A las cinco y media de una madrugada que ya era mañana, el micro finalizó su recorrido en la cautivante ciudad imperial de Cusco. Retiramos con cierta lentitud nuestras mochilas de la baulera y asistimos a la bronca de uno de los dos argentinos mencionados del día anterior, ya que le habían afanado en el mismo micro su extraordinaria cámara digital. Apenas salimos de la terminal varios choferes de taxi se nos abalanzaron y sin demasiadas posibilidades para elegir que la de apostar por un hostel, nos subimos a uno de los tachos estacionados y nos condujimos a la calle Unión 139, donde se encontraba el Puquy Wasi, lugar que nos recomendaron los amigos Na-Ni (Nacho-Nico). Nos recibió Sonia la dueña del lugar dándonos la buena nueva de que había habitación disponible y que el costo de la misma era de 15 soles per cápita. Dormimos un rato en la cama doble (además había otra de una plaza) y cerca de las 11 lo podíamos decir sin ningún problema y con total seguridad: Cusco, aquí estamos. El patio del hostel era de estilo colonial, empedrado y con varias mesas para sentarse en cualquier momento. Había que atravesarlo para ir al baño. Nos duchamos, muy necesario en mi caso ya que venía eludiendo ese acto desde el martes, Maru empezaba a sentirse muy floja estomacalmente pero el día aparentaba belleza así que salimos a conocer la ciudad. Rodeados de iglesias, el irresistible Mercado Regional a metros, el arco de Santa Clara a la vuelta y a seis cuadras de la histórica y preciosa Plaza de Armas, no podíamos estar mejor ubicados. Precisamente cruzando el Arco, encontramos un lugar estilo panadería donde desayunamos continentalmente. La única crítica: la desproporcionada cantidad de leche en el café. Volvimos al hostel a buscar la ISIC que la Osa había olvidado ya que queríamos sacar el Boleto Turístico con descuento y además por su urgente necesidad de visitar el baño por cuarta vez. Toallitas húmedas, infaltables. En el corto camino entramos por primera vez a ese mercado que combina artículos de todo tipo, desde artesanías tradicionales hasta puestos de carnicería pasando por un sector de licuados o de chocolates y café. Todo realmente a precios muy bajos, en una constante del Cusco (y más adelante, extensible a Miraflores y Lima) que me sorprendería, ya que estimaba costos más caros que, por ejemplo, en Bolivia. Mejor así, como lo comprobaríamos también en las librerías, por ejemplo, enfrente de la Plaza San Francisco. Retomamos la caminata, compramos Gatorade (gatoreit) en una farmacia para la Osa descompuesta, llamamos con suerte a las madres (último mensaje de texto del roaming autohabilitado fue para mi viejo) y fuimos encarando hacia la Plaza de Armas, sorprendiéndonos en cada cuadra, impactándonos por este lugar de ensueño, con su riquísima historia y con su fascinante e inteligentísima cultura. Sacamos el Boleto Turístico en la oficina correspondiente a 70 soles cada uno. Dicho boleto, que certifica que has visitado la ciudad del Cusco, Capital Arqueológica de Sud América y Patrimonio Cultural de la Humanidad, otorga la opción a visitar 16 lugares históricos, entre los que se incluyen preponderantemente ruinas y museos. Ingresamos a la Universidad y a la Escuela Autónoma de Bellas Artes, ambos edificios de impronta colonial con arcos gigantes, enormes patios empedrados y balcones tan estupendos como los que se pueden observar a cada instante en nuestro andar cusqueño. Nos sentamos un instante a suspirar por tanta magia, a contemplar las casas en lo más alto, a dejarnos atrapar por un pasado de gloria, a volar imaginariamente por el tiempo, la resistencia y la libertad, a apreciar el arte, a sentir y nada más que sentir. De cualquier manera, los osos nos encontrábamos con sensaciones antagónicas, más allá de compartir ese panorama del alma. Mientras quien escribe estaba con uno de esos cuadros de ansiedad importantes y ganas de empezar a recorrer todo ya, Maru estaba más atravesada por la calma y sobre todo - vale la pena decirlo - por el malestar diarreico que aún la aquejaba. Dimos la vuelta a la Plaza de Armas y entramos a un lugar, subiendo una escalera, con el objetivo de almorzar, siendo poco más de las tres de la tarde. Allí los diferentes tipos de menúes eran bastante baratos (a lo largo de Perú pagaríamos menos aún) y consistían en una entrada - que podía ser sopa o no, así variaba el precio - y luego el correspondiente segundo plato. Nos sentamos en el balcón, con una increíble vista de toda la Plaza y más allá, pero enseguida se largó la lluvia que se convirtió en breve pero