Camboya con Mochila - Más allá de los Templos de Angkor

Escribe: con_mochila_es
Viaje a Camboya de mochileros que realizamos en septiembre de 2009. Durante un mes lluvioso recorrimos este país de este a oeste y de norte a sur tratando de mostrar la auténtica Camboya, la que existe al margen de los templos de Angkor. En http://www.conmochila.com podréis ver más fotos y videos del viaje.

 

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Camino a Siem Reap y las tarántulas fritas

Ciudad de Siem Riep, Camboya — martes, 13 de julio de 2010

Después de mucho dudarlo, la mañana de nuestro primer sábado en Camboya empezamos el camino al oeste del país habiendo descartado el trekking por Rattanakiri.

A las siete de la mañana pasaron un par de autobuses  por una parada situada en la misma calle en la que nos alojábamos, ambos en dirección a Siem Reap. Sin romper con las tradiciones llovía y volvíamos a subir en un bus destartalado;  a esto se sumó que después de empaparnos de agua hasta la ropa interior guardando las maletas, subimos y el bus tenía "aire acondicionado": un agujero roto en el techo por el que no paraba de salir aire frío a chorro sin opción alguna de poderse regular. Al principio nos tocó cubrirnos el cuerpo con el poncho para entrar un poco en calor con el plástico, pero al final tuvimos que ingeniárnoslas y meter media cortina por el agujero para que dejara de salir aire por allí, al que se estaban añadiendo  pequeñas gotas de agua que de vez en cuando nos caían en la nariz. Una ruina de autocar.

Nueve horas nos dijeron que iba a durar el viajecito, así que una vez arreglado el nido y hechos a la idea del tostón intentamos dormir un poco para acortar el camino con tan mala suerte que cuando abrí el ojo aun llevábamos solo una horita de viaje, así que me tocó entretenerme con el paisaje. Una vez tras otra se repetía la misma imagen. Era como viajar por el paisaje de uno de los capítulos de los dibujos de los Picapiedra en los que se repetía todo el rato el mismo fondo. Esta es una de las cosas que más nos chocaron del país, la similitud entre los lugares. Daba igual que estuvieses en el norte en Kratie, en Siem Reap o cerca de la playa en el sur, en Sihanoukville, siempre era igual: cabañas maltrechas, vacas por doquier, niños semidesnudos, campos de arroz con gente trabajando, motos, tuk-tuks y agua, sobretodo agua.

Después de dejar a gente en Kompong Cham, la primera parada para descansar fue  Skuon. No llegamos ni si quiera a entrar al pueblo ya que paramos en la carretera, así que personalmente poco puedo decir de éste, pero lo que si que pudimos ver fue una de sus atracciones: las tarántulas fritas. Iba de camino al servicio cuando pasé por delante de un puesto de comida y me percaté de que el montón de comida que tenían las señoras no eran frutas ni verduras sino arañas. Una de las bandejas eran grillos, que aunque no las hubiese ni olido es más común verlas cocinadas en algunos países, pero la otra bandeja que vi tenía arañas. De verdad, no soy pejiguera, pero que asco que daban...

El autobús en el que habíamos llegado se fue; el conductor nos dijo que en unos minutos llegaría otro que nos recogería, y allí en medio de la carretera y rodeados de arácnidos nos sentamos a esperar confiando en que nos hubiesen dicho la verdad y que pronto llegase otro. Y casi cuando nos habíamos derretido de calor y estaba a punto de emerger el desespero apareció otro autobús, el que llegaba a Siem Reap. Este otro cambiando el estilo, más actual, limpio, seguro, espacioso y con una tele. Vamos, otro mundo. Tanta comodidad era sospechosa, se estaban guardando una sorpresa, otro modo de torturarnos y a la media hora pusieron un vídeo: un culebrón camboyano con una protagonista con voz de pito que no hacía más que gritar, que duró una eternidad y al que le siguieron una retahíla de videoclips en su misma línea.

Aunque parezca mentira fue puntual: a las 9 horas exactas desde la partida desde Kratie llegamos a Siem Reap. Aun no me explico como haciendo tantas paradas imprevistas y tan impuntuales como son a la hora de salir, tienen tan bien cronometrado lo que dura cada viaje. En el momento en que llegamos a Siem Reap nos convertimos en 2 dólares andantes y nos dimos cuenta desde el momento que pusimos el primer pie en el pueblo. Nada más bajar del bus, con los huesos molidos y el cuerpo agarrotado tuvimos que hacer frente al primer obstáculo, los "cazaturistas". Había un montón de gente con carteles en las manos y uno de ellos llevaba uno en el que leí "Hello Carme Pellicer and Toni Rodenas". Cuando el chaval me preguntó si yo era Carme me hice la loca y le dije que no. Me supo mal, pero nosotros ya teníamos pensada una guesthouse en la que alojarnos y no estábamos de presupuesto cómo para dejarnos timar, así que nos fuimos a buscar un tuk-tuk y conocimos a Oein, quien nos acompañaría en nuestra primera visita a los templos de Angkor el día siguiente. Conseguimos que nos llevara por solo 2 dólares.

