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En vivo desde el Caribe Sudamericano

Escribe: Alcione2
Nuevamente viviendo el privilegio de estar sumergido en un mundo distinto, con tantos elementos y situaciones que dicen tanto de tantos, con miles de cosas para ver, con el esfuerzo agradable de vivir interpretando en vivo acontecimientos inesperados, paisajes extraños, ciudades irrepetibles; con el contraste tan agudo entre la sensación de extrañeza y la de pertenencia que sólo se puede alcanzar viajando.

 

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Ciudad Bolívar, ciudad de contrastes

Ciudad Bolívar, Venezuela — domingo, 5 de febrero de 2012

La selva protagoniza estos capítulos del viaje, junto con los monos y las transformaciones sociales. Vaya mezclita; el encanto de las ciudades principales del Estado Bolívar es que todas esas cosas se encuentran palpitando al mismo tiempo y en el recorrido se presentan casi como en una película de ficción.

En Ciudad Guayana hay un zoológico en los que los monos polulan por todas partes tan libres como si fueran adultos responsables. Y lo que son en realidad es una sociedad distinta a la nuestra (aunque no tanto), compuesta por individuos a los que, entre otras cosas, les encanta estirar la mano para pedir, igual que a otros que viven en una isla que ahora es parte del recuerdo. A la entrada misma, doblando a la derecha, ya aparece en medio del sendero un mono mirando, escaneando con la vista mejor dicho, de arriba a abajo haber si el turista trae algo dulce para convidar. En caso de ser positivo, aparecen parte de la familia o los amigos del primate, y se ponen a mirar de lejos, a estudiar atentamente la situación.

Más adelante hay jaulas para otros animales que si los dejaran libres emprenderían el vuelo o se comerían a la gente. Los guacamayos bandera llevan ese nombre por tener los colores de la bandera venezolana, y son otro caso. Estudian menos la situación y cuando un visitante les ofrece algo que huele a rico, se arrojan a la primera contra la reja y se pelean a veces entre ellos, se despluman. Al ver tanta violencia por un pedacito de algo, pareciera que tuvieran el vicio de lo dulce o lo salado metido en el cuerpo y estuvieran prisioneros de él.

Los monos se pasean por todas partes. Persiguen a los turistas, conversan, se despiojan y siguen persiguiendo a los turistas. A veces, por una galleta agarran la cola de su rival para sobrepasarlo y llegar a alcanzarla. A uno de ellos, que no se diferenciaba en casi nada de su aspecto físico, misteriosamente no sólo no lo molestaron si no que le abrieron camino y lo dejaron pasar. Ése no estiró la mano, si no que se arriesgó y se arrojó sobre la galleta.

Hay un cocodrilo viejo y enorme, que parece camuflado entre tanta hierba y pasto, una pareja de tigres y otras aves muy grandes y coloridas en un ambiente medio selvático medio sabana. Desde los árboles, algunos monos arrojan cosas a los turistas: esos violentos son los mismos que no dejan que avance la sociedad mona...

Y entre todos ellos las aguas del río Caroní. Siguiendo la línea del Orinoco se puede llegar a Ciudad Bolívar. El Orinoco aquí es el señor de los ríos; tiene menos agua que el Amazonas y el Zaire, y más que todo el resto de los ríos del mundo. Como se que por aquí también se anduvo buscando El Dorado, le pregunté al dueño de la casa donde me hospedaba: “¿la gente todavía anda buscando El Dorado?” Contó que hace poco “hubo una bulla”, se encontró cuarzo, y la gente partió a la aventura, y que hace apenas unos meses “murieron 50” por luchas entre bandas rivales. Después me dijo que en cierta forma, cuando él se vino de su natal Alemania, también buscó oro...

