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Chiquián: tras las huellas de una leyenda
Escribe: Nalo
LA LEYENDA DE LA CCANTUHUAYTAPor: Nalo Alvarado BalarezoAquel día salí a las 9 de la mañana de Chiquián con uno de los camiones de la familia para pasar mis vacaciones en Tupucancha. Una hora...
Capítulo 1
Chiquián: tras las huellas de una leyenda
Chiquián, Perú — viernes, 24 de marzo de 2006
LA LEYENDA DE LA CCANTUHUAYTA
Por: Nalo Alvarado Balarezo
Aquel día salí a las 9 de la mañana de Chiquián con uno de los camiones de la familia para pasar mis vacaciones en Tupucancha. Una hora después ya estábamos cargando reses en el paraje de Mojón. Culminado el embarque proseguimos por la encalaminada Pampa de Lampas arribando a Conococha al mediodía.
En el pequeño poblado almorcé trucha frita con el chofer Teobaldo Padilla (Pecho), el dueño de las reses Teobaldo Suárez y el ayudante Baldomero Balarezo (Hualu). Este último me obsequió un tucumán de lana que me puse en su presencia como muestra de agradecimiento.
Después del ligero almuerzo bajé mis pertenencias del camión, que continuó su marcha hacia la costa. Equipaje al hombro empecé el descenso caminando lento por una inclinada explanada de lajas de piedra que bordeaba la laguna de Conococha. Luego trepé con mucha dificultad un sendero empinado hasta coronar la parte más alta de la accidentada ruta (4,150 m.s.n.m.). Allí me puse a descansar.
En este desolado paraje donde es muy difícil que sobreviva el mal, el frío ingresaba a mi piel atravesando la tupida trama del poncho y la ropa gruesa que llevaba puesta, como queriendo "darle la contra" al sol que derramaba sus rayos sobre el hirsuto pajonal. Sentado sobre una roca me puse a contemplar la inmensidad de la llanura, desde donde la trilogía de gigantes: Cielo, agua y tierra, me hacían sentir una vez más la fuerza inconmensurable de la puna.
Ya llevaba un cuarto de hora descansando, cuando de pronto se oculto el sol y la neblina empezó a descender acariciando los cerros cubiertos de paja y rocas calvas que le daban un aspecto misterioso al vaporoso paisaje. Al cabo de unos minutos me sentí flotar sobre un inmenso vellón blanco por lo que me puse de pie y apresuré la marcha siguiendo con la mirada las huellas dejadas por las recuas de carga. Qué lejos quedó la mañana cuando desde Mojón seguí con la vista perdida el paso de las nubes viajeras sobre los glaciares del Tucu Chira -pensé, al no poder observar nada a través de la densa neblina.
Ya cuando iba a medio camino sentí sed y bebí un par de sorbos de agua que a mi paso por la laguna envasé en una botella. Nunca imaginé que este líquido elemento supiera tan delicioso en circunstancias tan hostiles. Después de una hora de orillar los cerros cubiertos de ichu y los pelados roquedales de Shajsha, por fin pude apreciar a un kilómetro de distancia la silueta de la manada de Tupucancha con sus grandes corrales pircados con piedra, paja y tierra, sus paredes blanqueadas con cal y sus tejas rojas que la llenaban de vida.
Faltando cien metros para llegar a la casa, corrieron a mi encuentro dando ladridos los perros pastores "vilka" y "zambo", viejos amigos a quienes no veía desde hacía diez meses. En momentos que uníamos nuestros latidos con abrazos y lamidos, salió de la cocina mi abuelita Catita, seguida por una joven señora de faldellín negro y dos "niñas" vestidas con polleras de color rojo, y shucuy de pellejo de cordero. Las dos pequeñas tenían los pómulos rojos como manzanas y ondeaban al viento sus trenzas entrelazadas con hilos blancos de lana.
