Arqueologia en la Cd de Mexico

Escribe: revetria
Recorrido por algunas Zonas Arqueologicas que se encuentran en la zona conurbada de la Cd de Mexico.

 

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1 Capítulo 3 5

El Templo Mayor de Tenochtitlan

Ciudad de México, México — sábado, 19 de abril de 2008

Otra de las opciones arqueológicas en el Distrito Federal, es visitar las ruinas del Templo Mayor, que no es otra cosa, más que el recinto sagrado de la grandiosa ciudad de Tenochtitlán. Ubicada en pleno Centro Histórico de la ciudad, a un costado de la Catedral Metropolitana, constituye una magnífica oportunidad, para conocer algo de la historia de los aztecas.
 
Sepultado debajo de las calles de Guatemala y Argentina, se creía perdido desde tiempos de la colonia, tras la conquista de México, pues Hernán Cortés ordenó su destrucción, así como la de los principales templos de los aztecas y utilizó sus materiales para construir en su lugar las grandes iglesias y palacios de la ciudad, para  acabar con los cultos ajenos a la religión católica.
 
Sin embargo el 21 de febrero de 1978, un grupo de trabajadores de la Compañía de Luz que realizaban trabajos de excavación, encontraron una piedra circular con relieves, sin saber que habían descubierto a la representación de la diosa de la luna, la famosa Coyolxauhqui. Posteriormente los arqueólogos fueron descubriendo poco a poco, los restos del centro religioso y político de los mexicas, cuyos restos habían permanecido ocultos durante cuatro siglos bajo los cimientos de las construcciones virreinales y decimonónicas del centro de nuestra ciudad capital.
 
Para entender un poco el proceso de las etapas de construcción de las pirámides de los mexicas, tratare de explicarlo a grandes rasgos: Primero se construía una pirámide y después de varios años, el rey en turno ordenaba construir otra exactamente sobre la primera, rellenándola previamente con tierra y piedras. Posteriormente el siguiente rey, repetía el proceso, de tal manera que la nueva pirámide era cada vez mayor que la anterior. Es como poner una cubeta sobre otra.
 
La pirámide del Templo Mayor consta de por lo menos siete etapas constructivas, de las cuales sobresale aquella que se realizó durante el gobierno de Huitzilíhuitl, segundo tlatoani de Tenochtitlán; de esa etapa se conservan los muros de los adoratorios, el téchcatl o piedra sagrada de los sacrificios y una escultura del Chac-Mool.

Destaca también la etapa constructiva ejecutada durante el gobierno de Izcóatl, de la que se descubrieron, sobre la escalinata que conducía al adoratorio de Huitzilopochtli, varias esculturas de portaestandartes que, a manera de guerreros divinos, defendían el ascenso al templo de la suprema deidad. Sin embargo, el hallazgo más notable fue el del monolito circular de la diosa lunar Coyolxauhqui, que proviene de la etapa correspondiente al gobierno de Axayácatl, quien ocupó el solio supremo de Tenochtitlán entre 1469 y 1480.
 
En la actualidad han quedado al descubierto las capas más antiguas de la pirámide donde se ha encontrado un sinnúmero de tesoros prehispánicos provenientes de gran parte de Mesoamérica como lo son: cuchillos de obsidiana, esculturas mayas, pelotas de hule sólido, máscaras de jade y turquesa, vasijas de barro pintado, estatuillas y algunas joyas de oro provenientes de Oaxaca. Aun hoy día con día se siguen revelando grandes conocimientos y descubriendo nuevos objetos, mismos que pueden ser observados en el Museo del Templo Mayor ubicado junto al sitio.
 
La primer pirámide aunque humilde porque fue construido con lodo y madera, marcó el principio de lo que con el tiempo sería uno de los edificios ceremoniales más famosos de su época. Uno a uno los gobernantes de México-Tenochtitlán dejaron como testimonio de su devoción una nueva etapa constructiva sobre aquella pirámide, y si bien las obras sólo consistían en ado­sar­le taludes y renovar escalinatas, el pueblo podía constatar el poder de su gobernante en turno y el engrandecimiento de su dios tribal, el victorioso dios-sol de la guerra.