Durante mucho tiempo subieron por este río las expediciones que intentaban encontrar ciudades construidas de oro sólido o lo que quiera que sus imaginaciones les hicieran creer; a veces no volvían ni la mitad de los que partían, y con las manos vacías y un hambre enloquecedora. Aún así pasaba un tiempo y volvía a partir otra expedición, no se sabe cuantas veces ocurrió eso, son incontables las expediciones.
Para llegar a Ciudad Bolívar se puede tomar la línea de buses estatales. Quienes hayan estado toda su vida escuchando que todo lo estatal es malo e ineficiente se llevarán una sorpresa al ver que los mismos comerciantes que están del lado afuera del zoológico dicen que no hay que ir hasta la terminal grande a tomar un bus de empresas privadas porque son más caros y desorganizados.

En la terminal de los buses estatales todo funciona con normalidad. No hay gente rascándose. Todos realizan el trabajo que les corresponde. Está limpia y ordenada. No sé qué tiene de utópico. Es la única línea de buses que he tomado en muchísimos años que de verdad partió a la hora que dijo que iba a partir, y hay buenos comentarios sobre otra empresa estatal que realiza viajes interprovinciales, pero es difícil conseguir pasajes, que en estas empresas está a mitad de precio, es decir, a su precio real, el resto es propio de las economías y de las actitudes de acumulación. Sin embargo, deben tener problemas, son organizaciones humanas, pero también los tienen las empresas privadas... ¿ya les conté que en todo este tiempo en Venezuela nunca he escuchado hablar ni he visto una noticia acerca de choques que involucren buses? ¿cuántos van en Chile?

El bus llega a la parte alta de Ciudad Bolívar, no deja en el centro porque no hay terminales en el casco histórico. Esta ciudad está en la misma zona que Ciudad Guayana, es decir, está obligada a luchar contra la selva, pero ahora no estoy sintiendo los ruidos de la otra noche porque en Ciudad Guayana, se me olvidó contarlo, estaba hospedándome en la penúltima calle del último suburbio, es decir, estaba casi en el límite entre la selva y la ciudad. En la parte alta de Ciudad Bolívar donde deja el bus, corría un viento que no era cálido, si no caliente, un viento que quemaba, mientras que en la parte baja, bordeando el río Orinoco, corría un viento fresco, casi frío. Era una especie de premonición de lo que sería esta ciudad de contrastes. A un lado está la ciudad antigua, la que antes era llamada Angostura, con calles que suben y bajan sin sentido alguno, al frente, cruzando el Orinoco, es otra región, es la Sabana de los llanos, es toda una llanura que empieza al borde del río y termina en la Cordillera de los Andes de Colombia y Venezuela, pero a la tierra se le ocurrió levantar un plegamiento que no deja ver nada para allá.

El otro contraste es el que se da entre lo bien conservado que está el casco histórico y la basura que, a partir de una cuadra de él, se encuentra desparramada por todas partes. Es la ciudad más sucia que he visto, el centro y la periferia están igual de sucios. Hay algunos carteles que dicen “no al dengue” y advierten sobre los peligros de botar basura en la calle, pero no le hacen caso.
Ni bien acababa de llegar, ya me advertían de lo insegura que es esta ciudad. El dueño alemán de la posada dijo que la semana pasada hubo 5 secuestros express, que los cines se fueron porque hubieron asesinatos adentro, y que hace poco a una persona le dieron decenas de tiros. La posada está al frente de la Plaza Bolívar, que es la plaza principal; se encuentra en una edificación antiquísima, y medio en broma medio en serio le pregunté si acaso no le habían dicho que Bolívar durmió en esa edificación 5 minutos y por eso ahora el Estado lo iba a expropiar... sucede que en Caracas pasó que frente a la Plaza Bolívar de allá había una casa donde el Libertador vivió unos meses con su esposa, y otros lugares donde había pasado algo histórico, por eso Chávez dijo en un programa en vivo que quería construir un gran complejo para revalorizar el patrimonio de Caracas, y decía “exprópienme” tal lugar, “exprópienme” tal otro, y los dueños se iban enterando así de su destino.