La estación de autobuses está en las afueras pero apenas tardamos 10 minutos en llegar a la Popular guesthouse, un hostal que nos convenció por su módico precio de 8 dólares el día y porque se encontraba cerca de la zona más frecuentada. Cuando llegamos allí supimos que no nos habíamos equivocado y que íbamos a estar muy bien, atendidos por gente joven, con una terraza encantadora en la que podíamos tomar cervezas, una sala con Internet y rodeados de mochileros.

Descargamos todos los trastos y nos dimos una ducha revitalizadora, tanto que salimos con unas ganas inmensas de ver lo que nos deparaba la visita, como intuyendo lo que nos íbamos a encontrar. El cautivador pueblo de Siem Reap, lleno de contrastes, nos sedujo la primera noche.

La calle en la que se encontraba la guesthouse estaba patas arriba, con todos los adoquines levantados y charcos en los que se podía navegar, una vez conseguimos salir ilesos de ésta nos dirigimos al meollo. Nos resultó fácil encontrar el centro, estábamos cerca y a cada paso que dábamos en esta dirección iba cambiando el ambiente; pasamos de un extremo a otro en cuestión de segundos. Dejamos de ver calles destrozadas, miles de tuk-tuks haciéndonos ofertas y suciedad, para encontrarnos con una calle llena de turistas, cuidada y llena de gente haciéndonos ofertas de sus bares. Era la calle Pub Street, la arteria principal de Siem Reap por la que pasa todo el flujo de gente que viene a visitar los templos de Angkor, los que realmente dan vida a este pueblecito y lo mantienen en pie, como verdaderos órganos vitales.

Anochecía cuando nos adentramos en el jaleo, todos los garitos empezaban a encender sus luces y por momentos se llenaba de color y de gente. A ambos lados jóvenes ofreciéndonos sus menús para que consumiésemos en sus locales, carteles de happy hour y una amplia heterogeneidad de garitos. Gente de lo más variopinta, de cualquier país, turistas, mochileros, viajeros. Todos paseando, comprando, tomando una copa o  cenando. Un pequeño mundo aislado de la realidad en el que era sencillo desconectar de la evidencia de afuera. Por unos minutos llegamos incluso a olvidar la miseria que acabábamos de  ver los últimos días y desconectamos totalmente del exterior cuando, ya acomodados en el Angkor What? nos pedimos nuestra jarra de cerveza. Ensimismados con la atracción que nos producía aquel lugar estuvimos largo y tendido charlando y bebiendo sin percatarnos de que ya era de noche y no habíamos comido nada en todo el día. Solo la presencia de una niña queriéndonos vender unas pulseritas nos hizo bajar de la nube y ver que seguíamos en la misma Camboya.

Salimos en busca de algún indio que se me antojaba para cenar y de camino vimos a un grupo de músicos tocando sentados en el suelo, todos con la misma particularidad, tenían algún miembro amputado víctimas de una mina. Sonaban  y ambientaban aquel tramo de calle a la  vez que trataban de vender algún cd suyo.

En una avenida un poco más alejada del centro encontramos el Curry Walla, un restaurante indio muy bien de precio y con unos platos tan ricos como picantes  donde probé por primera vez el masala, una mezcla de especias para acompañar cualquier cosa, ya sea un trozo de carne o mi ansiado naan. No se si disfruté más de la cena por el hambre que tenía o por las ganas de repetir un menú tan sabroso como el de hacía ya casi un año en el Yasmine, en Pakse (Laos). Estábamos nosotros solos y la atención fue perfecta, lo alargamos hasta que nos apeteció volver otra vez al ambiente animado.

Esta vez optamos por meternos en el Temple, un restaurante-pub que como su nombre indica estaba ambientado en los templos de Angkor y decorado con piedras, estatuas y bajorrelieves similares a los del mismo. Dentro había unos billares y arriba una zona donde hacían bailes a determinadas horas, pero preferimos quedarnos en las mesas que había en la entrada desde las que se podía sentir el jolgorio viendo ir i venir al gentío.

Allí estuvimos media noche haciéndonos unos cócteles por los que nos regalaron un par de camisetas hasta que decidimos que ya era hora de ir a dormir, que el domingo teníamos que madrugar y empezar a ver los famosísimos templos.



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