Los conquistadores españoles sólo conocieron la última etapa constructiva del Templo Mayor, efectuada durante el reinado de Moctezuma Xocoyotzin, y se admiraron de la majes­tuo­sidad y gran altura que poseía ya el sagrado edificio. El edificio alcanzaba los 82 metros por lado y 45 metros de altura. Su fachada se o­rien­taba hacia el poniente, por lo que en ese lado de la pirámide se hallaba la doble escalinata enmarcada por cabezas de serpiente en actitud amenazante. En la parte superior de las alfar­das se ubicaban los braceros, donde ininterrumpidamente debía permanecer encendido el fuego sagrado.
 
El Templo Mayor fue el centro absoluto de la vida religiosa mexica, esto es, la de los aztecas de Tenochtitlán y representaba no sólo la marca visible de un vasto conjunto sino el centro cósmico de un universo que requería de sacrificios humanos para mantenerlo. Consistía en una doble pirámide dedicada a los dioses Tláloc (dios del agua y la lluvia, base del ciclo agrícola) y Huitzilopochtli (dios de la guerra, patrocinador de conquistas y tributos.  Los templos gemelos coronan la base piramidal y reflejan la antigua y persistente visión cosmológica de una serie de oposiciones coincidentes, entre ellas: cielo-tierra, sequía-lluvia, solsticio de verano-solsticio de invierno y los cultos a los dioses Tláloc-Tlatecuhtli  y Cihuacóatl-Coatlicue Coyolxauhqui.

A la entrada de los adoratorios del Templo Mayor había unas vigorosas esculturas de hombres en posición sedente, cuya misión era sostener los estandartes y las banderolas hechas de papel amate que evocaban el poder de los númenes patrones. Ya en el interior de las sacras habitaciones, protegidas de la luz por unas piezas de tela a manera de cortinas, se encontraban las imágenes de las deidades.

Sabemos que la escultura de Huitzilopochtli se modelaba con semillas de amaranto, y que en su interior se colocaban unas bolsas que contenían jades, huesos y amuletos que le daban vida a la imagen. Para amalgamar las semillas de amaranto, éstas se mezclaban con miel y sangre humana. El proceso de confección de la fi­gura, llevado a cabo anualmente, concluía con su vestido y ornamentación mediante tocados de plumas y textiles muy elabo­rados, y con la colocación de una máscara y un colgante de oro que daban su identidad a la efigie del dios solar.
 
Precisamente, durante las fiestas del mes indígena de Panquetzaliztli, dedicado al ceremonial de Huitzilopochtli, el clímax de la fiesta consistía en la repartición del cuerpo de amaranto, miel y sangre entre todo el pueblo; su ingestión representaba la comunión con la deidad y estrechaba el vínculo entre el hombre y sus creadores, ceremonia similar a la comunión de la religión católica.
  
Además en el recinto del Templo Mayor confluían los aspectos más importantes de la vida política, religiosa y económica de los mexicas, esferas inseparables de su mitología, así aquí tenían lugar desde las fiestas que el Tonalpohualli marcaba hasta la entronización de tlatoanis y funerales de viejos gobernantes.
 
Dado que el panteón indígena era muy amplio, pues se divinizaba a cada una de las fuerzas de la naturaleza, poco a poco el espacio sagrado alrededor de la pirámide doble se fue poblando con numerosos edificios que sirvieron de aposento a dichas deidades.
 
A principios del siglo XVI el recinto sagrado abarcaba una gran extensión de aproximadamente 400 metros por lado, y para separarlo de la zona habitacional, según lo han constatado los arqueólogos, se construyeron largas plataformas con múltiples escalinatas ubicadas armónicamente. El recinto contaba con tres accesos mayores, a manera de entradas, en sus lados norte, oeste y sur; de ellos salían las principales calzadas que conectaban a la ciudad con tierra firme.

Otros templos notables eran los dedicados a Quetzalcóatl (héroe-dios portador de la civilización) y Tezcatlipoca (dios que hace y cambia las cosas y los destinos) o el templo de Ehécatl (dios del viento). También se encontraban los recintos sacerdotales y los colegios para nobles como el Calmécac (sacerdotal) y el Telpochcalli (guerreros).

