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Siria. Líbano

Escribe: ropavieja
Me recibe una ciudad de grandes dimensiones. La población habitada más antigua del mundo. Con un tráfico desafiante…intenso. A punto de anochecer llego al centro de la urbe. Ardo en deseos en introducirme en la vieja ciudad de Damasco

 

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Capítulo 1
 

Siria. libano

Damasco, Siria — jueves, 31 de diciembre de 2009




Inicio este viaje intentando llevar a cabo un "experimento": viajar con el menos equipaje posible y sin facturar en el mostrador de la compañía aérea, algunas de ellas ya cobran por hacerlo, las demás están en ello. Pero eso no es lo principal, el viaje será mucho más cómodo y ligero al no tener que transportar una pesada maleta.


Enseguida os daréis cuenta de que no hablo de Palmira en  mi viaje, es algo premeditado y largo de explicar..., el libro-guía que llevo en mi mochila afirma que el cien por cien de los visitantes de Siria, visitan las ruinas de Palmira. Deberán cambiar este dato, puedo adelantar que mi decisión no se debe a ninguna obediencia filosófica ni religiosa.


Me recibe una ciudad de grandes dimensiones. La población habitada más antigua del mundo. Con un tráfico desafiante...intenso. A punto de anochecer llego al centro de la urbe. Ardo en deseos en introducirme en la vieja ciudad de Damasco (toda ella está protegida contra la especulación y las escavadoras), así lo hago después de buscar y preguntar sin descanso; no sé árabe, a las personas que interrogo les cuesta interpretar el plano de la ciudad. Al fin consigo encontrar el zoco, sus tiendas ya están cerradas. Me siento en un ambiente extraño, el jet lag y este mundo desconocido crean una sensación interna difícil de calificar. No tardo en toparme con la gran Mezquita Omeya, mañana en cuanto la abran la visitaré, ahora voy a buscar un lugar donde cenar, el viaje me ha producido hambre. Un acogedor patio árabe repleto de comensales será el lugar elegido, mi estómago va a quedar muy agradecido, la comida siria tiene fama de ser una de las mejores, bebo la típica bebida de Damasco: el polo, hecho de jugo de limón con menta, algo parecido al mojito pero sin ron, estamos en un país musulmán, aunque se puede conseguir fácilmente cerveza en algunos lugares. Al salir del restaurante me sorprende  la lluvia. Ya es tarde, no queda otra opción que irse a dormir. Pensare en los genios de "las mil y una noches" que habitan en esta ciudad. Y de su relajada religiosidad.


            Amanezco muy temprano. Atravieso la nave principal del zoco, los comercios comienzan a abrir, quiero llegar justo a la hora que abren la mezquita... ya se ven grupos de chiítas, la mayoría son mujeres en peregrinación. A las diez en punto se abre el gran portón, me descalzo y penetro en su interior junto a cientos de hombres y mujeres venidos de otras provincias sirias y países limítrofes como Irán, ellas visten al inevitable chador  muy propio de la rama chií. Este vestido negro les cubre desde la cabeza hasta los pies.


El impresionante edificio en el que me encuentro estuvo dedicado en sus principios al dios romano Júpiter, después se convirtió en una iglesia cristiana y ahora está dedicada al credo musulmán. Una gran sala toda alfombrada con sus paredes de mármol. Se forman varios grupos para escuchar a los predicadores, las mujeres siempre separadas de los hombres por unas cadenas que delimitan los espacios formando pequeños recintos. El fervor, la fe, se palpan. En los exteriores de la  parte noble existe un enorme patio rodeado de edificios anexos.


