lo que sin duda impresiona más en el Ulster es la ininterrumpida belleza de su espectacular línea costera, desde las escarpadas estribaciones de Donegal en el oeste, pasando por la orilla norte de Derry hacia Bushmills y la imponente costa de Antrim y bajando hacia Larne al norte de Belfast.

Los mágicos paisajes de lagos y ríos en las zonas limítrofes del sur –los condados Fermanagh, Cavan y Monaghan– son desde hace poco fácilmente accesibles con la ampliación y reapertura del canal Erne que conecta con el Shannon. Toda esta zona se ha convertido rápidamente en una de las regiones más atractivas para pescadores y barqueros. La natural serenidad y la imponente belleza de estos lagos y montañas son aún más atractivas gracias al carácter efusivo y acogedor de la gente, lo que también es de aplicación a la ciudad Enniskillen.

La costa norte se destaca por sus recónditas bahías, sus fabulosas ensenadas rodeadas de acantilados, pequeñas aldeas y amplias playas. En cualquier sitio hay suficientes posibilidades de practicar el senderismo y descubrir estos fabulosos campos, finalizando la jornada en un pequeño pub al amor del fuego de la chimenea.

La frontera con Irlanda del Norte comienza en Lough Foyle, y seguro que no hay mejor forma de iniciar la visita a la región que utilizando el fácil ascenso al antiguo y bien conservado fuerte celta de Grianan of Aileach al oeste de Londonderry, con sus extraordinarias vistas a las montañas y al mar. Derry está a orillas del lago Foyle, tiene un casco histórico de calles tortuosas y una muralla desde la que se disfruta de una gran vista sobre la ciudad. La costa norte entre Derry y Ballycastle se caracteriza por sus encantadoras playas –la más conocida es Portstewart– y acantilados espectaculares. La bella ciudad portuaria de Portrush tiene mucho que ofrecer a los visitantes, como sus excelentes campos de golf. La población de Bushmills, con sus bonitas casas de piedra, es la cuna de uno de los mejores whiskeys irlandeses y su antigua destilería es una de las mayores atracciones de la zona.

La costa entre Ballycastle y Larne tiene una de las rutas más bellas de toda Irlanda. Desde las imponentes ruinas de Dunluce Castle en Bushmills hasta los numerosos restos de antiguas murallas de la familia MacDonnell –como la de Rathlin Sound–, aquí hay un trozo de historia en cada rincón. La agreste isla Rathlin, con sus casas dispersas y desvencijados botes de pesca, tiene también su propio atractivo: quien se atreva puede intentar pasar a tierra firme pasando por el precario puente colgante de Carrickarade.

Yendo hacia el interior desde esta magnífica costa se pasa a una zona totalmente diferente que ofrece una experiencia única: Glens de Antrim. Altas montañas escarpadas cortadas por valles espectaculares, que en Cushendall y Cushendun descienden hasta el mar. En las diminutas aldeas y caseríos de montaña se sigue viviendo como hace siglos y los vestigios de la antigua cultura celta vibran en la música popular.

La calzada de los gigantes

Una leyenda celta habla de un gigante irlandés que construyó una calzada de prismas hexagonales que unía su territorio con otra isla en Escocia. Hoy, La Calzada de los Gigantes, en el norte de Irlanda, y la isla Staffa de las Hébridas, con su espectacular cueva de Fingal, que inspiró una novela de Julio Verne y una obertura de Mendelssohn, son los restos de ese camino ciclópeo. Constituyen dos enclaves de primer orden mundial para el turista amante de la naturaleza.

Cuenta una antigua leyenda celta que el gigante irlandés Finn MacCool decidió construir un camino a su medida hasta la isla de Staffa en Escocia. Edificó una ciclópea calzada de prismas hexagonales que le permitió atravesar 120 km. de mar sin mojarse, y pudo desafiar a su rival, el gigante escocés Benandonner. Pero, al acercarse a éste, comprobó que era mucho más fuerte y fiero que lo que había imaginado. Perseguido por el escocés, MacCool huyó de nuevo a la verde Irlanda y allí, su esposa Oonagh le escondió en una cuna.

Cuando apareció Benandonner, Oonagh le invitó a tomar el té, pidiéndole que no despertase al "bebé". Entonces, fue Benandonner el que se aterró, no deseando enfrentarse con el padre de aquella enorme criatura. Y al escapar destruyó la calzada, de la que sólo quedaron en pie sus tramos inicial y final, confiando en que así no sería perseguido por MacCool.

Para los modernos geólogos, "Giant's Causeway", la Calzada de los Gigantes, situada en el conflictivo norte de Irlanda, guarda en efecto una estrecha relación con los similares prismas hexagonales de Staffa. Pero su origen se remonta a miles de siglos antes de los celtas. La componen más de 37.000 columnas de basalto que son el fruto de la actividad volcánica que modificó el relieve de Irlanda, Escocia, Islandia y Groenlandia, hace cincuenta y cinco millones de años.