En circunstancias que festejábamos mi llegada con panes y bizcochos que en la mañana me obsequió mi abuelita Victoria en Chiquián, hizo su aparición una "niña" más. Por su estatura pude colegir que se trataba de la mayor. Tenía más o menos mi edad y talla, un metro con cuarenta centímetros, sin tacos. Hasta me emocioné al verla, pero después que su mamá lo llamó Pedro, quedaron regadas mis ilusiones en el piso. Finalmente las "otras dos" también resultaron ser "santos varones". En ese entonces era costumbre en los lares cataqueños vestir a los chiuchis con polleras hasta los diez años, edad en que celebraban el rutuchi o quitañaque (ceremonia ancestral del primer corte de pelo).
Con el ocaso llegó arreando el ganado lanar el pastor Moreno, esposo de la joven mujer y padre de los tres niños. Me dio un fuerte apretón de manos como bienvenida, que por poco hace machihembrar mis diminutas falanges. Luego metimos las ovejas y las reses a los corrales e ingresamos a la cocina para merendar. Como postre les comenté sobre mis compañeros de la escuela primaria N° 378 de Chiquián. Hasta por un momento escuché resonar en mis oídos el agradable eco de las risas de Miguel Barrenechea, Antonio Núñez y Máximo Alarcón, con quienes iba a la hora del recreo a la plazoleta de Quihuillán a trepar hasta blanquear los ojos el asta tubular del monumento a Bolognesi. Cuando concluí mi relato, la mamá de Pedro nos narró esta singular leyenda sobre la "CCANTUHUAYTA", que según nos comentó, aprendió de una ancianita del bello pueblo de Cuspón:
"Cierta vez, una viejecita, a quien de cariño llamaban Pancha, y su nieta, salieron de Roca llevando semillas de papa para venderlas en Matara. Cuando ya estaban cerca al pueblo se sentaron a descansar sobre una piedra. La abuelita se quedó dormida por unos instantes y al abrir los ojos observó a la niña contemplando las lindas flores que orlaban el camino de herradura. Se acercó y le dijo:
-¿Te gustan hijita?, son tan lindas y perfumadas.
-Si abuelita, mira que bello color rojo tienen.
-Ese color es la sangre de una pequeñita como tú, que se marchó de este mundo hace mucho tiempo.
-¿cómo ocurrió aquello abuelita?.
-Hijita, a mi también me contó mi abuelita. Ella decía que hace muchos años, una huerfanita muy bonita fue raptada por un zorro. Sus abuelitos, con quienes vivía, corrieron para relatarle lo sucedido a un joven cóndor que habitaba las alturas de Carhuaspunta. El ave sobrevoló el lugar logrando ver al zorro devorando a la niña. Descendió lo más rápido que pudo y le arrebató los restos de la pequeña salpicando de sangre todo Matara. Con el paso de los días germinaron bellas flores de la cantuta en los lugares donde cayeron las gotas de sangre.
-¿Y que pasó después con el cóndor y el zorro, abuelita?.
-Ah, el cóndor contó lo sucedido a los animales más pequeños de la zona y les aconsejó que se alejaran del zorro. Desde ese entonces vaga solitario por las altas punas al asecho de las ovejas más débiles.
-Una última pregunta abuelita. ¿Y que pasó con los abuelitos de la huerfanita?
-Con ellos, .........".
Cuando nos iba a relatar lo ocurrido con los abuelitos, ladraron los perros y todos salimos al corral de las borregas, temerosos de la presencia de algún zorro. Felizmente se trataba de un comerciante "chilico" que había llegado hasta la manada a pedir alojamiento.
Esa noche me quedé dormido contento de haber hecho nuevos amigos en un rinconcito de la puna, donde el frío cala hasta los huesos; pero también, donde la solidaridad de los seres humanos abriga los corazones haciéndolos convivir como hermanos...
VOCES NATIVAS
Cataqueños: De catac, provincia de Recuay - Ancash
Ccantuhuayta: Flor sagrada de los Incas.
Chilico: Natural de Celendín - Cajamarca - Perú
Chiuchis: Niños
Faldellín: Vestido de mujer del ande peruano.
Matara: Paraje, hábitat de los bosques de ccantuhuaytas
Mojón: Paraje chiquiano, a más de 4,150 m.s.n.m.