Todavía ensimismado me dirijo al barrio judío, una zona del viejo Damasco, una pequeña ciudad abandonada, anteriormente vivían aquí unos diez mil hebreos; ahora, debido principalmente al conflicto con Israel, lo han abandonado casi por completo. Consigo todavía ver a algunos resistentes. Los muros de las casas están llenas de pintadas en árabe, no puedo leerlas, pero es fácil deducir su mensaje. La política expansionista y genocida de Israel ha provocado estas situaciones. Estrechas callejuelas flanqueadas por edificios semiderruidos. Consigo ver un restaurante y algún que otro pequeño comercio de alimentación. De verdad que me han dejado una onda impresión estas calles olvidadas. A continuación me introduzco en la zona cristiana, nada tiene que ver con lo visto anteriormente, me encuentro con muchos comercios, transeúntes y una animada actividad. Los escolares llenan las calles. Decido comer en un pequeño restaurante de comida siria: crema de garbanzos, vinagretas y un té, todo muy frugal, y que nada tiene que ver con la cena de anoche; estos tres alimentos estarán presentes durante todo mi viaje por este país.


Todo el día ha estado salpicado de continuas ráfagas de agua, pero al medio día se rompió el cielo. Los taxis desaparecieron y mi ropa... mi cuerpo parecían recién sacados de la piscina. Tuve que suspender mi visita al hamman (baños públicos al estilo turco). No me apetecía más humedad.


Me está costando mucho comunicarme con la población, desconozco el árabe, mi pobre inglés, como el de ellos, todo hay que decirlo, forma una barrera casi infranqueable. Cuando pregunto por la situación de algún lugar... debo hacerlo unas cuantas veces, hasta que consigo una mínima información. Al contrario que otros países árabes, los vendedores ambulantes como los de las tiendas son muy tranquilos y no acosan a los transeúntes.


El hotel al que me he trasladado es mucho más amplio en sus instalaciones y con una situación estratégica, pero está como el primer día que abrió, esto le da un aire especial; un viejo palacio... ¡si sus paredes pudieran hablar!, y nos contaran las mil y una historias de las que habrán sido testigos a lo largo de los años... Continuamente me viene a la cabeza los momentos vividos en mi visita de esta mañana a los barrios judío y cristiano.


Aunque se pueden ver mujeres con vestimenta occidental, la mayoría llevan la cabeza cubierta con un pañuelo. La cocina es muy rica, con multitud de platos, los garbanzos, cocinados en distintas maneras abundan en muchos de ellos, sin dejar de lado las especias, ahí tienen su secreto culinario.


Desde el inmenso balcón de mi habitación observo un cielo despejado, decido echarme a la calle en busca del hamman: el vapor, el calor, la sauna, alternando el agua fría y caliente, tras un masaje optativo, me envuelven entre al menos seis toallas, me trasladan a una acogedora sala con un té caliente entre las manos. Otra vez en la calle, decido ir a cenar; el restaurante está totalmente vacío, es lunes... y la noche es fría y húmeda. Los ciudadanos se han quedado en sus casas.


Los árabes, los musulmanes en general le dan mucha importancia a la amistad masculina, besarse en la mejilla o cogerse de la mano son costumbres muy aceptadas por todos. Justo enfrente del hotel que estoy a punto de abandonar se encuentra una antigua estación de ferrocarril de donde partieron millones de peregrinos hacia la Meca, ahora son unos grandes almacenes, es un edificio muy coqueto. La temperatura ha experimentado un extraordinario cambio. Se ha instalado el frío, de hecho he dormido con algo de ropa y una manta.


Elimino la etapa de Alepo, el segundo lugar más visitado de Siria por su gran interés histórico y cultural. Para mí no supone un objetivo principal, así que me subo a un autobús que se dirige hacia Hama, una pequeña ciudad no menos envidiada para los viajeros que buscan cosas distintas He de decir también que se encuentra más cerca y no me aleja demasiado de la frontera libanesa; tres días más tarde deberé cruzarla, y precisamente el tiempo no me sobra.


En Hama tuvieron nacimiento las chirriantes norias sirias, ruedas gigantescas de madera movidas por agua, en esta ciudad se pueden observar varias en perfecto estado de conservación, algunas tienen hasta más de dos mil años.


Con un monumental atasco inicio mi viaje hacia el norte del país, una hora tarda el vehículo en recorrer apenas tres kilómetros. Una perfecta autopista que discurre entre peladas y grises colinas me llevara hasta Hama.