El dueño de la posada aquí en Ciudad Bolívar decía que es muy peligroso salir después de las 7 de la tarde, que todo estaba cerrado y nadie caminaba ni pasaban autos después de esa hora.
Y en medio de todas esas malas noticias, en la calle circulan también micros urbanas con el maravilloso símbolo de los dos pinos, el símbolo de las cooperativas, que inventaron la “ruta socialista” ofreciendo precios más justos y aliviando un poco la vida de quienes hacen determinados recorridos.

Se puede ver más gente bebiendo alcohol en la calle en esta ciudad que en todas las anteriores juntas. Ya ven como se van juntado cosas buenas y malas párrafo tras párrafo. Como en todas partes están esos carros que venden sandwichs y hot dogs y tienen esos 15 o 20 envases de salsas distintas para condimentarlos, pero la cerveza es omnipresente. No hace falta mucho para ser un tratante en cervezas en Ciudad Bolívar, sólo meter hielo en una bolsa junto a montones de botellas, pararse en alguna parte y pronto llegan 5 o 6 personas con sed. Y beben de la mala, de esa cerveza-ficción que en vez de volverte elocuente te vuelve tonto.

Después de las 7 de la tarde casi no hay gente en la calle. La Plaza Bolívar estaba impresionantemente sola; es la plaza central y no se ve un alma por ninguna parte. Todas las luces de la plaza están prendidas, pero nada. Las calles coloniales, llenas de movimiento unas horas antes, hermosas a la luz del sol, parecen meros callejones en la noche y se podría jurar que se está en el siglo XIX. Algunas están muy mal iluminadas, y se asemejan en realidad a una puesta en escena, un escenario de una película que fue abandonado y dejado tal cual. Lo único que se movía en varias cuadras era un gato que caminaba asustado, mirando para todos lados.
En otras cuadras, a dos o tres de la plaza, algunas casas tenían varias luces prendidas y algunas familias y negocios estaban con las puertas y ventanas abiertas... detrás de las rejas.

Las micros circulan hasta las 6 o 7 de la tarde; después de esa hora, te miran con extrañeza si preguntas donde pasa tal microbús. Hay zapatillas colgadas de los cables de la luz a una cuadra de la Gobernación.
De día, los residentes de esta ciudad golpean con fuerza la mesa cuando quieren ser atendidos en los locales comerciales, aunque los vendedores están presentes por ahí cerca; en las micros la gente tiene una extraña forma de decir que se baja en la próxima esquina: golpea con mucha fuerza sus manos, tanto que puede asustar al desprevenido. Así el chofer sabe que debe detenerse. Y los mismos que así proceden, que quizá hace unos minutos tomaban cerveza de la mala, hasta de a cuatro se deshacen en explicaciones, con toda amabilidad, sobre donde está el terminal, la Plaza Bolívar o el Paseo Orinoco, donde hay que bajar, para donde caminar...

La Plaza Bolívar, aquella que está vacía después de las 7 de la tarde, es uno de los lugares más significativos del mundo. Por aquí caminaban de un lado para otro quienes le creyeron a Bolívar a pesar de que él hablaba de lo imposible, de lo que nadie jamás podría haber imaginado. Después de tantos años de sufrir él, su familia y sus amigos en la lucha por la independencia, después de seguramente haber dudado si el terremoto de verdad no quería decir que Dios estaba en contra de sus proyectos, después de la violencia contra los patriotas en Cumaná, después de buscar ayuda en Porlamar y las islas del Caribe, ahora había que realizar una de esas grandes expediciones, una de esas epopeyas capaces de elevar la moral y el amor propio de quienes no tenían ni rastro de integridad y transformar a los simples y los buenos en héroes de naciones. Había que convencer a esos llaneros, a esos pastores ganaderos que viven en los llanos, al otro lado del río Orinoco, de que se sumaran a la causa patriota, juntarlos con la ya casi mítica “Legión Británica”, para que fueran luchando desde aquí, atravesando los llanos, subiendo la Cordillera de los Andes por terrenos de un metro de ancho, se congelaran, hambrearan, despedazaran y continuaran atravesando montañas durante años. La aventura heroica terminó a los pies del Cerro Rico de Potosí, a miles de kilómetros, después de haber conseguido la independencia definitiva de 5 naciones. Y todo empezó aquí, en Ciudad Bolívar, la antigua Angostura, en una plaza llena de gente en los días de la organización de esa expedición imposible, de la organización de lo irreal.

