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Encantadora... Guatemala

Escribe: Bertuco
Este es uno de los mejores viajes que he realizado, por lo maravilloso del país, por las gentes que lo habitan y por las personas que me acompañaban. Hice en su día un diario del viaje y, ahora, para estrenarme en este blog, os le muestro.

 

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Copan (Honduras)

Copán Ruinas, Honduras — lunes, 5 de mayo de 2003

Lunes 5 de Mayo del 2003.     Copan (Honduras)
           
            Me despertó el desagradable sonido del teléfono y pregunté a Darío por su estado, respondiéndome que ligeramente mejor. Dejamos preparado el equipaje y bajamos a desayunar. Como era muy temprano, nos prepararon una pequeña salita, con las viandas expuestas en un pequeño mostrador, preparadas para ser engullidas por nuestras pequeñas bocas. Además de César y Darío, hoy se unirían al club de los estómagos indispuestos, Juan Carlos y Rocío. En la cena de ayer se habían puesto las botas y, después de pasar una noche en la que intimaron profundamente con Roca o su colega guatemalteco, ahora estaban tratando de olvidarle, aún cuando sus cuerpos se resistían a renunciar al vínculo que les unió tan intensamente.

            En fin, la vida sigue y Antonio no espera. Le ayudamos a introducir la maletas en el bus y partimos a buscar a Emilio que había pasado la noche en su casa a las afueras de la ciudad. Durante el camino, Antonio hizo de guía (mas serio), mostrándonos los lugares mas emblemáticos de la ciudad como la plaza central, la catedral metropolitana, el mercado, etc. A las afueras recogimos a Emilio y pusimos rumbo a Copan. A medida que nos adentrábamos al interior el calor se hacía mas insoportable, en el exterior ya que, dentro del busito, con el aire acondicionado, se estaba de maravilla.

            La frontera con Honduras era de película, de entrada una barrera con un contrapeso que controlaba un paisano con una cuerda, que soltaba para que subiera y recogía para que bajara. A continuación, en un lado dos o tres guardias guarecidos del sol charlaban entre ellos, y al otro las oficinas, una cutre edificación de madera. Emilio se dirigió a estas últimas con los pasaportes para sellar el visado, por llamarlo de alguna forma, ya que el resultado de la estampación era Recuerdos de Honduras. Los pocos que nos atrevimos a bajar del bus sufrimos el insoportable calor que casi no te dejaba ni respirar. Como se ve en la foto, el mapa de Honduras es prácticamente un calco del de nuestra lejana tierruca, Cantabria.

De aquí a Copan fue un paseo y la impresión que nos daba lo que veíamos era mas bien pobre, un paisaje árido y construcciones humildes. A medida que penetrábamos en el corazón de la ciudad parecía mejorar su infraestructura y al llegar al hotel, nos sorprendió favorablemente. Su nombre, Marina de Copan y en su interior el hall comunicaba con un precioso y florido patio en cuyo centro había una original piscina. A un lado de la piscina estaba el bar y en el otro un pasillo conducía a las habitaciones. La nuestra quedaba enfrente de un pequeño estanque con peces de colores y estaba muy bien y, además, tenía aire acondicionado. Dejamos los equipajes y nos fuimos al parque arqueológico de la ciudad para establecer el primer contacto con el mundo maya.
 
            En la entrada del parque había un gran plano en relieve que mostraba la disposición de los edificios de lo que, entre los siglos VI al VIII, había sido una vital ciudad maya. Nos acompañaba Elías, guía local y que años atrás había trabajado en la restauración del parque, adquiriendo conocimientos que hoy le permitían ganarse la vida trasmitiéndoselas a los turistas. Una vez dentro, recorrimos impresionados, sus milenarias calles, arrebatadas a la impenetrable selva, que durante centenares de años guardó celosamente en sus entrañas.

Pasamos por la Gran Plaza, en la que aún se conservaban altares y estelas que permitían descifrar las antiguas dinastías que un día reinaron en aquellas tierras. Nos llamó la atención, especialmente, los nombres que tenían los reyes, 18 Conejo, Humo Mono, Humo Caracol y otros. Atravesamos el Juego de Pelota, lugar donde se disputaba una original confrontación entre dos equipos, consistente en impulsar una pelota de un peso considerable hasta dar a una cabeza situada en cada una de las paredes laterales, resultando vencedor el equipo que primero lo consiguiera, siendo, los derrotados, orgullosamente sacrificados.

Contemplamos la interesante Escalinata Jeroglífica, cubierta con una lona para protegerla de la erosión (y que a nosotros nos sirvió para resguardarnos de los incisivos rayos del sol), en la que se conserva el texto más largo que nos legó la civilización maya. Desafortunadamente, no ha sido posible leer los glifos, ya que se habían desplomado gran parte de las gradas, y al reconstruir el templo, estos quedaron fuera de su lugar original, creando una gran "sopa de glifos".

Mención aparte merecen los gigantescos y centenarios árboles que custodian las ruinas cuyas enormes raíces emergen a varios metros del tronco.

            Al borde de la deshidratación abandonamos el parque y abordamos un bar que estaba situado en el mismo recinto y nos tomamos una de las cervezas que mejor nos supo desde que empezó el viaje, y, por supuesto no sería al única. Después, visitamos el museo, cuyo acceso discurría por un reconfortante pasillo subterráneo y, en el que entre otras esculturas, destaca una replica a escala natural del Templo de Rosa Lila, también conocido como Templo del Sol.

            Regresamos al hotel y quedamos, los que quisieran, para darnos un baño en la piscina, antes de ir a cenar. Estaba el agua de p.m. y, después del día de calor que habíamos pasado, por fin encontrábamos un lugar fresco y relajante. Nos bañamos Juan Carlos, César y yo, mientras Keker y Rocío descansaban en la terraza y Esther iba al bar a buscar unas cervezas. Que gozada, tomando la cerveza sin salir del agua y charlando tranquilamente. Fue haciéndose de noche y advertimos que Rocío tenía envidia de nuestra privilegiada situación y César, gentilmente, alargó la mano y le ayudó a incorporarse a la piscina. La única pega era que no le había dado tiempo a quitarse la ropa, pero una vez en el agua este detalle carecía de importancia, adaptándose rápidamente al medio.

            La cena, en un restaurante que nos recomendó Emilio, estuvo bien, sin ser ninguna maravilla, aunque a alguno no le sentara demasiado bien. Después de cenar Darío, Emilio y yo nos fuimos a tomar una copa y el resto se retiraron al hotel. Entramos en una especie de pub en el que no había mucha gente y nos acomodamos en una mesa. Charlamos y bebimos durante un buen rato, en el que Emilio nos estuvo contando anécdotas de su larga estancia en Alemania y nosotros acercándole la actualidad política y económica de España y Cantabria.

            Cuando terminamos de arreglar el mundo nos dirigimos al hotel a dormir y dar por concluido este día en el que habíamos retrocedido casi 1500 años en el tiempo rememorando los episodios que se vivían en una antigua civilización que estando separada por miles de kms. de otras situadas en otras partes del mundo, compartían  hábitos de vida semejantes.

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