El excursionista que recorre las Islas Británicas no debe dejar de visitar esta formación geológica, si no única en el mundo, sí la más espectacular en su género. No resulta exagerado afirmar que este rincón, por si solo, justifica el desplazamiento hasta Irlanda.

La Calzada de los Gigantes propiamente dicha se subdivide en tres partes, denominadas, de oeste a este: Pequeña, Media y Gran Calzada, siendo en la central en donde pueden admirarse las mejores secciones de prismas de lava con superficies planas, cóncavas o convexas. En su mayor parte son hexagonales, pero al menos un 30 % ofrecen pentágonos y también aparecen polígonos de 4, 7, 8 y hasta 9 ó 10 lados que, vistos desde arriba, no dejan de recordarnos una calle regularmente pavimentada. El ensamblaje de las columnas es tan perfecto que hace muy difícil ensartar la hoja de una navaja entre ellas.

En la Calzada Grande, algo más elevada, se aprecia con mayor claridad la estructura columnar del basalto, con prismas rectilíneos de hasta seis metros de altura, bellamente representada en la "Puerta de los Gigantes", soberbia entalladura rocosa que da acceso a un magnífico itinerario hacia el este. Siguiéndolo, mediante una suave caminata de apenas un par de horas entre ida y vuelta, pasamos junto al "Órgano", una pared prismática de 12 metros de altura, y doblamos las espectaculares bahías de Port Noffer, Port Reostan y Port Na Spaniagh.

A partir de aquí el camino continúa, aunque cada vez más accidentado debido a los desprendimientos. Na Callian, Na Tober, Na Plaiskin... bellas ensenadas cerradas por vertiginosos anfiteatros, esbeltos pináculos aislados por la erosión, verticales acantilados entre los que serpentea el sendero que conduce a Benbane Head, Whitepark Bay y nuevamente a la carretera de Bushmills a Ballycastle. Este último trayecto es algo más largo y se reserva para caminantes avezados, provistos de agua y calzado apropiado. Quienes carezcan de la necesaria experiencia excursionista deben asesorarse con alguna de las guías excursionistas especializadas que pueden adquirir con facilidad antes de iniciar la marcha.

Geológicamente, nos hallamos ante los residuos, alterados por millones de años de erosión, de una meseta volcánica formada por sucesivas coladas de lava fluida procedente de tres importantes paroxismos volcánicos que afectaron la planicie de Antrim. Dos de ellos se manifiestan claramente en la Calzada, ocupando espesores de casi 160 metros de magma solidificado. El más antiguo es el responsable de los basaltos situados, obviamente, a niveles inferiores, ricos en olivino y de color intensamente negro. Un suelo fósil, rojizo, separa este piso del superior, abundante en sílice y de tonos grisáceos. Se trata de un suelo laberíntico, producido por la descomposición de las lavas subyacentes durante el largo periodo de tiempo que separó ambas erupciones, y es característico de climas tropicales como el que reinaba en Irlanda a principios de la era terciaria.

La estructura prismática que constituye el gran atractivo paisajístico de este entorno se ha desarrollado en los basaltos silíceos. Y es el fruto de la contracción que acompañó al enfriamiento y solidificación de los materiales fluidos emitidos por las erupciones. Un enfriamiento lento en la parte inferior de las coladas y demasiado rápido en la superficie, en contacto con el aire, que produjo la red de fisuras verticales que limitan los prismas entre si. Posteriormente, las caras de esos prismas actuaron a su vez como superficies de pérdida de calor, favoreciendo la formación de fisuras perpendiculares a las anteriores que cuartean las columnas y les dan su apariencia definitiva de baldosas apiladas.

Durante el siglo XVIII la Calzada recibió las primeras visitas de curiosos y naturalistas. Sus dibujos y admiradas descripciones alertaron a los científicos y al público en general. El movimiento romántico, a comienzos del XIX, terminó por exaltar la belleza original de estos parajes, exponentes de la "Simetría y gracia, con una grandeza y audacia que solamente la Naturaleza podía llevar a cabo". Fue también a mediados de ese siglo cuando la Calzada se convirtió en escenario del debate entre los partidarios de su origen volcánico y los neptunistas, defensores a ultranza de una geología fundamentada en la religión, que propugnaban una formación por la precipitación de minerales procedentes del agua del mar. El triunfo indiscutible de los primeros constituyó un paso más en la secularización de la ciencia y la aceptación de un pasado de la Tierra mucho más remoto que el que parecía desprenderse de la interpretación dogmática de la Biblia.


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