El amanecer cusqueño nos encontró renovados. Nueva habitación y muchas ganas de disfrutar el último día en esta fascinante ciudad. Le pedí la ropa que me lavó a Sonia ya que allí estaba el toallón que me secaría el cuerpo mojado luego de la necesaria ducha. Me fui a cambiar guita consiguiendo un 3,22 considerable, llamé a Mamá y no estaba, llamé a la abuela y sí estaba, visité el Mercadito y llevé al hostel unos vigilantes salados de la panadería además de un agua grande. Se venía Qosqo de a unito. Punto de reencuentro: Plaza de Armas. Horario: dos de la tarde. Maru: Qorikancha por delante y por detrás (Convento de Santo Domingo), Iglesia de la Merced, caminante. SeSe: infinidad de regalos y auto-regalos en ferias Marquez y Qorikancha, heladito, una hora de Internet (la Osa también estuvo un ratito) y dos libros, uno acerca de la historia del Tahuantinsuyu y el otro, un clásico infaltable: los siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, del maestro José Carlos Mariategui. Maruchi pensó lo mismo y en una coincidencia fabulosa, el cruce pasado el mediodía, nos halló a ambos con uno de los máximos exponentes del marxismo latinoamericano en la mano. La única y leve diferencia fue el precio abonado: 10 soles por aquí, 12 soles por allá. A nuestro pesar, dos días después en Lima lo veríamos a 6. Almorzamos frente a la Plaza San Francisco, la Osa una hamburguesa y el Oso un bisteck a la parrilla, compartiendo un licuado mixto. Retorno al hostel y nueva división, en esta ocasión hasta las seis de la tarde en el mismo lugar. Me dormí una breve siesta y luego salí camino al imperdible Convento de Santo Domingo. Una historia que atraviesa dicho sitio es que cuando en 1950 un terremoto asoló todo Cusco, gran parte del Convento se vio destruido, mientras que los cimientos incas resistieron el desastre natural. Lo que refleja la solidez de la arquitectura del Tahuantinsuyu. Sublimes son los calendarios que reflejan los ciclos agrícolas y también el mismo adjetivo le corresponde a dos cuadros, uno de ellos una obra acerca de los conceptos astronómicos del incario y otro, acerca de los seqes, unas rayas imaginarias que rodeaban Cusco y que partían precisamente de la plaza del templo del Sol (es decir del Qorikancha). Estas rayas, según el libro de Rostworowsky, se dividían en cuatro secciones y seguían los "suyu" del Tahuantinsuyu (Chinchaysuyu, Antisuyu, Cuntisuyu y Collasuyu) con un total de 42 líneas. Luego anduve cusqueando un rato más, mientras a Maru le tocaba el turno de los regalos (entre ellos el tapiz de los osos). En el horario previsto se produjo el definitivo reencuentro. Dimos unas vueltas alrededor de la Plaza a ver si nos cruzábamos con Dani y el Gallego, quienes supuestamente ya se encontraban en Qosqo. No pudo ser porque nunca aparecieron. Ya había vislumbrado un barcito en la calle Espaderos y hacia allá fuimos, dispuestos a tomarnos un cafecito. Un lugar muy cálido (del estilo que me gusta), llamado Café Extra, en el cual, según palabras del mozo, se sentó el Che Guevara (entre otras personalidades reconocidas) en uno de sus primeros viajes por América Latina. Ya empezábamos a despedirnos de Cusco. Compré unos separadores para los hermanos Bravo (los únicos que faltaban en la repartija colectiva de familia y amistades), fuimos al Centro de Arte Qosqo Nativo - uno de los lugares incluidos dentro del Boleto Turístico - donde se bailan danzas típicas pero estaba cerrando, Maru consiguió vasitos para el pisco muy accesibles y volvimos al hostel a acomodar las mochilas, cuyo peso seguramente aumentaría. Siendo claramente más de las diez de la noche, salimos camino a la última cena cusqueña. No fue sencillo conseguir lugar, ya que aquí los restaurantes cierran relativamente temprano para lo que estamos acostumbrados. Previamente fuimos hacia una de las sucursales de Botica Fasa, donde me pesé en una balanza (por un sol) dándome un resultado que al fin y al cabo sería erróneo: IMC superior a 25. El fallo, que se comprobaría en Miraflores, radicó en la altura que marcaba un 1,78 sospechosamente bajo. Hay que pararse derecho (me daría 1,81) y listo. Comimos en el local "Antojitos", que no es el mismo del sábado, sino que queda a unos 20 metros y tiene la misma fisonomía. Medio a las apuradas porque ya estaban terminando la jornada, salieron omelettes de Jamón y Queso y una Pilsen. Brindando por el amor, por la alegría, por la magia, por los sueños y por la vida misma, los corazones acróbatas le decían "hasta luego" a Cusco. Le pagamos las noches que faltaban a Sonia, un chico me prestó un triple para conectar el celular (casi sin batería y muy necesario para levantarnos) y pasada la medianoche, nuestros ojos se cerraban lentamente para que las pupilas pudieran atrapar cada instante vivido. Cusco nos había alucinado. El vuelo continuaría en Lima.