Mi viaje por Gambia y Senegal

Escribe: A-Orihuela
Un viaje por las entrañas por Gambia y Senegal

 

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Saint Louis

Dakar, Senegal — domingo, 12 de junio de 2011

SAINT LOUIS
 
 
  Continuamos viaje camino de Saint Louis parándonos hasta el árbol mágico de África: el baobab, he visto muchos  baobabs en África pero el que allí se nos presentaba era majestuoso por su  imponente aspecto. Es conocido que, según una leyenda,  los dioses plantaron los baobabs al revés, es decir, con las raíces hacia el cielo. Y la verdad es que su aspecto sugiere eso, un árbol invertido, sobre todo cuando en verano se les caen las hojas.
 
Pasado el mediodía llegamos Saint Louis, la que fue  capital del antiguo protectorado africano francés (el Sudán francés). Todo ello ha dejado una huella indeleble en la ciudad.  Llegó a ser considerado  en el siglo  XIX  como una especie de paraíso africano donde el lujo, la suntuosidad y el esplendor se manifestaban en forma de grandiosas mansiones en las que riquísimos colonos llevaban una vida disoluta, repleta de placeres y de ostentación y en nada envidiaba a las ciudades lujosas de Europa.
Lo visto apunta a que fue así, solo que hoy todo está abandonado , aunque como ciudad  patrimonio de la humanidad está tratando de recuperar parte de su esplendor perdido.
 A la parte interesante de la ciudad se accede  por medio de un puente de hierro atribuido a Eiffel y está constituida por  una lengua de arena en la que se junta  una multitud de personas hacinadas unas sobre otras hasta constituir la concentración por metro cuadrado mayor de Senegal.
 
Es  el barrio de los pescadores, el que más necesidades muestra, el más vivo, el más activo. Siempre el mismo cuadro: las mujeres  amamantando a un bebe  a la vez que  faenando  en lo que hace de cocina  o   lavando en unos baldes de agua sin dejar de estar  pendientes de las cabras atadas a la casucha que tenían por hogar y  que compartíen sitio con los niños. Los hombres sentados  dejando de hablar para torcer la cabeza y ver pasar a cuatro insolentes blancos que invadían sus dominios. Intimidaba saberse observado de arriba a abajo con cierta agresividad. Los mozalbetes jugaban al futbol  en la playa en un partido imposible de cien contra cien.
 Al caminar había que tener cuidado  en no pisar a los cientos de niños que estaban jugueteando. Los que se sostenían de pie hacían un juguete de cualquier cosa que les caía a mano,  los que no, estaban  sentados en el suelo comiéndose literalmente los mocos.   Corroborábamos una vez más  cómo los niños no lloran en África, ninguno busca la atención de sus padres  con lloros, como si fueran conscientes de que no sirve para nada.
 
 Hablamos de que  en 0,3 km2 se concentran 20.000 habitantes.
 
Hay otra ciudad dentro de la misma Saint Louis, mas predecible, repetida en otras ciudades y en otros países. Es la  antes  descrita la que impresiona, la que deja huella, la que  recuerdas, la que se te clava en las retinas y se te reproduce sin que tú quieras cada vez que oyes a un niño mimado en Europa, rodeado de juguetes,  llorar.
 
Nos levantamos con intención de llegar pronto al mítico  Lago Rosa, está  situado a unos treinta kilómetros al norte de Dakar y es mundialmente conocido por haber constituido el punto final del primigenio rally París-Dakar.  Como tiene un  alto grado de salinidad (diez veces más que las aguas del océano),  es divertido bañarse porque flotas sin  esfuerzo alguno aunque es mejor e no abrir los ojos. Disfrutamos como chiquillos jugando en aquellas aguas y pudimos metiéndonos  en un bidón  de agua dulce que se llenaba de un pozo preparado para regar unos pequeños huertos previa propina correspondiente.
 
Resulta impresionante ver cómo las gentes sacan del lago sal para  su venta. Bajo un sol de justicia, sin protección alguna  salvo unos ridículos trapos en la cabeza. Con medio cuerpo en el lago y una pala alargada arrancan  de las entrañas del fondo la sal  que cargan en las piraguas hasta dejarlas repletas, empujándolas entonces los hombres hasta la orilla, donde las mujeres recogen la mercancía en cubos para llevarla al respectivo montón de sal, vendiéndola después de empaquetarla, a precios ridículos a los transportistas que llegan desde Dakar con sus camiones para trasladarla a unas plantas para su tratamiento.
 
 Llegamos a Dakar después de comer. Salimos a la calle una vez instalados en el pequeño hotel de turno  y corroborados nuestros billetes del día siguiente a Madrid.  Nos habían  dicho que Dakar no merecía la pena y lo que vimos fue una ciudad vitalista al ser  el puerto por donde entra toda la mercancía  del áfrica occidental  y por  supuesto  más viva que la mayoría de  nuestras  capitales de provincia y  más moderna en  sus edificios  que muchas de ellas.
Llama la atención el caos, el color, la vida y el movimiento aparentemente sin lógica de sus calles, muchas de ellas atestadas de gente.  Son ciudades  acumuladoras de ilusiones,  de  esperanzas de prosperidad a la que llegan gentes  del resto del país y de los colindantes en  busca de un futuro que se les niega en sus lugares de origen. Por esa misma razón Dakar huele a desesperanza, a  desilusión,  donde por la noche sus calles se llenan de cuerpos dormidos  en espera  de que al despertar algo cambie, maldiciendo tal vez, el día que decidieron dejar su pueblo natal. Son ciudades vivas.
Cenamos algo en una especie de “burger” en el centro de la ciudad donde nos encontramos con tres catalanas, las hermanas Nubiola y una amiga suya , nada que ver con otras catalanas que conocimos en Mali. Éstas eran un encanto  y la velada se  nos fue entre historieta  e historieta. Al final nos fuimos a dormir, una vez más compartía cama  con Sergio. No me echó  el brazo por encima  aunque quizá lo hubiese preferido a  los ronquidos con que me entretuvo la noche.
Pasamos el día siguiente deambulando por  la ciudad, haciendo tiempo hasta la hora de salida de nuestro vuelo. Nos ratificamos en la idea del día anterior, en la vitalidad de la ciudad.
 Por último  fuimos testigos  en el aeropuerto  de cómo a David  le daban el último “golpe” sacándole  tres mil cefas. Resulta que dos empleados se ofrecieron para ayudarle a rellenar el impreso de salida que la policía exige,  estando en tal menester apareció por allí, ni más ni menos que el jefe de la policía del aeropuerto. En agradecimiento “regaló” los  mil cefas a uno de los empleados que éste le había sugerido por su trabajo. Intervino el jefe de policía para decir que como eran tres debía dar tres mil cefas cosa que, como no podía ser de otra manera, David asumió deportivamente. Una vez más Esto es África
 
Finalmente embarcamos en un vuelo de Air Europa a las 00,25 horas ya del día 12 de diciembre para llegar a Madrid en hora, a las 05.45 horas de la mañana.
 
En Puerto Rosario a 06 Junio 2011


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