Frente a esa plaza está la “Posada Amor Patrio”, donde es un gusto hospedarse. Es una casona que quizá nadie sepa cuantos años tiene. En la pieza, como si fuera un mueble más, hay una piedra que... bueno, mejor estar seguros...
Es muy notable el estado en que se encuentran los museos en Venezuela, casi se podría decir inmaculados museos, muy a tono con un gobierno que dice importarle más la cultura que las torres de cristal. A la luz del sol algunas paredes literalmente brillan relucientes emanando beatitud, demostrando que hay mucha gente que ama lo que hace. La casa donde se realizó el Congreso de Angostura, en el que Bolívar decretó que las primeras necesidades de las naciones que iban a nacer eran la moral y las luces, antes de partir en aquella expedición imposible, es ahora un museo que parece un santuario pintado de blanco. Con sus puertas abiertas y su entrada Libre y gratuita, en el recuerdo queda como si fuera un edificio inmaterial que flota en el aire.

También está a unas cuadras del centro la Hacienda de San Isidro, donde Bolívar vivió a su paso por esta ciudad. La casa está tan bien tratada como la del Congreso de Angostura. En sus amplios alrededores se necesitarían muchos funcionarios para mantener la selva en sus cabales; ciertamente, la selva crece a sus anchas pero no invade el santuario de las ideas del Libertador.
En la hacienda se pueden ver árboles que se han caído, se están pudriendo y fertilizan la tierra de donde surgieron, y donde seguramente surgirá otro árbol después. A veces se puede pensar que se está subiendo una pequeña loma de terreno pero en realidad son montones de hojas, tantas que se puede caminar encima de ellas sin hundirse; otros árboles caídos más recientemente aún pueden servir de puente para cruzar lo que ahora son pequeñas corrientes de agua pero que en época de lluvias aumentan su caudal. Y así la selva, como en Ciudad Guayana, lucha aquí también por ganarle espacio a la humanidad.

En esta ciudad de contrastes, la gente come sentada en los puestos callejeros como en cualquier otra de Venezuela, y como en cualquier otra, en cualquier momento aparecen unos motoristas que conducen con violencia y arrogancia, y llegan gritando “¡mototaxi a la orden! en lo que en vez de un ofrecimiento más parece una amenaza, mientras ahí mismo en la plaza un grupo canta su amor a Jesús.
Sobre la violencia en la ciudad hay versiones encontradas, los chavistas dicen que no es tan alarmante, que como en todas las ciudades hay barrios inseguros; los antichavistas dicen que es terrible y que no se puede vivir.
Los que no están tan a favor o en contra del gobierno dicen que la violencia ha aumentado, tal como indican las estadísticas, y el hecho de que haya aumentado ya es muchísimo decir.

Es el discurso violento del Presidente Chávez, las ideas de la lucha de clases y el proceder arrogante del gobierno el que da un pésimo ejemplo al resto de la sociedad; así los matones y patoteros de todo tipo sienten que su comportamiento está justificado.

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Últimos comentarios

adelphos dice:
Interesante tu relato sobre Ciudad Bolivar una ciudad que la verdad y tomando en cuenta su importancia historica le hace falta un cariño por parte del gobierno local y nacional pura burocracia y puro bla bla bla y la ciudad que es la capital del estado mas rico del pais y entrada a la Selva y sus bellezas hecha un desastre
Publicado

Alcione2 dice:
Lo que molesta es la basura y la delincuencia; el gobierno debería hacer más por controlar esta última, pero de la basura tienen la culpa los habitantes.
Publicado

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