El día arrancó con motivación de ruinas. Maru intentó comunicarse sin éxito con Natita (de quien se le había chispoteado su cumpleaños un par de días antes), compramos unas galletitas en el camino y nos dirigimos a la estación Wanchaq, donde se halla la empresa Perú Rail. Allí realizamos el gasto más importante (dolarizado) de todo el viaje: el tren a Machu Pichu. Martes por la mañana de Ollantaytambo a Aguas Calientes y miércoles por la tarde regreso hasta Ollanta. La idea inicial, que en mí actualmente tenía algunos signos de duda, era ingresar dos días a la ciudadela inca. Caminamos una cuadra más por Tullumayo y llegamos a una terminal donde partían micros a varios destinos, incluido el nuestro: Tambomachay. Ocho kilómetros al norte de Cusco, era el lugar de hospedaje del Inka y su nombre significa "lugar de descanso". Lo más impactante del lugar son sus fuentes y su increíble (ya nos empezábamos a encandilar con este aspecto de la cultura incaica) sistema hidraúlico, representado por acueductos que llevan agua de manantiales todo el año. Los incas convirtieron lugares inhóspitos en centros de cultivo, donde se podía trabajar la tierra, acceder al agua y por supuesto, habitar sin privaciones. Media hora tardó el micro en llegar a esta primera ruina que los osos visitaron y menos mal que algunos locales nos avisaron y avivaron al chofer que nosotros nos bajábamos ahí porque quizás recalábamos en Pisaq. Y para ir allí, mejor esperar un día más. Lo más simpático de nuestro arribo a Tambomachay fue que nos recibió una incesante lluvia que nos obligó, bajo sugerencia de los guardas de la entrada, a comprarnos unos pilotos rojos estéticamente impresentables. Una transformación radical del tiempo, con la aparición de un sol sin concesiones, en el instante en que colocaba el piloto sobre mi cuerpo para no mojarme (Maru hacía esta tarea en el baño) hizo que el uso del mismo quedase postergado. En ese momento, pareció la compra más inútil del planeta tierra. Unos días después cambiaría nuestra opinión. La siguiente ruina que visitamos se llama Puka Pukara, que en quechua significa Fortaleza Roja (Puka: rojo, Pukara: fortaleza). Con ciertas similitudes al Pucara tilcareño, pero con una importante diferencia: su funcionalidad. En el caso jujeño se puede hablar de una fortaleza militar, un lugar de defensa; en tanto que el sitio cusqueño era centralmente un puesto de control de tránsito peatonal y administrativo, un lugar de paso. El recorrido lo hicimos acompañados por un guía, cuyos aportes son invaluables para entender cierta lógica inherente al lugar, pero que por otra parte no te dejan "colgarte". De cualquier modo al llegar al punto más alto del lugar, el guía finaliza su explicación, recibe su paga y nos deja, aconsejándonos que nos quedemos descalzos para sentir la vibración del verde suelo. Luego de estar un rato reposando en el pasto, bajamos e iniciamos el camino a Sacsaywaman, a la vera de la ruta. Vale recordar que la distancia entre Tambomachay y Puka Pukara es de apenas 200 metros, mientras que nos separaban unos intensos cuatro kilómetros (más o menos) de este último hasta Sacsaywaman. El sol no dio tregua así que el protector solar fue indispensable para no alterar demasiado nuestros colores de piel (sobre todo en mi caso). A la salida de Puka Pukara compramos unas aguas chiquitas, manzanas y la Osa, un choclo con queso de cabra. Enseguida, encontramos un lugar donde vendían empanadas, así que metí un doblete mientras que Maru comió tan sólo una. El camino fue tranquilo, bien rutero (de esos momentos en que sentís la noción de mochilero dentro tuyo con fuerza) y con esa sensación de querer saber todo el tiempo donde está el lugar que buscás. Como es normal en estas situaciones, siempre faltaba un trecho más. Naturalmente, Sacsaywaman existe así que, en plena tarde (serían poco más de las 16), recalamos en dicho sitio, que nos sorprendería notablemente. No estará graficado en fotos (creo que salieron dos nomás) ya que las pilas de la digital se quedaron sin reacción y fue el fin del rollo de la cámara osa; sin embargo las imágenes del alma son más poderosas. En este lugar, todos los 24 de Junio se lleva a cabo la fiesta del Inti Raymi (la celebración más importante del Tawantinsuyo, que los españoles desterraron). El nombre significa "Halcón Saciado" y es una construcción colosal, con sentido militar. Las enormes piedras que sostienen la increíble estructura están unidas con una precisión matemática inigualable. Entre ellas, se encuentra la famosa piedra de los 11 ángulos que constituye una maravilla en sí. La explanada, al igual que en el Qorikancha, es de una belleza imposible de imitar y de amplias dimensiones. Esta fortaleza provocó una fascinación indescriptible en los osos, que no podían parar de admirar su intrincada y majestuosa arquitectura. Maru se encontraba atrapada por un estado de deslumbramiento, del cual no quería salir de ningún modo. Es muy difícil no sentirte cautivado por tanta hermosura, frente a semejante olimpo. Como dato de color, hay unos toboganes de piedra por donde te podés deslizar, cual si fuera una plaza. No lo hicimos. En las afueras de Sacsaywaman se encuentra el Cristo Blanco, lamentable expresión del catolicismo asesino y demoledor de culturas "atrasadas". Sólo lo miramos de lejos. No nos dio el tiempo para visitar Qenko ya que el ingreso a las ruinas tiene un horario limitado que ya habíamos superado. Regresamos a Cusco por el camino que bordea Sacsaywaman bajando en una calle que nos distanciaba menos de diez cuadras de la Plaza de Armas. El día comenzaba a cerrarse, aunque ni siquiera eran las siete de la tarde. Nos dispusimos a cenar temprano en "Antojitos", restaurant ubicado sobre la calle Márquez, en su parte peatonal. Por fin me di el lujo de probar el famoso pollo broaster - un octavo del mismo - acompañado por papas fritas, ensalada y arroz chaufa (de un color amarronado). Maru se pidió un suculento omelette de jamón y queso. La Pilsen saborizó el encuentro. Ambos comensales tenían un agotamiento fácilmente visible en sus caras. Maru volvió a llamar a Nati rebotando otra vez, nos conectamos unos cortísimos minutos a Internet, compramos pilas para la digital y volvimos de una al hostel. Aunque Seba quisiera negar su realidad, el cansancio lo abatía y le iba a impedir salir. Aproximadamente a las 20:30 sus ojos se cerraron y se abrirían casi cinco horas después para ponerse crema hidratante (elemento fundamental para cuidar la piel después de la exposición solar) y retomar el sueño protegido. Maru seguiría el mismo andar con la salvedad de la hidratación previa. La inolvidable jornada sabatina se despedía extenuante, habiéndonos complacido el alma, agitado el corazón, sacudido el cuerpo y maravillado la vista. Qosqo (los analfabetos españoles no sabían pronunciar el verdadero nombre del ombligo del mundo y atinaron a decir Cusco) no paraba de sorprendernos.