Tren de Cusco a Puno

Escribe: beris
La ruta que recorre la distancia entre Cusco y Puno permite descubrir un Perú muy diferente al que representaba la ciudad turística de Cusco. El tren cubre el recorrido en unas 10 horas, y en...

 

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Capítulo 1

Tren de Cusco a Puno

Cusco, Perú — miércoles, 22 de febrero de 2006

La ruta que recorre la distancia entre Cusco y Puno permite descubrir un Perú muy diferente al que representaba la ciudad turística de Cusco. El tren cubre el recorrido en unas 10 horas, y en ningún momento sobrepasará los 35 km/h. Los paisajes que se divisan durante el viaje son espectaculares, ya que el tren se adentra por innumerables valles donde es escoltado ininterrumpidamente por montañas de más de 4000 mtrs. Durante esta marcha cansina predominan los verdes, grandes plantaciones que se benefician del río que corretea paralelo a las vías, y que desembocará en el Titicaca.
Las poblaciones por las que se pasa son todas muy pobres. El ferrocarril decelera ostensiblemente por estas zonas y lanza pitidos continuamente para que nada ni nadie obstaculice las vías. Como se ve, aquí los pasos a nivel son un instrumento demasiado caro para tantos kilómetros de vía. Los niños corren hacia el tren y saludan a su paso, mientras que cientos de cabezas se asoman a las ventanas para ver como pasa la máquina de acero que por momentos rompe la monotonía de esos lugares, perdidos en la soledad de decenas de kilómetros sin nada que no sean montes o pastos. Las casas son de adobe o de ladrillo, construcciones muy básicas con un patio interior y la techumbre de paja o de metal sujeto con piedras para que no lo vuele el viento. Todos visten muy pobremente, descalzos o con sandalias muy rústicas, los pies ennegrecidos por el polvo de las callejas sin asfaltar, y la ropa muy usada, llena de agujeros y de retales de diversos colores.

Así pasan los kilómetros y los minutos, rodeados de espacios enormes, inabarcables con una cámara o de un sólo vistazo y sólo rotos rutinariamente por pequeños poblados donde los niños corren, saludan y se tapan los oídos ante el agudo chirriar el tren, mientras que escuálidos perros corren a la par de las vías, sin dejar de ladrar un minuto y mostrando sus costillas y su pelo sucio al aire.

El tren va ganando altitud y la lluvia comienza a transformarse en granizo para súbitamente disfrazar el paisaje verde de hace unos minutos en una planicie blanca y helada. El cambio ha sido tan repentino que si uno estuviera dormido en ese momento y despertara pensaría que le han cambiado de tren, colocándole en alguna estepa siberiana.
Poco a poco el tiempo se calma y el traqueteo sigue devorando kilómetros placidamente. La llegada a Juliaca, a 42 kilómetros de Puno, es como si uno aterrizara en un campo de favelas. A los dos lados del tren se amontonan pequeños puestos hechos con cuatro palos y una lona donde se vende todo lo imaginable... cacharros, recambios, ruedas, comida, jeans... Un cartel pone la guinda a la desoladora imagen: "No orinar, pena de masacre de los vecinos".

Entre sorprendido y cansado me coge el sueño, y cuando despierto ya está el Titicaca vigilando nuestro paso. Como un gran espejo se extiende hasta las laderas donde vuelven a amontonarse un montón de casuchas. Es Puno, una ciudad caótica y desordenada, atiborrada de gente que deambula por las calles y las aceras entre bocinazos de los coches y de los triciclos que hacen las veces de taxis. Es la imagen de un gran barrio chino a 3800 mtrs de altitud. Una gran manifestación de rostros acartonados y oscuros que miran al turista con indeferencia. Es Puno, el lugar que vive gracias al Titicaca, el lago navegable más alto del mundo.


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