La ciudad de Damasco está rodeada por numerosos suburbios donde viven cientos de miles de palestinos e iraquíes, refugiados de sus respectivas guerras. La hospitalidad Siria acoge a estas personas que sobreviven sumidos en una angustiosa existencia. Es sabido que Siria junto a Irak son la cuna de la humanidad.


Sobre las cuatro de la tarde comienza a oscurecer, me encuentro con casi todos los comercios cerrados y apenas hay personas por las calles, esto me produce una sensación de soledad y muchas preguntas, el ambiente me resulta extraño. Pero... como si sucediese un milagro, sobre las dieciocho horas todo vuelve a resucitar, se abren las tiendas, los coches llenan las calles, y las compradoras, si compradoras porque la inmensa mayoría son féminas, con sus túnicas negras hasta los pies y la cabeza cubierta, en muchos casos por completo, apenas pueden ver para caminar. Una ciudad muy integrista, más tarde explicare algo que hará comprender mejor esto. Camino por la ciudad vieja situada sobre el río Orontes, también en sus orillas se encuentran las populares norias, puedo llegar hasta ellas y tocarlas, son un espectáculo: tan majestuosas. Es el único momento que puedo ver a algunos turistas fotografiándolas porque en el resto del día ya no veré extranjeros.


La zona vieja me regala un sinfín de olores provenientes de las pequeñas tiendas que almacenan especias, dulces, menta, incienso, los mercados sirios son los más olorosos. Las mezquitas se levantan imponentes en cada manzana de casas. Hasta el momento no he visto ninguna valla o letrero publicitario dedicado a la Coca Cola o el Mc. Donalds.


En 1982 la ciudad fue destruida por completo a manos del ejercito sirio, el motivo fue un levantamiento, una sublevación de las Hermanos Musulmanes, un grupo integrista musulmán, se calcula que murieron cerca de veinticinco mil personas. La ciudad de unos trescientos mil habitantes casi ha sido reconstruida por completo, se ven algunas señales, sobretodo en las mezquitas, a consecuencia de los intensos bombardeos. Absolutamente todo está escrito en árabe, se me hace muy difícil orientarme o identificar algún comercio o calle. Casi todas las mujeres, como chiítas que son, visten un riguroso chador negro. Esto solo lo veré en esta ciudad. Una señal de su integrismo.


Me llega una información de que las fronteras con el Líbano están cerradas, salvo la de Damasco. Deseo con fuerza que solo sea una falsa alarma.


Un taxi me transporta hasta la estación de microbuses, allí tomo uno que me deja en Homs, en un principio había descartado visitar esta ciudad pero he decidido conocerla por ser una parada de obligado cumplimiento para tomar un transporte hasta el Krac de los Caballeros. Un par de horas son suficientes para callejear por sus principales lugares de interés, como el zoco y un barrio antiguo. Otro microbús atestado hasta la bandera me acerca hasta el Krac de los Caballeros.


El castillo medieval más gran del mundo, construido por los cruzados, el pequeño vehículo repta por la carretera hasta la misma entrada. Numerosos grupos de turistas se disponen a hacer lo mismo que yo. La fortaleza no me decepciona. Sus torreones, muros, foso, salas... todo es de una gran envergadura.


En la salida intento negociar con el propietario de un microbús para que me lleve hasta Tartus, pero  me pide un precio demasiado alto, en esos momentos aparece otro micro que lleva a otros pasajeros hasta el cruce donde podré tomar un enlace hasta la ciudad costera de Tartus, me subo a él entre algunos gritos de enfado de un conductor hacia el otro. Así son las cosas aquí.


Una vez ya en la estación de mi nueva etapa, inicio una larga caminata hasta un hotel situado frente al mar Mediterráneo; llego algo cansado. No he comido más que un par de piezas de fruta, mi estomago estaba algo pesado.


Gran parte de la tarde la paso en un espigón que se interna en el mar, mirando como rompen las olas, algunas de ellas me alcanzan, mojándome, esta algo revuelto. Tomo la decisión de no subir más hacia el norte del país, en un principio quería visitar Latakia. Así que me quedaré un día descansando en Tartus. Mi cuerpo seguro que lo agradecerá.