Precisamente en el espacio que hoy ocupa la Catedral Metropolitana, en la esquina suroeste del recinto, se ubicaban algunos basamentos pi­ramidales de diversos tamaños, destacando por su importancia aquel donde se rendía culto al Sol naciente; el edificio estaba decorado con grandes representaciones de chalchihuites o jades que simbolizaban el preciosismo del astro y su misión de iluminar los cuatro rumbos del universo; por esa razón su fachada miraba también hacia el oriente.

Un lugar especial en el recinto sagrado lo ocupaba la cancha del juego de pelota, el Huey Tlachco, situado frente a la entrada poniente; ahí se practicaba este deslumbrante deporte ritual donde se presagiaba el movimiento del Sol por el firmamento; el edificio consistía en un patio con dos cabezales y un pasillo central, cuya planta se asemejaba a la letra "I". A los lados norte y sur del patio estaban los taludes, con sus respectivos anillos de piedra por donde tenía que pasar la pelota.

Durante la celebración del juego -lla­mado ulama porque la pelota estaba hecha de hule-, los jugadores, que adquirían un carácter astral, golpeaban el esférico con las caderas. El propósito de esta popular práctica, a la que frecuentemente asistía el tla­toa­ni junto con la nobleza y en ocasiones el pueblo, consistía en ­recrear el movimiento del sol, simbolizado en la pelota, por el firmamento. Cuando ocurría un movimiento contrario, el juego se detenía y se decapitaba a un jugador, con lo cual se evitaba la inminente destrucción del universo.
 
Otras construcciones, eran el Calmécac, conjunto palaciego que funcionaba como escuela para los hijos del estamento nobiliario, donde se preparaba a los futuros funcionarios del gobierno, a los supremos sacerdotes y a los grandes dirigentes de la milicia; el curioso templo manantial consagrado al culto de la diosa Chalchiuhtlicue, patrona del agua del ámbito terrestre; y el espacio dedicado a los festejos de Mixcóatl, el patrono de la cacería, donde se recreaba un parque con rocas y árboles, en los que se ataba a las víctimas cubiertas con pieles, semejando animales.
 
En la actualidad todas esas estructuras, lamentablemente se encuentran enterradas bajo los palacios y edificios coloniales existentes, pero gracias a las excavaciones del Templo Mayor se puede apreciar en el  lado norte, el Palacio de los Guerreros Águila, formado por restos de estructuras decoradas con representaciones de procesiones de guerreros y otros elementos de tradición tolteca,  y en el sur, un conjunto aún no identificado que probablemente se trate del Palacio de los Guerreros Jaguar.
 
También se pueden apreciar algunos basamentos al sureste del área, así como el Tzompantli, que era un adoratorio formado por un muro de cráneos.

Para entender un poco la historia de estos pueblos prehispánicos debemos remontarnos 20, 000 años atrás cuando aparecieron los primeros pobladores en la zona central del altiplano mexicano, como lo demuestran los restos encontrados en Tlapacoya y Tepexpan, aunque la principal vertiente de la civilización mesoamericana provino de la región del Golfo de México, conocida con el nombre genérico de olmeca.

Dentro del Valle de México destacan los restos encontrados en Tlatilco, fechados entre el 1,500 AC y el 500 AC. Asimismo entre el año 500 AC y el primer siglo de nuestra era fueron Copilco, Tetelpan y Cuicuilco. Este último destacado por la pirámide circular cubierta por la erupción del volcán Xitle en el siglo I.

Entre el año 100 y el 900 de nuestra era florecieron en el área central de Mesoamérica diversas culturas y asentamientos que poco a poco fueron dominados por la ciudad de Teotihuacán (a 50 km al noreste de la Ciudad de México). En esta época se consolidó una estratificación social y una extraordinaria planificación urbana con reglas arquitectónicas definidas y artes ligadas al complejo culto religioso y la vida cotidiana. Estas sociedades basaron su desarrollo en una agricultura planificada, comercio internacional y apoyo militar.

Sin embargo, entre los años 650 y 900 la ciudad pierde prominencia y cede su lugar a otras tales como Xochicalco, Cacaxtla y Cholula. El sitio hegemónico de corte imperialista que tuvo Teotihuacán es retomado por los toltecas cuya cultura trascendió a las vicisitudes militares y los cambios políticos que llevaron a la caída de la ciudad de Tula en 1168. Son ahora grupos nahuas provenientes del norte quienes establecen los reinos acolhua, chichimeca y tepaneca, dominantes en la zona de los valles centrales y los lagos. El legado tolteca es asimilado y desarrollado por estos grupos quienes fundan Tenayuca, Texcoco y Tlacopan.

