Una vez más estuvimos en una playa virgen, bendecida por la naturaleza no sólo por intermediar entre el mar y la tierra, sino porque a ella regresan cada año decenas de tortugas marinas, negras sobre todo, a continuar con su ciclo de vida: aparearse de día, desovar de noche. Y mientras la sabia naturaleza hacía su labor, nosotros arribamos a Colola, playa michoacana ubicada en el litoral del Océano Pacífico en México. Llegamos de día, con un calor que penetraba la piel y una luminosidad intensa que difuminaba de amarillo aquel paisaje paradisíaco. En las cabañas ya esperaban por nosotros los integrantes de la comunidad indígena El Coire, organizados para proteger esa deliciosa tierra y atender a la visita urgida de paz.No esperé nada, llegué, arrumbé mi mochila en el primer piso de la cabaña donde dormiría y salí corriendo tan sólo con la intención de escuchar el mar y sentir al sol acariciar a toda yo. Dormí mucho, no sé cuánto, una blusa protegió la mitad de mi cuerpo y mis piernas quedaron expuestas (las consecuencias… imaginarán).Ohhhh que delicia…
Esa “pestañita” me costó no haber alcanzado comida a tiempo, yo hambrienta y casi de malas esperé muchoo para meter algo a mi estómago.