En la noche recorro la ciudad de diseño casi lineal siguiendo la costa. Este es un lugar turístico, como Latakia, lleno de hoteles, y restaurantes, cerrados o casi vacíos debido a la época en que nos encontramos, casi entrando en el invierno. Los sirios son los habituales visitantes de estas localidades costeras, casi sin playas, y las que existen, se encuentran sucias, según me comentan. Hay que destacar que sus habitantes son más abiertos, sus vestimentas son occidentales; el contacto con extranjeros ha influido en esto, también hay que decir que pertenecen a una rama más moderada de la religión musulmana.


Al levantarme, algo tarde ya, después de una larga noche de sueño, pude comprobar que no había dado la importancia suficiente al lugar donde he pasado la noche. Y que definitivamente van a ser dos. El gran ventanal de mi habitación me ofrece una panorámica sobre el Mediterráneo difícil de superar. El fuerte oleaje persiste, pero... intentaré coger un barco para llegar hasta la isla de Arwad, ahora, todavía semidesnudo puedo verla a lo lejos desde el cuarto piso del hotel, por cierto casi vacío.


Es la única isla habitada de Siria, y sus primeros habitantes fueron los fenicios, luego llegaron  los griegos y los romanos, más tarde los temidos cruzados. No puede ser,  no es posible, los responsables de los barcos con los que hablo me dicen que no salen. Las olas rompen contra el malecón saltando sobre nuestras cabezas. El oleaje dura todo el día, así que me dedico a pasear por el enorme paseo marítimo, tomando el sol y la reconstituyente brisa marina. Hoy es jueves y comienza el fin de semana para los musulmanes, por la tarde la calle se anima mucho, sobretodo de jóvenes y enamorados que se acercan a observar la puesta de sol mientras toman té o café.


Las mujeres, tanto las que visten de forma más liberal como las fervientes musulmanas fuman del narguile, parece un acto bastante común y asumido en la sociedad en la que me encuentro.


Decido madrugar, sobre las seis de la mañana me levanto y me tiro a la calle en busca de un taxi que me lleve hasta Trípoli en el Líbano. Tras una dura negociación sobre el precio, consigo que me hagan una rebaja sobre el precio inicial. Después de un café comienza la aventura de traspasar una de las fronteras más infranqueables y conflictivas en el mundo. Son varias veces las que debo enseñar mi pasaporte, rellenar impresos, contestar preguntas, pagar tasas. El escenario es de lo más belicoso, militares, alambradas, búnkeres, vallas, bloques de hormigón. Un par de horas más tarde estoy llegando a la segunda ciudad más grande del Líbano con quinientos mil habitantes.


Cambio dinero a libras libanesas y me dedico a recorrer el zoco y la ciudad vieja con sus caravasares, allí se forma una aglomeración de varios oficios: sastres, joyeros, perfumistas, curtidores, casi nada ha cambiado en los últimos quinientos años. Enseguida me topo con la mezquita principal, cuando entro en ella está terminando el oficio religioso, mis pies descalzos se hunden en la mullida alfombra roja. Varios imanes conversan en grupo, parece que están bien alimentados y que son amigos de la buena vida. Trípoli sufrió mucho durante la guerra civil, todavía se pueden ver las huellas bélicas en algunos edificios. La metralla y los obuses dejaron devastada la ciudad. Algunas casas están destruidas por completo, pero trabajan en la reconstrucción. Me decido subir a una azotea para conseguir una panorámica de la ciudad, un hospitalario vecino se presta a acompañarme y abrirme la puerta que accede a la terraza.


Después de comer algo de fruta y unos bollos comprados en el mercado, me dirijo a la plaza de la Torre del Reloj; tras mucho preguntar, se supone que aquí los habitantes deben hablar algo el francés, además del árabe, pero no es así, el inglés se está imponiendo, sobretodo entre los jóvenes. No es tan sencillo, después de varias vueltas consigo encontrar los microbuses que parten hacia Beirut.


