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África, un nuevo continente (para mí)

Escribe: camarazu44
Este es un relato de como fui a parar a África. África para mí no tenía prioridad alguna y no sabía yo mucho de estas tierras tan nuevas para mí. Bueno, la cuestión es que cogí fuerzas de flaqueza y me fui desde Buenos Aires a Dar-es-Salaam en Tanzania, vía Frankfurt (Alemania), Cairo (Egipto), Jartúm (Sudán) y Entebbe (Uganda), nada menos. De la claridad a la densa oscuridad, por lo menos me estaban esperando allí...

 

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Dar-es-Salaam, ketengues y mis primeras samosas

Dar es Salaam, Tanzania — viernes, 16 de julio de 2010

Al bajar la escalinata del avión, se me acercó un señor mayor que me preguntó por mi nombre y me dijo que le habían encomendado ir a buscarme al aeropuerto. Este inglés, muy amable, era relaciones públicas de una empresa aérea y me llevó al centro de Dar es Salaam, a las oficinas de East African Airways. Allí era gerente mi anfitrión, Richard, el hombre que me había invitado a Tanzania. Richard se alegró al verme llegar sano y salvo y me dio las llaves de su piso, en la tercera planta encima de las oficinas en las cuales estábamos. Aparentemente, todo muy cerca. Me dijo que Stanley, el muchacho de color que le llevaba la casa, me indicaría la habitación que estaba preparada para mí. También me dijo que George, otro amigo inglés, estaría probablemente durmiendo en otra de las habitaciones. Que lo despertase, que tomásemos desayuno juntos y que fuésemos a pasear por Dar es Salaam.
 
Bueno, como los planes para el día ya estaban medio hechos, procedí de la manera indicada, George era un hombre realmente simpático e inmediatamente congeniamos. Después del desayuno salimos a pasear. Frente al edificio había un parque, mejor dicho un terreno con algunos arbustos al cual se llamaba “parque”. Había que cruzar una de las únicas calles de la ciudad que estaban asfaltadas, a la derecha una estación de Agip y mucha gente que iba en dirección al mercado cercano. En el parque apareció Reiner, un alemán de Munich que era un voluntario trabajando en África, resaltaban sus cabellos blancos a pesar de que era de mi misma edad. Los tres fuimos al mercado, todas las calles eran de tierra y deben ser un lodazal en tiempos de lluvia. Inmediatamente me indicaron que los hombres usan “ketengue”, una ropa que se envuelve alrededor de la cintura y que se basa en una tela de más o menos 2,5 x 1,5 metros, de tejido muy fino, similar a lo que hoy se llama “pareo”. Bueno, pues “ketengue”…   y además era cómodo, no daba calor y me hacía sentir ambientado en África. Uno se viste y se desviste en un santiamén. Fue mi única ropa durante todo un mes en este continente, pero siempre con una camisa o camiseta cubriendo el torso.

La ciudad era bastante modesta, los edificios necesitando renovarse, todo un poco "pegajoso" por el calor, el ambiente muy inglés colonial a pesar de que el pasado de esta ciudad era alemán. Partes de Tanganika, Ruanda y Burundi fueron colonia alemana en el siglo XIX. Tanganika y Zanzíbar se unieron para formar Tanzania.
 
Dar es Salaam no tenía mucho que ofrecer. Richard y George se juntaron el fin de semana para ir a la playa, un poco distante, en donde hicimos una barbacoa. Rina y Amalia, que nos acompañaron, nos hicieron reír mucho con sus bailes. Para males, a George se le perdió el pesado anillo de oro en la arena, todo eso en un día. Buscamos como locos, no lo pudimos encontrar. La playa estaba muy transitada por algunos nativos cargados con madera, fruta, pescado. Todos saludaban sonrientes. Pasamos un día muy especial y por la noche regresamos. Por el camino nos tuvimos que detener debido al paso de una gran migración de cangrejos que cruzaban la carretera, una escena bastante normal por allí. Son tan duros que el coche derrapa si se intenta pasarles por encima.
 
Como dije, la ciudad no tenía mucho que ofrecer. El buen tiempo me acompañó durante los cinco o seis días que estuve allí. Una de las mañanas, George me llevó por las callejuelas de tierra del mercado hasta una esquina, en la cual había un restaurante indio con una simpática terracita hacia la calle. Me preguntó si quería comer “samosas”. Le dije que no las conocía. Comimos unas cuantas. Desde aquel día, las samosas, unos sobres de masa muy fina fritos con relleno vegetariano y bien condimentadas, ahora son parte de mi vida y no me privo de comerlas cuando puedo. Hoy en día las hacemos en casa y desaparecen en unos momentos.
 
Richard pudo hacer un paréntesis en su trabajo y llevarme al aeropuerto, mi próxima escala era Mombasa, en Kenia. Me dio el nombre de una amiga que estaba de directora en la oficina de EAA para cualquier eventualidad. Nos despedimos, le agradecí la oportunidad que me había dado y embarqué en mi vuelo. La verdad que eso de venir a África había sido una buena idea y había comenzado como una experiencia muy postiva.

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La playa en el sur de la ciudad, desierta y hermosa

   

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