intensa tormenta. Entramos. Maru pidió el de sopa y de segundo un pollo con arroz, brocoli y zanahoria que no pudo terminar. El autor degustó casi con seguridad la mejor comida del viaje: Papa a la huancaína (una salsa con mayonesa como ingrediente vital) y una magnánima Trucha rellena de jamón y queso. La Osa quería volverse al hostel y no pasear por los museos en el resto de tarde que quedaba, ya que se sentía bastante mal y tenía ganas de descansar. Hubo un breve altercado, que no se profundizó y finalmente se separaron, retornando la Osa para el Puquy y permaneciendo el Oso en las calles cusqueñas. Comenzaba mi solitario andar por la Avenida del Sol y compañía. En tanto, Maru se dormía una buena siesta y se mejoraba. En primer lugar, visité el Museo de Arte Popular, ubicado en el subsuelo de la Oficina de Turismo, al 100 de la Avenida del Sol. Allí se exhibían obras artísticas de autores cusqueños contemporáneos. Me atrajeron principalmente las representaciones fastuosas - muchas de ellas hechas con cerámica cromada - del tradicional Vía Crucis, los cuellos largos de Hilario Mendivil y las fotografías en blanco y negro del Cusco de los años 30 a 50 (impactantes las del histórico terremoto que sacudió a la ciudad en dicho año) realizadas por el notable Martín Chambi. Tres cuadras me separaban del Museo de Sitio del Qorikancha, ubicado sobre la misma avenida. Hacia allí me dirigí, atravesando en el camino el imponente Palacio de Justicia. En el Qorikancha, que era el principal templo del sol de Cusco, se pueden encontrar todo tipo de elementos - cerámica, textiles, metales, pinturas, instrumentos musicales - del período incaico, distribuidos en diferentes salones cronológicos. Se destaca una impresionante maqueta de lo que pudo haber sido el Qorikancha antes de que los españoles lo destruyeran. Al salir del sótano, donde se localiza el Museo, te topás con una explanada magistral. A la vuelta se halla el Convento de Santo Domingo, lugar al que se puede ingresar abonando nomás 5 soles. Los padres dominicanos que acompañaron en su cruzada al genocida Pizarro se ligaron este gigantesco predio de acuerdo a la estrategia española de derribar todo lo relacionado a los incas y encima plantarle su lógica católica-evangelizante. No sería visitado todavía. Anduve un rato más desandando la ciudad, visitando dos ferias, la de los productores del Qorikancha y la Márquez. En esta última compré un cuadrito de cuero de Machu Pichu para colgar en la pared de nuestra casa. Volví al hostel, no fue Sonia quien me abrió la puerta sino un señor, la luz de la habitación estaba prendida, golpeé la puerta pero nadie respondió, ¿habría salido la osa?, era rara la iluminación sin nadie adentro, el señor no me supo decir si alguien había llegado o se había ido porque él precisamente recién había arribado. Llave había una sola y la tenía Maru, no me quedó otra que volver a salir. Tenía ganas de tomarme un cafecito y escribir este diario. En la búsqueda, que me llevó para el lado contrario a la Plaza de Armas, me fue imposible hallar un lugar del estilo "cafecito" (como conocemos masivamente en Buenos Aires) y nada más. La gran mayoría eran restaurants para sentarse a comer, con irrisorios precios de los menués (hablo de dos soles nomás) e inclusive en uno de ellos que me gustó y me pintó un poco más variado, me senté y sin llegar a pedir nada me trajeron una sopa. Increíble. Me levanté disculpándome, pero no era lo que yo quería. Finalmente encontré uno aceptable y me tomé un café con leche, tan lechoso como a la mañana. Planifiqué el tema de las excursiones a las ruinas, teniendo en cuenta la mejor combinación geográfica de las mismas y lógicamente nuestro tiempo. Un rato de Internet para certificar los horarios de los trenes al Machu y regreso definitivo al hostel. Maru estaba en ese momento y antes también, aunque evidentemente no había escuchado el golpeteo de la puerta. Ya se sentía mejor y eso se notaba sobre todo en su rostro, recuperado de cierta palidez y más rozagante. Quizás quería salir a cenar, pero los cariñosos mimos de la Osa me fueron planchando. Sumado a que ella muchas ganas de arrancar no tenía, esa noche nos encontró refugiados en el hostel. Un refugio lleno de placer. Así como me derrumbé de sueño por sus mimos relajantes, Maru fue la encargada de despertarme con más caricias que derivaron en un estallido pasional. Si a Cusco habíamos llegado por tierra, no quedaban dudas que ya habíamos producido el despegue. El mundo de sensaciones que se nos presentaba lo experimentabamos mucho mejor volando.