Recuas: Burros de carga
Shucuy: Zapatos de pellejo de carnero.
Tucumán: Gorro de lana con orejeras.
Tupucancha: Manada de reses y ovejas (Chiquián - Ancash - PERÚ)
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Por: Nalo Alvarado Balarezo
Aquel día salí a las 9 de la mañana de Chiquián con uno de los camiones de la familia para pasar mis vacaciones en Tupucancha. Una hora después ya estábamos cargando reses en el paraje de Mojón. Culminado el embarque proseguimos por la encalaminada Pampa de Lampas arribando a Conococha al mediodía.
En el pequeño poblado almorcé trucha frita con el chofer Teobaldo Padilla (Pecho), el dueño de las reses Teobaldo Suárez y el ayudante Baldomero Balarezo (Hualu). Este último me obsequió un tucumán de lana que me puse en su presencia como muestra de agradecimiento.
Después del ligero almuerzo bajé mis pertenencias del camión, que continuó su marcha hacia la costa. Equipaje al hombro empecé el descenso caminando lento por una inclinada explanada de lajas de piedra que bordeaba la laguna de Conococha. Luego trepé con mucha dificultad un sendero empinado hasta coronar la parte más alta de la accidentada ruta (4,150 m.s.n.m.). Allí me puse a descansar.
En este desolado paraje donde es muy difícil que sobreviva el mal, el frío ingresaba a mi piel atravesando la tupida trama del poncho y la ropa gruesa que llevaba puesta, como queriendo "darle la contra" al sol que derramaba sus rayos sobre el hirsuto pajonal. Sentado sobre una roca me puse a contemplar la inmensidad de la llanura, desde donde la trilogía de gigantes: Cielo, agua y tierra, me hacían sentir una vez más la fuerza inconmensurable de la puna.
Ya llevaba un cuarto de hora descansando, cuando de pronto se oculto el sol y la neblina empezó a descender acariciando los cerros cubiertos de paja y rocas calvas que le daban un aspecto misterioso al vaporoso paisaje. Al cabo de unos minutos me sentí flotar sobre un inmenso vellón blanco por lo que me puse de pie y apresuré la marcha siguiendo con la mirada las huellas dejadas por las recuas de carga. Qué lejos quedó la mañana cuando desde Mojón seguí con la vista perdida el paso de las nubes viajeras sobre los glaciares del Tucu Chira -pensé, al no poder observar nada a través de la densa neblina.
Ya cuando iba a medio camino sentí sed y bebí un par de sorbos de agua que a mi paso por la laguna envasé en una botella. Nunca imaginé que este líquido elemento supiera tan delicioso en circunstancias tan hostiles. Después de una hora de orillar los cerros cubiertos de ichu y los pelados roquedales de Shajsha, por fin pude apreciar a un kilómetro de distancia la silueta de la manada de Tupucancha con sus grandes corrales pircados con piedra, paja y tierra, sus paredes blanqueadas con cal y sus tejas rojas que la llenaban de vida.
Faltando cien metros para llegar a la casa, corrieron a mi encuentro dando ladridos los perros pastores "vilka" y "zambo", viejos amigos a quienes no veía desde hacía diez meses. En momentos que uníamos nuestros latidos con abrazos y lamidos, salió de la cocina mi abuelita Catita, seguida por una joven señora de faldellín negro y dos "niñas" vestidas con polleras de color rojo, y shucuy de pellejo de cordero. Las dos pequeñas tenían los pómulos rojos como manzanas y ondeaban al viento sus trenzas entrelazadas con hilos blancos de lana.
En circunstancias que festejábamos mi llegada con panes y bizcochos que en la mañana me obsequió mi abuelita Victoria en Chiquián, hizo su aparición una "niña" más. Por su estatura pude colegir que se trataba de la mayor. Tenía más o menos mi edad y talla, un metro con cuarenta centímetros, sin tacos. Hasta me emocioné al verla, pero después que su mamá lo llamó Pedro, quedaron regadas mis ilusiones en el piso. Finalmente las "otras dos" también resultaron ser "santos varones". En ese entonces era costumbre en los lares cataqueños vestir a los chiuchis con polleras hasta los diez años, edad en que celebraban el rutuchi o quitañaque (ceremonia ancestral del primer corte de pelo).
