Villa Colón

Escribe: marcos2510
Dicen unos viejos papeles amarillentos, que trascienden humedad y polilla:"Resumen general de los terrenos pertenecientes, por los títulos historiados, a la Sociedad Cornelio Guerra, Hermanos y...

 

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Capítulo 1

Villa Colón

Colón, Uruguay — sábado, 13 de agosto de 2005

Dicen unos viejos papeles amarillentos, que trascienden humedad y polilla:

"Resumen general de los terrenos pertenecientes, por los títulos historiados, a la Sociedad Cornelio Guerra, Hermanos y Compañía: De los terrenos vendidos por el señor Lafone al Sr. Frías, excluidas las cien cuadras cuadradas reservadas por dicha sociedad, 290 cuadras. De los terrenos de los mismos que pertenecieron al Sr. Klengel, 35 cuadras. De los terrenos adquiridos al Sr. Lammers, sesenta cuadras. De D. Juan Monro, 12 cuadras y 7137 varas. De la sucesión de Gervasio Herrera, 6 cuadras y 3986 varas. Y de dona Carmen Antuña y Don Faustino Silva, 19 cuadras y 4793 varas. Suman 423 cuadras y 5906 varas cuadradas, o sean 312 hectáreas, 55 áreas y 94 centiáreas. Que en este terreno, cuya área superficial resulta exacta, según mensura practicada por el Agrimensor D. P. D`Albenas en los meses de Octubre y Noviembre de 1868, la sociedad Cornelio Guerra, Hermanos y Compañía, fundaron un pueblo con la denominación Villa de Colón, abriendo calles y formando fracciones y manzanas enajenando varias de ellas y reservándose otras, cuya extensión, así como la numeración con que constan en el plano respectivo, y los nombres de las personas a cuyo dominio han pasado, se expresan a continuación:", etc., etc. Y sigue el papel viejo.

En estos "títulos historiados", de que habla al principio, nos remonta la genealogía hasta mediados del siglo diez y ocho, pues "el terreno que procede de Da. Carmen Antuña y D. Faustino Silva, forma parte de la chacra que, a mediados del siglo pasado, (la escritura fecha en 1873), fue donada por disposición del Gobierno Español, en el reparto de las chacras del Miguelete, al poblador Tomás Aquino y su mujer María García".

Una rama del árbol genealógico pasa en 1760 por unos señores Cibils y ConceiÇao; otra, en el mismo año, por don Joaquín Ortuño y don Antonio Glasi; otra, en 1770, por don Francisco Lores y el Convento San Francisco; otra, dice el documento, "es parte de los terrenos que en mucha mayor extensión, teneindo por límites los Arroyos Pantanoso, Piedras, Santa Lucía (el Río), y Río de la Plata, fue donado por el Gobierno de Buenos Aires con fecha 25 de Agosto de 1814 al Brigadier D. Francisco Xavier de Viana, siendo confirmada la misma donación por el propio Gobierno el 24 de Diciembre del mismo año, cuyo acto fue reconocido por las autoridades de esta República, etc".

debido organizar, excluyen de este trabajo toda pretensión de obra puramente histórica; menos aún de obra completa. Aún con tiempo y medios de hacerlo, el autor no tendría jamás pretensión semejante, porque nunca se ha sentido con afición a desempolvar archivos y huronear bibliotecas, y porque cree que está más cerca de la realidad de las cosas humanas "vividas", la narración imprecisa y un tanto legendaria, recogida de los labios de algún viejo vecino, que las fórmulas falsamente precisas de documentos oficiales.

No los ha dejado de consultar cuando le han salido al paso; pero, como no es su intento encerrar un libro más en la biblioteca de los eruditos, sino arrojar sobre la ociosa mesa del hall un manojo de recuerdos de la Villa, ha ahorrado investigaciones graves y se ha empeñado en prodigar -de lo desteñido de su paleta- cuanto fuese colorido de vida, toque de luz con palpitación humana. De ahí esa intencional desproporción entre la parte narrativa y la parte gráfica, en las páginas de este librejo. Quizás hubiéramos satisfecho a la mayoría de los curiosos, coleccionando un álbum de fotografías, ordenadas cronológicamente, y grabando al pie de ellas un ligero apunte ilustrativo, que les hiciese recorrer, a la manera de los cinematógrafos, las etapas por que ha pasado la Villa en estos cincuenta años. Pero no habríamos cumplido con la justicia que exige que, junto al sucederse de las etapas progresivas, digamos a los que lean, qué preclaros y enérgicos espíritus iniciaron y presidieron y culminaron ese movimiento ascensional; para que los mayores no lo olviden, y los pequeños -que alguna vez se sentarán a la mesa del hall a manosear estas páginas- vayan aprendiendo a quiénes han de agradecer muchas horas de dicha y salud saboreadas a la sombra de los eucaliptus que saturan el ambiente de salubérrimas exhalaciones; a quiénes han de agradecer esta envidiable vida que atesora todas las comodidades y beneficios de la ciudad y todas las dulzuras y encantos de la campiña.

HOY
Hoy es Villa Colón un amplio parque de unas cuatrocientas cuadras cuadradas, situado a once kilómetros al Norte de Montevideo. Únenla a esta capital, la vía férrea del Ferrocarril Central del Uruguay, la Carretera Nacional y una línea de tranvías eléctricos. La surte de agua potable un ramal de las Aguas Corrientes de Santa Lucía, y está iluminada por la luz eléctrica de las usinas de Montevideo. Forman su trazado de planta, siete calles en dirección sureste-noroeste, a partir desde el arroyo Pantanoso hasta el Camino de las Tropas, cortadas en ángulo recto por catorce calles que mueren al suroeste en dicho camino y al noreste en campo abierto.

La Avenida Lezica, amplia estrada de veinticinco metros de ancho, forma el eje de las primeras hasta el arroyo, y se prolonga luego, flanqueada a la derecha por su émula, la Avenida Giot, hasta el Camino Nacional.

Eucaliptus

Los más antiguos y los mejores farmacéuticos de la Villa.
Y viñedos farmacéuticos
también y alguna vez -por
culpa de los hombres-
"droguistas".
Más de un millón de eucaliptus y otros árboles forestales bordean de perenne verdor estas calles. Palacetes de variados estilos, con sus rojizas aguas de tejas unos, con sus chinescas cúpulas de pizarras otros, emergen del mar de verdura, como islas y peñascos llenos de vida y de color.

Allí, como huyendo del rumor de la avenida, hacia la paz del bosque, el antiguo Hotel Giot esconde el silencio de sus salas, un día bulliciosas, en lo más apacible del viejo parque.

Allá, asomado al arroyo Pantanoso, el Gran Monte Carlo, bajo su dosel de sauces llorones -como en una paradoja- tiende la alegría de sus trípodes veraniegas que, en las tardes festivas, hormigueantes de rostros


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