El taxista que me transportó desde Siria hasta Trípoli conducía de forma endiablada, fumaba, bebía té o hablaba por teléfono casi al mismo tiempo. No estoy acostumbrado a esto, por eso he pensado que en el microbús será todo más relajado. No me equivoco, el viaje es más tranquilo, lento, el vehículo para continuamente para que bajen o suban pasajeros. A la salida de Trípoli se pueden observar varios nidos de ametralladoras, tanquetas y militares realizando controles, en alguno de ellos me exigen enseñar el pasaporte.


La imagen que me había fabricado sobre esta capital era errónea, equivocada. ¡Oh!, el Gran Beirut, ahí está...interminable, me parece increíble. Barrios compuestos de bloques de viviendas construidos sobre las laderas de las montañas que circundan la ciudad, algunas cimas más altas están nevadas. Las huellas de la guerra también se dejan notar en las fachadas de algunos edificios, en los que mejor hacían blanco los cazabombarderos F16 israelíes.


Parece que no voy a llegar nunca al downtown, así llaman los habitantes de Beirut al centro de la ciudad. Al fin el chofer del microbús me avisa de que debo bajar. Estoy cerca de la estación y busco un hotel cercano, me resultara más cómodo para moverme por la ciudad y salir a los alrededores.


Enseguida voy a comprobar que el Líbano es mucho más caro que Siria, incluso que España, al pagar el taxi, la cena o el hotel, los precios están totalmente desorbitados, fuera de control, algo inexplicable, esto va alterar mi presupuesto para el viaje. El tráfico es intenso, doy un paseo nocturno como primera toma de contacto.


Me introduzco en el centro, donde se encuentran las principales, mezquitas, el Parlamento, los mejores restaurantes y hoteles, edificios gubernamentales. Qué diferente es todo, nada es comparable al resto del país, todavía menos a Siria. La "Suiza del Mediterráneo" la llaman, pero con mucho más ambiente, lujo y diversión. Cosmopolita, centro de negocios y base de operaciones de historias nada confesables. La negativa impresión del primer momento se va transformando en una mayor cercanía hacia esta capital de más de un millón de habitantes. Una ciudadana de Beirut, autora de un blog muy popular, afirma que en la ciudad "no hay mañana", la gente vive sin pensar en el futuro, las drogas abundan y so baratas, los ciudadanos desean divertirse porque mañana se puede producir otra invasión o un bombardeo.


Todo el centro esta cortado al tráfico, enormes bloques de hormigón pegados a las aceras para evitar que aparquen los coches, sobretodo los coches-bomba tan cotidianos tiempos atrás. El ejército patrulla las calles y monta guardia en las esquinas principales, rodeados de sacos terrenos.


El poderío económico de Beirut; el desarrollismo, las innumerables construcciones de manzanas completas de edificios es para que Israel se quede perpleja, imponente al ver crecer tanto a uno de sus muchos enemigos en la región. Sometió a Beirut a escombros y está resurgiendo de ellos ante la estupefacción del mundo.


El grupo armado Hezbolá que fue capaz de expulsar y ganar una guerra a Israel es un elemento a tener en cuenta en el Líbano.  Se hace notar y está presente en todas las decisiones que afectan al país. Más adelante hablaré de él, pues quiero visitar una población, un lugar bíblico, donde estos milicianos tienen su cuartel general.


He decidido cambiar de hotel, esto me llevará toda la mañana. Al abandonarlo y pagar mi pernoctación se produce una discusión pues me quieren hacer un cambio paritario del euro con el dólar. Me salgo con la mía. Encuentro otro mucho más económico, aunque claro, bajan las prestaciones. Esta lleno de mochileros, y su situación también es céntrica.


Después de resolver el asunto de mi alojamiento me dirijo a la parte oeste de la ciudad, al barrio de Hamra, donde se encuentra la universidad y otros centros culturales y librerías. Recorro muchos kilómetros. caminando, subiendo, bajando. Después de comer en una de las cafeterías, callejeo hasta el paseo marítimo, llamado Corniche, otros seis kilómetros paseando, curioseando sobre las actividades de los beirutíes. Ya está atardeciendo y se crea un ambiente especial, los colores del crepúsculo son hipnóticos en esta parte del Mediterráneo. Hay muchos pescadores y niños con sus cuidadoras de  origen africano o de Pakistán.


