22 AGOSTO ’07 (miércoles): MENDOZA, con Enrique y María.Me desperté antes de amanecer. Logro saber que circulamos por San Rafael, miro el mapa para tantear cuánto falta todavía.Esclarece un nuevo día, hace ya tantos que salimos de casa y han sido tantas las vivencias acumuladas que tendremos que poner orden a la vuelta. Me alegro de contar con este diario, en el que ahora escribo, porque será de gran ayuda. El paisaje ha cambiado radicalmente, se vislumbran grandes extensiones de viñedo y bastantes árboles por donde transitamos ahora. A la izquierda, lejanas, se dejan ver las montañas encadenadas y sus cimas blanquean con los primeros rayos de sol.Llegamos a Mendoza pasadas las 8 de la mañana. En la terminal nos esperan Enrique y María, nuestros anfitriones, que no veíamos desde agosto de 1998, cuando vinieron a visitarnos. Durante estos años hemos mantenido contacto telefónico y por correo. Nos fundimos en un gran abrazo, fue un encuentro muy afectuoso. Ellos lo tenían todo previsto y preparado, incluso se tomaron dos días libres para dedicarlos a nosotros. Una vez en su casa, nos instalaron en la mejor habitación, nos agasajaron con un sabroso desayuno que saboreamos al calor de una grata conversación, recordando nuestros encuentros. Delicioso. Luego paseamos el centro de la ciudad, que es muy extensa, como todo en este país. Anduvimos por el parque San Martín, grandioso y frondoso a pesar del frío invierno, recorrimos las avenidas principales y subimos hasta el Cerro de la Gloria para ver de cerca el monumento dedicado al ejército de los Andes y contemplar, desde aquella altura, una buena panorámica de la ciudad.
A la vuelta paramos en una agencia de viajes, María se encargó de arreglar todo para poder hacer una excursión, al día siguiente, a la zona montañosa del Aconcagua que transcurre por la ruta que lleva a Chile.Por la tarde recorrimos las alamedas arboladas que hay en la zona donde viven y saludamos a sus amigos y vecinos, todos entrañables y muy atentos. Es una ventaja poder hablar el mismo idioma.Nos obsequiaron con un asado estupendo de buena carne y un excelente postre hecho con dulce de leche, tengo que reconocer las dotes culinarias de María que tanto amor le pone a la cocina.
La velada fue larga, charlamos todo y más y reímos al calor de buen vino, por algo estamos el la zona que los produce. 23 AGOSTO ’07 (jueves): MENDOZA. Hasta la frontera con Chile. María convino todo para que hiciésemos esta famosa ruta montañosa, ellos nos acompañaron porque hacía ya varios años que no pasaban por allí. Exigió en la agencia un tour privado con un experimentado chófer-guía, parece que conoce al personal que trabaja en la oficina. Pasó a buscarnos a la hora convenida, estaba amaneciendo, dejamos la ciudad despertándose todavía. Tomamos la carretera que conduce a la frontera. Vamos por la ruta norte que pasa por Villavicencio hasta Upsala, allí hacemos un alto en el camino para tomar un café y estirar las piernas. Poco que destacar de la población, otra cosa es el paisaje que la envuelve, un oasis de árboles desnudos que seguro lucirán cuando llegue la primavera.
Seguimos entonces por una ancha ruta que comienza a ascender, pasamos junto a una solitaria edificación plana y extensa rodeada de multitud de camiones, allí hay que parar si se quiere pasar a Chile para formalizar el papeleo. La carretera sigue ascendiendo custodiada por dos cadenas montañosas, frente a nosotros, a la izquierda, se dibuja una ladera en la que sobresalen unos picachos que ha labrado la erosión y que desde lejos parece que sean monjes orando: “Los Penitentes”. Abajo hay una pequeña población plagada de hoteles y restaurantes que dan cobijo a los turistas que visitan las pistas de esquí, parece que aquí están las mejores del país. Poco más arriba está el Puente del Inca, que dejamos para visitar a la vuelta, y cerca el “Cementerio de los Escaladores o Alpinistas”, allí reposan algunos de los que no pudieron alcanzar la gloria en el Aconcagua.
Por el camino transitan muchos camiones de gran tonelaje. En una curva nos encontramos de frente a uno que viene adelantando a gran velocidad y que ha invadido nuestro carril. Gracias a nuestro experimentado chófer que tuvo el reflejo de dar un volantazo y salirse de la calzada rozando una señal de tráfico creo que, ahora, puedo contároslo. Nuestro corazón se llevó un gran susto y tardamos un buen rato en recuperarnos. Ya más tranquilos, seguimos haciendo poco a poco camino hasta llegar a Las Cuevas y a la boca del túnel que hace de paso fronterizo. A la vuelta paramos en el inicio de la pista que asciende hasta Cristo Redentor, aunque ha pasado la quitanieves no nos atrevemos a pasar por temor a encontrar hielo. Volvemos hasta el Puente del Inca para disfrutar durante un rato de la maravillosa estampa de colores de este paso natural sobre el río Mendoza. El pico del Aconcagua no se ve, lo tapa la niebla. Descendemos a Uspallata para degustar comida típica de la zona: choto con papas, ensalada, postre y cafés por 130A.R.S. (los cuatro). De vuelta a Mendoza pasamos entre grandes extensiones de viñedo, es el camino sur que pasa por Tupungato y Cacheuta. Una vez en la ciudad, María hace parar al señor en la puerta de una librería, nos regala un libro: “El Conquistador” de Federico Andahazi. En todos nuestros encuentros hemos intercambiado libros porque somos muy aficionados a la lectura. Por fin llegamos a casa, sanos y salvos. Alistamos el equipaje, María se sorprende de que sea tan escaso, y pasadas las 7 de la tarde nos vamos a la terminal para tomar el bus de la empresa ANDESMAR que nos llevará a Salta tras la noche a bordo. Nos despedimos de nuestros amigos con la promesa de ir a verlos a Portugal la próxima vez que vengan a visitar a su familia. Muchas gracias por todo, un beso grande para Enrique y María.