Diarios de viaje > América del Sur

Presentes de lucha, pasados de gloria: Un viaje a través del tiempo, la resistencia y la libertad

Escribe: osorojo
La mística y el sentir revolucionario de una Bolivia que resiste y construye. El impacto frente a esa maravilla que es el Lago Titicaca. La sensación de quedarse sin palabras en cada centímetro del magnánimo Cusco. Sus calles esconden una historia y una cultura riquísimas. Machu Picchu, qué más agregar. Sólo contemplarlo con ojos bien abiertos, corazones dispuestos a latir y alas desplegándose para volar. Un sinfín de imágenes junto a la persona que más amo en el mundo. Un...

 

  Enviar a un amigo   Imprimir

 
< Anterior 1 ... 8 9 Capítulo 10 11 12 ... 17 Siguiente >
 

Nos sobran los motivos

Cuzco, Perú — domingo, 1 de febrero de 2009

El domingo comenzó con un desayuno "made in Mercadito" pero en el patio del hostel. Maru se despertó un rato antes que Seba y se trajo del Regional unos licuados, panes y además preparó unos mates. Ambos nos dimos una ducha y la primera mañana de Febrero continuó en el Museo Histórico Regional, ubicado en la Plaza Kusipata. Es muy interesante el recorrido interno que no sólo cubre el período Incaico, sino que va un tiempo atrás y nos muestra elementos - como pueden ser objetos metálicos - pertenecientes a culturas pre-incaicas. Lo más relevante se encuentra en el primer piso del Museo, donde se hallan gran cantidad de pinturas de la prolífica Escuela Cusqueña, que atraviesa dos siglos (desde el XVI hasta el XVIII). A la salida de allí nos separamos por el lapso de una hora aproximadamente. Maru visitó el Museo de Arte Popular, eclipsándose con Chambi e intentó entrar al Qorikancha pero éste ya estaba cerrado. El Oso caminó lentamente por la Avenida del Sol y se compró una Coca y unas Lay´s que disfrutó en un banco de plaza a metros de la estación Wanchaq. Exactamente a la una nos volvimos a encontrar en la esquina del Qori, mientras la Osa sacaba una foto con su Pentax. Dimos la vuelta agarrando la calle del Convento y entramos a un par de librerías, en donde Maru compró dos libros de Vargas Llosa a precio módico. Volvimos a la terminal del día anterior aunque con variación de destino: Pisaq y su famosa feria dominical. El pueblo piseño (sí, así nos aclaró el taxista que nos llevó al parque arqueológico pese a la natural suposición de que era pisaqeño) nos dio la bienvenida, a través de sus calles angostas, en un día netamente peronista, caracterizado por un sol abrasador. Circulamos un rato por la monumental feria, observando todo tipo de artesanías que no íbamos a comprar (todo regalo se centralizaba en Qosqo), más allá de las innumerables preguntas de cuánto sale y la emoción de la Osa frente a cada azucarerita. Después de las muchas vueltas propias del laberinto ferial, me habían dado ganas de almorzar. Ya eran casi las tres de la tarde. La indecisión frente al lugar donde frenar me empezó a irritar levemente y aunque estas situaciones parezcan extrañas (dado el espíritu vacacional y la alegría del viajar) me malhumoró. Fue una rara mezcla de sentir que la osa no cedía en las mínimas cosas que a mí podían interesarme, en cambio mi actitud era un poco más compañera y dejaba que fluyan las cosas sin impedimentos inconscientes. Maru no interpretó positivamente ese fastidio (que ineludiblemente se debía diluir rápidamente) y desde entonces comenzó un largo juego de recriminaciones, in crescendo minuto a minuto, hasta volver extremo el asunto y ya en las ruinas de Pisaq, plantear el fin de la relación. Una vez más, los osos se habían ido al carajo por no saber tolerar mejor las diferencias. Siempre subiendo la apuesta y nunca el silencio apaciguador que calma y reconcilia. O el decir "bueno" y a otra cosa, mariposa. El restaurant donde finalmente comimos - sanguches de pollo y queso más una Paceña - fue el escenario del estallido inicial. Aunque afligidos y sin hablar, un taxi nos llevó a la parte de abajo de las ruinas (no hubo agujerito en el boleto) y el chofer nos esperó más de una hora para regresar al pueblo. Pisaq es soberbiamente divina. Sus terrazas de cultivo (donde los incas precisamente realizaban sus audaces experimentos agrícolas) son sencillamente de un esplendor admirable. No era un sitio para estar peleados. Aunque el amague del fin complicó las cosas entre los dos (dice el Indio que "siempre hay quilombito en un cielo de dos") y nos entristeció aún más, era