Ceuta-Chefhaouen
Chefchaouen, Marruecos — jueves, 28 de diciembre de 2006
28/12/2006 Ceuta, Sebta, dos nombres para designar un mismo espacio desde dos puntos de vista diferentes, dependiendo de qué lado te encuentres de la frontera. España y Marruecos, Europa y África, dos maneras distintas de entender la vida, de concebir la realidad, el tiempo. Conceptos abstractos que se contraponen y a la vez se complementan. Recuerdo las palabras del palestino Edward Said, en su obra Orientalismo en la que acuña el término de otredad, del otro, el nosotros y el ellos, y de cómo Occidente a lo largo de la historia ha definido su personalidad, su identidad, su carácter en contraposición a Oriente, salpicado de falsos e injustos prejuicios. Como las piezas blancas y negras del ajedrez ¿qué harían las unas sin las otras? Dicotomía blanquinegra.
Aquí se encuentran los viajeros, a punto de traspasar la línea imaginaria –esas líneas geométricas que provocan guerras- que nos separa a nosotros de ellos, a ellos de nosotros, pero… ¿quién es quién? En la verja fronteriza hay gente sobre la loma, esperando el paso de mercancías para cogerlas mediante ingeniosos medios, siempre pendientes de que no aparezca el policía que les lanza piedras para separarlos de la verja, o simplemente parecen estar observando, en cuclillas. La loma tiene pendiente pero allí están ellos anhelantes ante las puertas de Europa y nosotros expectantes ante las puertas de África, del mundo árabe, y con cierto revolotear de mariposas en el estómago.
En la aduana nos mandan de un lado a otro, que si falta un sello, que si el número de bastidor…Tras los consejos de Majo y Nacho comprendemos que estamos ante una nueva realidad. Se nos acercan amablemente para ganarse una propina y utilizan la picaresca, pero nosotros ya estamos advertidos. Al final lo conseguimos y entramos oficialmente en Marruecos ante la indiferencia de la policía aduanera, y un breve chaparrón nos da la bienvenida.
En el trayecto en dirección a Chaouen vemos pisos en construcción, ¿empezará aquí también el boom inmobiliario?, no lo creemos de momento. Vemos gente andando por la carretera tranquilamente, calles sin asfaltar, casas construidas a medias, y según nos vamos adentrando en una zona más rural, vemos burros, gente arando sus pequeñas parcelas de tierra, como el Walden de Thoreau, cabras, corderos… arando con animales y antediluvianos yunques, como si no hubiera pasado el tiempo, ¿serán felices?
De repente atasco, pequeño pueblo abarrotado de gente y corderos, y vemos una especie de feria de ganado. Están celebrando la festividad del cordero. Lo sacrifican y lo dividen en tres partes, la pieza, el animal. Un tercio para ellos, otro tercio para amigos y vecinos y el último para los necesitados… ¿quién dijo bárbaros? Los taxis nos adelantan con siete pasajeros en su interior. Llegamos a Chaouen, la policía dirige el desordenado tráfico, son toda una autoridad con su uniforme de mariscal y su piel tostada. El hombre que se encarga de cuidarnos la furgoneta, desdentado, sonríe y nos agradece la propina. Nos canta la canción de La Tarara algo distorsionada y nos dice que es del Barcelona.
Entramos por la medina: callejuelas empinadas, puestos de especias, gente ofreciendo hachís, niños aprendiendo las artes de la picaresca, aprendiendo a ser mayores demasiado rápido. Chilabas, olores, y cuando parece que todo acaba vemos una plaza amplia, en su centro: un árbol alto y gente, babuchas, terrazas donde te ofrecen té a la menta. Subimos a la terraza de un bar situado en la segunda planta, y de fondo la luna, y la silueta de las montañas que a sus espaldas esconden las plantaciones de quif.
También hemos ido a cambiar dinero: euros por dirhams en una pequeña sucursal de cambio en la plaza. Mientras esperamos, aquí todo lleva su tiempo, nuestros ojos se van habituando a las chilabas, y un niño se nos acerca para vendernos gorros y otras mercancías emulando a sus mayores, -no hace tanto frío.-nos excusamos -pues espera a que se haga de noche y verás como sí que lo necesitas. Nos replica. Se respira tranquilidad. Vamos a cenar, todo azul, el menú delicioso, tallín con ciruelas y almendras, naranjas con canela. Uno se relaja y se deja llevar, hemos de empezar a ser conscientes de que estamos en otra cultura, con otra concepción del tiempo.
La mayoría de los comerciantes se dirigen a nosotros en español, por turismo, por cercanía, y porque esta zona, la del Rif, formó parte del protectorado español durante muchos años. Compras y vendedores, compradores y ventas, el ritual del regateo. Llegamos al hotel Low Bar a cuyo dueño le han amputado la pierna hace poco por el azúcar, según nos comenta en perfecto español; sus ojos brillan y nos dice que vivió tres meses en Madrid pero que no aguantaba el ritmo de vida allí, mucho ajetreo. Miro alrededor, asiento, le comprendo. Gano mucha manteca, nos afirma, porque es dueño de otro hotel dentro de la medina. Nos cae muy simpático.
En el centro del patio descubierto hay una fuente azul y cuatro lámparas grandes, árabes, que juegan a engatusarnos con sus juegos de luces. La habitación es sencilla pero tiene encanto, me asomo al balcón y recuerdo que en la medina hemos visto jugar a los niños sobre el empedrado de la plaza a una especie de rayuela cuyas normas de juego no logré descifrar. Todo parece de otra época porque los niños juegan en la calle y la mujer mayor de la tienda donde queremos comprar botellas de agua que no sabe sumar y sale a pedir ayuda a alguien para volver con el precio escrito en un trozo de papel. Desde el balcón veo pasar a un joven montado en burro con las alforjas, a paso lento, se demora: otro ritmo de vida. La sombra de una lechuza ulula sobre el poste de la luz.