En los locales de los altos edificios que delimitan la Corniche se encuentran las firmas comerciales más internacionales, es algo que me sorprende.


Son las cinco de la tarde, es de noche, me siento en un banco y el sueño me vence, me llego a dormir. Ya es hora de dirigirme a mi nueva cama necesito descansar, cuando entré por primera vez en mi nuevo hotel no podía imaginar que justo debajo de mi habitación había una discoteca de música electrónica. Toda la noche el "chumba-chumba" estuvo trepando hasta mi almohada, hay que añadir el ruido de la calle que no era para menos. Abrí los ojos, me asomé a la ventana y los volví a cerrar, el espectáculo era inenarrable. Quería seguir durmiendo.


He sido testigo de como los beirutíes practican la coexistencia con los sacos terreros, los nidos de ametralladoras y los controles militares; intentan llevar una existencia normalizada. Hay dos cosas que deseo mencionar, después de ocho días en estos dos países he visto por primera vez perros, parece que no son muy populares por estos lugares. Y otra cosa ¡No he visto ni una sala de cine!, para no mentir debo decir que si, pero estaba destruida, supongo que por algún misil de un F16.


Bajando de las montañas se ve de forma muy "clara" la espesa niebla contaminante que asola a las zonas más bajas de la capital; los culpables: los cientos de miles de vehículos. Grave problema.


Otro día más, es domingo y me encamino en otro microbús hacia el Valle de la Bekaa a dos horas de Beirut. Una de las zonas más ricas del Líbano en agricultura, sobretodo en vid. El vino que producen es excelente.


Al alcanzar los mil doscientos metros sobre el nivel del mar, llego a mi destino: Balbeek, la ciudad de Hezbolá (partido de Dios), sus banderas amarillas a la entrada de la ciudad, deja bien claro quien controla la zona. Pero mi objetivo es otro, en este pueblo bíblico, donde dicen esta enterrado Noé, existen las ruinas romanas más impresionantes del Líbano. No me defraudan, puedo admirar en muy buen estado el templo de Baco, Júpiter, el más destruido, y el de Venus. También una construcción mameluca, pueblo que hábito esta zona. Los romanos siempre nos asombrarán con sus gigantescas construcciones. Algo único.


A la vuelta a Beirut atravieso un barrio chií del sur, ¡qué diferente es todo!, ¡qué algarabía!, viven deprisa, las calles bullen, sus tiendas están abiertas, en el resto de la ciudad casi todo se encuentra cerrado, sobretodo en los sectores cristianos.


Necesito relajarme y que mejor que dirigirme hasta el mar, el sol ya está muy bajo y me recomiendan un lugar muy frecuentado por los ciudadanos "La Roca de las Palomas" en un extremo de la Corniche. Resulta un acierto, después seguiré el paseo marítimo hasta el final. Mi día acaba tomando un té en la plaza L'Etoile, el corazón de Beirut. Sobre la mesa pongo al día mis apuntes de mi diario de viajes. Muy cerca de mi se encuentra una mujer chií, con su chador; está comiendo un helado, cada vez que se lleva la cucharilla a la boca debe levantar su velo negro sobre la cabeza. Sin comentarios.


Decido ir hacia el sur del Líbano. Sobre las siete y media de la mañana me subo a un autobús y luego, un microbús hasta la ciudad de Tiro.


Voy a la búsqueda de un paraje natural en la playa, está muy limpia, no hay nadie en kilómetros, hace calor, así que me desnudo y me baño. Todo un lujo, si me ve algún musulmán estoy perdido seria todo un atentado para su vista.  Incluso para los soldados de las fuerzas de pacificación de la ONU que acaban de pasar con su vehículo blindado y su ametralladora incluida.


Estoy a unos pocos kilómetros de la frontera con Israel, entre ésta y el Líbano hay militares de multitud de países en "misión de paz", nunca entendí bien esa expresión.


Tiro y varias localidades más estuvieron ocupadas por Israel, hasta que fueron expulsados por Hezbolá.


