El mercado. Un tianguis que, como todos los tianguis, parecen surgir de la nada. En la noche, al dejar la explanada que se divide en plataformas escalonadas (recordemos que todo el pueblo está encaramado en la montaña) se puede ver todo el paisaje alrededor, el kiosco, la fachada dela iglesia principal (no la de los Jarritos) el Palacio Municipal, etc. Y en la mañana ¡Todo cubierto por toldos blancos, sostenidos por multitud de cuerdas que se entrecruzan, ocultando púdicamente, la riqueza y variedad exquisita de colores deslumbrantes que han sido traídos por los habitantes de los alrededores y los despliegan para “mercar” eso si, todo en su sección correspondiente, con mucho orden: cinturones de lana entretejida, morrales pequeños, medianos, grandes; (negros, rojos, verdes, azules, amarillos!!) vestidos de algodón, faldas, blusas, zapatos. Blusas bordadas, ¡exquisitas todas! ¡Grecas, líneas, flores!
¡Las verduras! ¡Las frutas! Brillantes, suculentas, olorosas. Viene a mi mente mi compra semanal cotidiana y pareciera que compro fruta y verdura de deshecho en la ciudad (y mira que no, eh? Son bastante buenas) ¡¡¡pero comparadas con esto!!! Las manzanas starking importadas quedan en humildes y mediocres ejemplares frente a estas bellezas jugosas, dulces, perfectas. Al morderlas, te es imposible detener el jugo, que escurre por la comisura de tu boca (llevar pañuelo eh?) Calabazas, hongos, hierbas, chiles, elotes, camotes; zanahorias, papas…. Cocinar con estos productos debe ser otra experiencia.
Y por último, quiero decir algo de su gente: sin diferencia de color, raza, o lenguaje, todos son amables, sonrientes, te llevan, te reciben, te informan. Se ríen de ti un poco (porque no?) cuando la lluvia intempestiva te deja hecho una sopa en medio de la calle, mientras proteges ansiosamente tus compras para que no se mojen hasta que decides correr (no mucho, te puedes resbalar) para llegar a sitio seco. Pero cuando en el hotelito nos ven llegar en tan deplorables condiciones, después de un tiempo prudencial, dejan oír su voz cantarina del otro lado de la puerta: señora, les traigo un té caliente ¿puedo pasar?