imposible no compenetrarse con la magia del lugar y por medio de abrazos, de injustas lágrimas y de putearse por ser tan pelotudos (a pesar de diferencias lógicas que existen y que no hay que negar) se aceleró el proceso de reconciliación. Las fotos reflejaban ojos un poco turbados y un paisaje que nos hechizaba. El agua siempre protagonista, las escaleras infaltables, el Vilcanota de fondo, la ciudad a lo lejos, el camino de retorno en pleno atardecer, las nubes amenazantes, la luna que empieza a asomarse. Volvimos con el mismo tachero a la ciudad y allí tuvimos que esperar al bondi que nos llevara a Cusco. Se ponía complejo el asunto. Los buses venían llenos, la multitud que se agolpaba a esperarlos luego se apretujaba para subirse y la nocturnidad volvía peligroso el camino. Los taxis nos cobraban caro para nuestro gusto y Maru tenía cierto temor de que vayamos nosotros dos solos. Finalmente y luego de rebotar a un par, nos subimos a uno que cargó en total a siete personas. Quien escribe adelante, Maru y dos señoras en el asiento trasero y en el amplio pedazo correspondiente al baúl otras tres personas cómodas (una de ellas era un pequeño niño a upa de su papá). Cinco soles per cápita era más que aceptable. El recorrido fue francamente aterrador para el acompañante, que le vio la cara a la muerte en varias oportunidades. El conductor manejaba bárbaro - rápido pero sin hacer locuras -, la ruta está bien señalizada, pero la cantidad de curvas mano y contramano la vuelve tremenda a la hora de doblar y observar cómo otro auto que viene del otro lado hace lo mismo y al mismo momento. Por fin llegamos a la Plaza de Armas, con un extra que se hizo el chofer quien supuestamente finalizaba su recorrido en un determinado lugar, a una considerable distancia del centro cusqueño. Dos con cincuenta más (cinco en total) no le venían mal en ese fin de semana que concluía. Sabía que se estaba jugando el segundo superclásico del verano (el primero ya lo habíamos ganado) y quise encontrar un lugar donde verlo, por lo menos lo que quedaba de él. Maru me acompañó, pero el pub en donde nos metimos (que anunciaba en la puerta la transmisión del match a su vez que, en otro salón, exhibían la final del Super Bowl) con un público excluyentemente futbolero y sin otro propósito que observar el partido la ahuyentó y decidió volver al hostel. Me acomodé en un sillón, Boca ganaba 1 a 0 y el duelo estaba en tiempo de entretiempo, nunca me vinieron a ofrecer nada y tras el descanso de los jugadores, me dediqué a bailar durante 45 minutos, Roncaglia metió la segunda pepa y la cara de Gorosito lo decía todo: "en qué lío me metí". Peludo xeneize celebrado medidamente (como corresponde a un episodio veraniego) y sin haber pagado un sol. En el reencuentro con Maru, más tranquilos los dos, se suscitaron algunos planteos de separarse en lo que quedaba del viaje (o sea, Machu Pichu, por dar un ejemplo), cuestión que me pareció totalmente irracional y sin sentido dado que lo que estábamos viviendo lo habíamos pensado los dos para los dos y que cada uno podía tener sus ratos de soledad - siempre son positivos - sin necesidad de dividirse tan tajantemente. Por suerte y aunque fue difícil entendernos, llegamos a un acuerdo que resquebrajaba esa ilusoria posibilidad. No tenía razón de ser porque la veníamos pasando bien, respetando los momentos del otro y con mucha expectativa de seguir volando juntos en lo que se venía, que era muy fuerte. Interiormente, y aparte de este largo encontronazo dominguero, tenía una leve sensación de que me estaba perdiendo cosas de Cusco, dado que por ejemplo esa noche volvimos a quedarnos adentro sin cenar. Era un planteo exagerado, que ponderaba erróneamente el plano nocturno y que, por otra parte, se producía en función del tiempo que teníamos en esta maravillosa ciudad. Uno siempre quisiera estar más, pero era lo que nos tocaba en esta oportunidad. Como diría Maru, "siempre hay que guardarse un motivo para volver". Y justamente hablando de volver, los osos revirtieron su ánimo y volvieron a ser esos osos mimosos y seductores. Como no podía ser de otra manera, se durmieron enganchados en un abrazo.

Publicado
Modificado el
Leído 424 veces

  Enviar a un amigo   Imprimir

< Anterior 1 ... 8 9 Capítulo 10 11 12 ... 17 Siguiente >
 
 


Últimos comentarios

Para publicar un comentario, regístrate GRATIS o

 

Patio del Museo Histórico Regional

   

Capítulos de este diario