Me visto, voy a intentar visitar un campamento de refugiados palestinos, hay varios en esta pequeña península que se interna en el mar. Un camino que discurre paralelo a la playa y  un vertedero, me lleva hasta la entrada del campamento. Un soldado me ve llegar y sale de una destartalada garita de madera. Me impide el paso, insisto, le expreso mi propósito de poder hablar con algún palestino. Nada, son órdenes, nadie sin autorización puede pasar. Doy media vuelta decepcionado. Me dedicaré a conocer la pequeña ciudad de Tiro con su coqueto y viejo puerto pesquero. Aquí existió también otro puerto fenicio, el tercero y último es Sidón. También lo conoceré al regresar a Beirut, aunque muy brevemente. Tiro también alberga ruinas romanas, aunque algo descuidadas.


Me tumbo sobre las piedras frente al mar, el cansancio me vence, y me duermo durante un rato. Es hora de regresar a dormir a Beirut. Me subo a un microbús, el primero que veo. La cosa comienza mal, conduce a una velocidad excesiva... adelanta por la derecha, acabo de caer en menos de un conductor suicida de los muchos que hay en la región; llegando a la capital, se equivoca y no duda en girar y conducir por la autovía en dirección contraria, apretó los puños, me agarro al asiento y sudo, cuando se presenta una oportunidad me apeo. Estoy aturdido, me cuesta recobrar la serenidad. La mayoría de los vehículos son de la marca Mercedes. Llego a la conclusión de que la calidad de vida de los ciudadanos de Tiro está a años luz de los de Beirut.


Amanece cuando estoy subiendo a un autobús para volver a Siria, a Damasco. Un viaje de dos horas y media y numerosos trámites fronterizos. Me dejan muy alejado del centro de la ciudad.


He dejado para mi vuelta a Damasco la visita a los Altos del Golán, este viaje al sur supone obtener un permiso del gobierno para llegar hasta la frontera israelí en los terrenos ocupados por este país a Siria.


No puedo dejar de callejear por la zona del centro, miles de comercios con miles de mujeres comprando, los hombres no participan de esta actividad.


Trepo hasta la zona alta de la ciudad a los pies del monte Kassium, allí se encuentra un barrio popular, el mercadillo callejero ofrece todo tipo de mercancías. Las mezquitas, de todos los tamaños abundan. Las mujeres visten el riguroso chador.


Como no podía ser de otra manera... me pierdo. Ando y ando, pregunto, no sirve de nada, el plano es papel mojado. Recorro media ciudad, mis piernas ya no me obedecen. Son las once y media de la noche y ya está todo cerrado, las calles se vaciaron, pero no pierdo la esperanza. Comienzo a identificar algunos edificios y desemboco en el barrio viejo, cerca del sector judío. Ya tengo asegurada mi vuelta al hotel. Pero antes paseo un poco más por el intrigante, solitario y muerto barrio judío. Solo veo abierta alguna pequeña tienda y acogedores pequeños restaurantes en la parte más cercana al vibrante zoco. Sus habitantes se marcharon y el progresivo deterioro es imparable. La mayoría de las casas han entrado en la ruina. Pero he encontrado algo especial en esas calles. Ha rebrotado en mi memoria varias veces desde el momento que lo conocí. Me gustaría dedicarle más páginas para describir los sentimientos que me proporcionan esas paredes grises y decrépitas. Seguro que lo haré, cuando encuentre el momento adecuado. Pocas veces he sentido tanta seguridad, no importa la situación.


En el mundo árabe son famosos los dulces. Y en particular aquí en Damasco los chocolates y los helados. Una famosa heladería los fabrica de forma artesanal, a cualquier hora del día están llenas sus mesas, se encuentra a mitad de camino en la calle principal del zoco. Saboreo uno de pistacho, hace honor a su fama. Los árabes también son muy aficionados a los perfumes, cuando pasa una mujer cerca, su estela olorosa se deja notar.


El culto a la personalidad hacia el presidente sirio es excesivo. Sus fotos con distintos motivos están colgadas en casas, locales, muros... Como tantas otras cosas ha sido algo heredado de su padre.