Con el ocaso llegó arreando el ganado lanar el pastor Moreno, esposo de la joven mujer y padre de los tres niños. Me dio un fuerte apretón de manos como bienvenida, que por poco hace machihembrar mis diminutas falanges. Luego metimos las ovejas y las reses a los corrales e ingresamos a la cocina para merendar. Como postre les comenté sobre mis compañeros de la escuela primaria N° 378 de Chiquián. Hasta por un momento escuché resonar en mis oídos el agradable eco de las risas de Miguel Barrenechea, Antonio Núñez y Máximo Alarcón, con quienes iba a la hora del recreo a la plazoleta de Quihuillán a trepar hasta blanquear los ojos el asta tubular del monumento a Bolognesi. Cuando concluí mi relato, la mamá de Pedro nos narró esta singular leyenda sobre la "CCANTUHUAYTA", que según nos comentó, aprendió de una ancianita del bello pueblo de Cuspón:
"Cierta vez, una viejecita, a quien de cariño llamaban Pancha, y su nieta, salieron de Roca llevando semillas de papa para venderlas en Matara. Cuando ya estaban cerca al pueblo se sentaron a descansar sobre una piedra. La abuelita se quedó dormida por unos instantes y al abrir los ojos observó a la niña contemplando las lindas flores que orlaban el camino de herradura. Se acercó y le dijo:
-¿Te gustan hijita?, son tan lindas y perfumadas.
-Si abuelita, mira que bello color rojo tienen.
-Ese color es la sangre de una pequeñita como tú, que se marchó de este mundo hace mucho tiempo.
-¿cómo ocurrió aquello abuelita?.
-Hijita, a mi también me contó mi abuelita. Ella decía que hace muchos años, una huerfanita muy bonita fue raptada por un zorro. Sus abuelitos, con quienes vivía, corrieron para relatarle lo sucedido a un joven cóndor que habitaba las alturas de Carhuaspunta. El ave sobrevoló el lugar logrando ver al zorro devorando a la niña. Descendió lo más rápido que pudo y le arrebató los restos de la pequeña salpicando de sangre todo Matara. Con el paso de los días germinaron bellas flores de la cantuta en los lugares donde cayeron las gotas de sangre.
-¿Y que pasó después con el cóndor y el zorro, abuelita?.
-Ah, el cóndor contó lo sucedido a los animales más pequeños de la zona y les aconsejó que se alejaran del zorro. Desde ese entonces vaga solitario por las altas punas al asecho de las ovejas más débiles.
-Una última pregunta abuelita. ¿Y que pasó con los abuelitos de la huerfanita?
-Con ellos, .........".
Cuando nos iba a relatar lo ocurrido con los abuelitos, ladraron los perros y todos salimos al corral de las borregas, temerosos de la presencia de algún zorro. Felizmente se trataba de un comerciante "chilico" que había llegado hasta la manada a pedir alojamiento.
Esa noche me quedé dormido contento de haber hecho nuevos amigos en un rinconcito de la puna, donde el frío cala hasta los huesos; pero también, donde la solidaridad de los seres humanos abriga los corazones haciéndolos convivir como hermanos...
VOCES NATIVAS
Cataqueños: De catac, provincia de Recuay - Ancash
Ccantuhuayta: Flor sagrada de los Incas.
Chilico: Natural de Celendín - Cajamarca - Perú
Chiuchis: Niños
Faldellín: Vestido de mujer del ande peruano.
Matara: Paraje, hábitat de los bosques de ccantuhuaytas
Mojón: Paraje chiquiano, a más de 4,150 m.s.n.m.
Recuas: Burros de carga
Shucuy: Zapatos de pellejo de carnero.
Tucumán: Gorro de lana con orejeras.
Tupucancha: Manada de reses y ovejas (Chiquián - Ancash - PERÚ)
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