Es hasta el siglo XIII cuando llega a la zona, proveniente de Aztlán (sitio tal vez mítico) el grupo mexica cuyo dios tutelar Huizilopochtli (Zurdo Colibrí) representa un carácter austero y guerrero. Conducidos por el sacerdote Tenoch, luchan contra los pueblos establecidos para conseguir un sitio en las riveras de los lagos. Hacia 1299 se establecen en Chapultepec, lugar privilegiado por su posición estratégica y recursos naturales, pero son expulsados por los acolhuas hacia un islote en el lago.

Es allí donde concluye la peregrinación secular de los mexicas; la señal para ello fue la visión de un águila devorando una serpiente sobre una planta de nopal que crecía sobre un islote. Fue así como se funda la ciudad de México-Tenochtitlán el 8 de junio de 1325.

La intensa actividad de los mexicas y el contacto con diversos pueblos de la región les permitió asimilar diversos conocimientos y expresiones culturales. En un período de tan sólo doscientos años lograron someter a pueblos vecinos, construir una ciudad extraordinaria y llevar su presencia a lugares tan lejanos como el Soconusco (Sur de Chiapas). Esta expansión se logró bajo la dirección de insignes gobernantes como Izcóatl, Moctezuma I, Axayácatl, Tizoc, Ahuízotl y Moctezuma II, de los disciplinados grupos de guerreros-águila y guerreros-jaguar y de los hábiles comerciantes. Hoy pueden verse esculpidas en piedra o pintadas en códices los nombres de muchos pueblos sometidos a tributo por los mexicas.

El recuerdo de Aztlán (ciudad-isla) es ampliado y consolidado empleando los antiguos modelos de Teotihuacan y Tula: orientación astronómica de los ejes de la ciudad y un recinto ceremonial al centro. Este complejo estaba delimitado por un muro (coatepantli) dentro del cual se encontraban los principales edificios. 

La pequeña isla, ampliada mediante un sistema de relleno y parcela llamado chinampa, daba origen a pequeños canales que servían a gran número de casas, palacios, templos, un zoológico completísimo, plazas, mercados y acueductos. Toda esta infraestructura contenía una organización social y política organizada en Calpullis (comunidades productivas) reunidos en parcialidades: Azacoalco por el noreste, Zoquipan por el sureste, Moyotla por el suroeste y Cuepopan por el noroeste. La ciudad mantenía una intensa relación con el resto del valle mediante enormes calzadas de puentes y represas: hacia el poniente la de Tlacopan, hacia el sur la de Xochimilco y hacia el norte la de Tepeyacac, así como bulliciosos embarcaderos. El tráfico de productos que llegaban a la ciudad por canoa y carga humana llenaban los tianguis (mercados), que en el caso de Tlatelolco ofrecía toda clase de productos.
 
Los lagos, que recibían cargas de agua dulce y salobre no permitían el consumo humano de agua potable, por lo que los mexicas emprendieron la construcción de un acueducto que traía el líquido de los manantiales de Chapultepec. Para contener el ascenso de las aguas se construyó un dique para las provenientes del lago de Texcoco.
 
La ciudad de México-Tenochtitlán y el conjunto de pueblos del Valle mantenían una vez más la relación simbiótica entre el mundo rural y el urbano que se fue definiendo desde los olmecas y establece su carácter hasta nuestros días. Para 1519 la ciudad poseía el refinamiento y la magnificencia de las más importantes urbes del mundo.  Con el paso del tiempo este deslumbrante conjunto arquitectónico ceremonial sufrió el terrible destino al que los propios mexicas habían condenado a muchas de las capitales indígenas: fue destruido a sangre y fuego por los conquistadores españoles.
 
Después de la total rendición de la capital tenochca ocurrida el 13 de agosto de 1521, Cortés ordenó la demolición de lo poco que aún se mantenía en pie, para construir sobre las ruinas los cimientos de la capital de la futura Nueva España. No obstante, no deja de asombrarnos cada vez que, por azar o necesidad, surge alguno de sus fragmentos de las entrañas de la actual Ciudad de México


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