Pero no todo es esquí y deportes blancos en esta ruta por el delfinado francés. No hay que dejar pasar la oportunidad de conocer el famoso teleférico de Grenoble que sube hasta la Bastilla por encima de los tejados de las casas del viejo barrio de Saint-Laurent y del río Isère. Tarda seis minutos en subir a lo más alto, donde se encuentra el restaurante-terraza Jardín de Ville. Impresionante.
La capital de los Alpes ofrece muchas alternativas de ocio: museos (de Historia Natural, del Delfinado, Stendhal, Hèbert, el arqueológico...), paseos botánicos, recorridos por el casco viejo que incluye ruinas galo-romanas del siglo III o el mercado de Santa Clara del siglo XIX. La arquitectura moderna es una parte importante de la ciudad. Pese a que la vida nocturna no va más allá de las dos de la mañana, merece la pena tomar una copa en el Café Table Ronde, uno de los más antiguos de la región, y hay quién dice, que de Francia.
Antes de tomar el avión en el aeropuerto de Lyon-Satolas, queda tiempo para visitar la ciudad medieval de Crèmieu y degustar la carne de avestruz en el restaurante Les Castors. ¿Qué mejor manera de acabar?