Llegamos para dormir más. Nos despertamos por la noche y de pronto alguien sacó el litro de tequila “Ahí está, pero se lo toman pelón porque no hay refresco”, ese tipo de advertencias no funcionan conmigo porque aún así me puse una borrachera inolvidable a la orilla de la playa y en ese estado pretendía ir en búsqueda de más tortugas jajajaja.Amanecí bien, recordaba todas las maldiciones que hice a los veterinarios, aunque sólo uno me rompió el corazón, y las insistentes peticiones para que Elena bebiera conmigo, aunque los medicamentos se lo impedían. Y así en estado ya más conveniente fui con algunos a recorrer 4 kilometros de playa para observar desde la punta de una gran roca el apareamiento tortuguero, algo único que en mi cámara fue imposible capturar. Era el espectáculo del instinto animal dejándose llevar por las olas, el uno sobre la otra meneándose al mismo tiempo mientras pequeñas mantarayas los rodeaban indiferentes. Cualquier cosa valía la pena por ver aquello, incluso caminar y desmañanarme con todo y jaqueca.Evidentemente regresamos a dormir, pero ahora antes de cerrar los ojos disfruté de la imagen de la playa, enmarcada por la puerta de nuestro cuarto que a lo alto permitía una vista panorámica del paisaje. Nuestro regreso fue en la madrugada de la tercera noche, la intención era pasar a Morelia a comer y de ahí regresar a nuestra Ciudad de México. No salió así, nos desviamos a Pátzcuaro porque en Morelia, la noche anterior, explotaron dos bombas entre la multitud que celebraba la Independencia nacional, quince personas murieron. Fue nuestra cruel bienvenida a la realidad de mi país… y yo prefiero pensar en Colola.