Después de realizar algunos trámites paro un taxi y después de pactar el precio le indico que me lleve hasta el monte Kassiúm, desde su cima se domina por completo la ciudad que se extiende por todo su perímetro. Varios millones de habitantes se encuentran por debajo de mí. Mi vista no alcanza a ver el fin de esta inmensa urbe. He vivido intensamente esta ciudad, he sentido sus latidos.


Uno de los circuitos a tener en cuenta son el de los cafés y teterías, grandes salones con techos altos y decoración antigua, los narguiles son los protagonistas, solícitos camareros los avivan sin cesar con sus brasas.


Pequeños mercados diseminados por la ciudad, cada uno especializado en determinados productos. Me encuentro con uno de ellos en el que distintos artistas muestran y venden sus obras; el escenario es sorprendente: un patio árabe, su fuente de agua en el medio, los porches, soportales y una iluminación original hace que te encuentres en un ambiente agradable, aislado del hostil mundo exterior, de los gritos de los vendedores de leche, los rezos difundidos mediante parlantes (algunos muecines realizan llamados especialmente bellos por su fuerza mística y artística), y el vetusto andar de infinitos taxis. Damasco todavía no está contaminada por el turismo que todo lo modifica.


El mayor peligro de esta ciudad está en el tráfico, los semáforos, las señales de circulación tan solo están como elementos decorativos. Nadie respeta nada, nadie respeta a nadie, ni tan siquiera a los guardias de tráfico.


El tiempo es inmejorable, en España me informó que el frío está haciendo temblar; y me quedan dos días para empaparme de esta ciudad.


Desayuno como nunca lo hago y me echo a la calle, me dirijo hacia una zona que todavía no conozco. Ha sido un acierto, me topo con un sinfín de autobuses atestados por cientos de mujeres chiítas y algunos hombres. Un paisaje teñido de riguroso negro son  peregrinos que vienen desde Irán y de otras zonas rurales de Siria, principalmente han venido a visitar la mezquita Sayyida Ruqayya, nieta de Mahoma, construida por el gobierno de Irán, el mármol, los espejos y mosaicos multicolores hacen de esta mezquita única en el mundo. Todo me deja muy sorprendido, hago fotos sin cesar y no parecen molestarse, se muestran indiferentes ante mi presencia.


Es jueves, víspera del día festivo para los musulmanes y hay mucha actividad por las calles. Por la noche, los jóvenes, la  pasan comiendo pizza y bebiendo zumos de lo más variados, por cierto, exquisitos. El alcohol lo ignoran o lo desconocen, no les hace falta para divertirse.


Después de recorrer varios ramales del laberíntico zoco me encuentro ante el palacio Azern de estilo otomano, uno de los edificios más interesantes de Damasco.


Llega el final de este viaje, hoy es el último día. He conocido dos países de Oriente Medio, tan parecidos como diferentes. No quiero repetir tópicos.


Ha sido una aventura fantástica. Un cuento de las mil y una noches...


 














 

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Últimos comentarios

un viajero dice:
Ya puedes decir que ha sido como el cuento de las mil y una noches.
¡Como me gustaría hacer este viaje¡
Quien sabe... quizas algún día...
Gracias por contarlo tan bien.

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carmenparis dice:
que interesante tu Diario ... tanta historia !! la de la antiguedad y la que se sigue escribiendo ... los hombres pasan y las pasiones restan ...
gracias por tu relato, me ha informado muchisimo ... viaje realmente interesantisimo ... saludos

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ropavieja dice:
Gracias Meknes, Carmen. Muchas sonrisas. Salud.
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argonauta2006 dice:
Querido Juan:
tenemos que seguir tus huellas.
debo decirte que ya eché mochila encima de mi espalda y me puse a caminar.....
un gran abrazo.

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soyviajera dice:
Me ha impresionado tu diario, lleno de pasión.
Tengo muchas ganas de viajar a Siria....ahora aún más.
Saludos

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estelasenlamar dice:
Como siempre, un placer leer tus diarios.
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