Ésta es una de estas experiencias que
comienzan con una locura, se convierten en un sueño y que, casi mágicamente, se hacen realidad.
Tienen la planificación justa y todo es una constante sorpresa. A cada minuto cambia el destino, el paisaje, la gente. Terminás compartiendo unos mates con alguien a quien acabás de conocer y charlás durante horas con tu compañero de asiento en el colectivo.
Todo es nuevo, desconocido, embriagante, pero con un sabor a bienvenida.
Fueron pocos días. Así lo sentí. Me volví con sed, con ganas de más, pero con algo en el pecho que floreció en medio del monte y quiso regresar conmigo.
Aún no puedo definir con palabras qué sentimientos ha despertado en mí el chaco salteño, pero
tengo la esperanza de averiguarlo el día que regrese y la certeza de que así será…