Aquí se encuentran los viajeros, a punto de traspasar la línea imaginaria –esas líneas geométricas que provocan guerras- que nos separa a nosotros de ellos, a ellos de nosotros, pero… ¿quién es quién? En la verja fronteriza hay gente sobre la loma, esperando el paso de mercancías para cogerlas mediante ingeniosos medios, siempre pendientes de que no aparezca el policía que les lanza piedras para separarlos de la verja, o simplemente parecen estar observando, en cuclillas. La loma tiene pendiente pero allí están ellos anhelantes ante las puertas de Europa y nosotros expectantes ante las puertas de África, del mundo árabe, y con cierto revolotear de mariposas en el estómago.
En la aduana nos mandan de un lado a otro, que si falta un sello, que si el número de bastidor…Tras los consejos de Majo y Nacho comprendemos que estamos ante una nueva realidad. Se nos acercan amablemente para ganarse una propina y utilizan la picaresca, pero nosotros ya estamos advertidos. Al final lo conseguimos y entramos oficialmente en Marruecos ante la indiferencia de la policía aduanera, y un breve chaparrón nos da la bienvenida.
En el trayecto en dirección a Chaouen vemos pisos en construcción, ¿empezará aquí también el boom inmobiliario?, no lo creemos de momento. Vemos gente andando por la carretera tranquilamente, calles sin asfaltar, casas construidas a medias, y según nos vamos adentrando en una zona más rural, vemos burros, gente arando sus pequeñas parcelas de tierra, como el Walden de Thoreau, cabras, corderos… arando con animales y antediluvianos yunques, como si no hubiera pasado el tiempo, ¿serán felices?
De repente atasco, pequeño pueblo abarrotado de gente y corderos, y vemos una especie de feria de ganado. Están celebrando la festividad del cordero. Lo sacrifican y lo dividen en tres partes, la pieza, el animal. Un tercio para ellos, otro tercio para amigos y vecinos y el último para los necesitados… ¿quién dijo bárbaros? Los taxis nos adelantan con siete pasajeros en su interior. Llegamos a Chaouen, la policía dirige el desordenado tráfico, son toda una autoridad con su uniforme de mariscal y su piel tostada. El hombre que se encarga de cuidarnos la furgoneta, desdentado, sonríe y nos agradece la propina. Nos canta la canción de La Tarara algo distorsionada y nos dice que es del Barcelona.
Entramos por la medina: callejuelas empinadas, puestos de especias, gente ofreciendo hachís, niños aprendiendo las artes de la picaresca, aprendiendo a ser mayores demasiado rápido. Chilabas, olores, y cuando parece que todo acaba vemos una plaza amplia, en su centro: un árbol alto y gente, babuchas, terrazas donde te ofrecen té a la menta. Subimos a la terraza de un bar situado en la segunda planta, y de fondo la luna, y la silueta de las montañas que a sus espaldas esconden las plantaciones de quif.
También hemos ido a cambiar dinero: euros por dirhams en una pequeña sucursal de cambio en la plaza. Mientras esperamos, aquí todo lleva su tiempo, nuestros ojos se van habituando a las chilabas, y un niño se nos acerca para vendernos gorros y otras mercancías emulando a sus mayores, -no hace tanto frío.-nos excusamos -pues espera a que se haga de noche y verás como sí que lo necesitas. Nos replica. Se respira tranquilidad. Vamos a cenar, todo azul, el menú delicioso, tallín con ciruelas y almendras, naranjas con canela. Uno se relaja y se deja llevar, hemos de empezar a ser conscientes de que estamos en otra cultura, con otra concepción del tiempo.
La mayoría de los comerciantes se dirigen a nosotros en español, por turismo, por cercanía, y porque esta zona, la del Rif, formó parte del protectorado español durante muchos años. Compras y vendedores, compradores y ventas, el ritual del regateo. Llegamos al hotel Low Bar a cuyo dueño le han amputado la pierna hace poco por el azúcar, según nos comenta en perfecto español; sus ojos brillan y nos dice que vivió tres meses en Madrid pero que no aguantaba el ritmo de vida allí, mucho ajetreo. Miro alrededor, asiento, le comprendo. Gano mucha manteca, nos afirma, porque es dueño de otro hotel dentro de la medina. Nos cae muy simpático.
En el centro del patio descubierto hay una fuente azul y cuatro lámparas grandes, árabes, que juegan a engatusarnos con sus juegos de luces. La habitación es sencilla pero tiene encanto, me asomo al balcón y recuerdo que en la medina hemos visto jugar a los niños sobre el empedrado de la plaza a una especie de rayuela cuyas normas de juego no logré descifrar. Todo parece de otra época porque los niños juegan en la calle y la mujer mayor de la tienda donde queremos comprar botellas de agua que no sabe sumar y sale a pedir ayuda a alguien para volver con el precio escrito en un trozo de papel. Desde el balcón veo pasar a un joven montado en burro con las alforjas, a paso lento, se demora: otro ritmo de vida. La sombra de una lechuza ulula sobre el poste de la luz.
|
Publicado |
|
Últimos comentarios
Para publicar un comentario, regístrate GRATIS o inicia sesión aquí
Capítulos de este diario
-
1
Ceuta-Chefhaouen
Chefchaouen, Marruecos | 28 de diciembre de 2006
-
2
Midelt
Chefchaouen, Marruecos | 29 de diciembre de 2006
-
3
Merzouga
-
4
El desierto
-
5
Las gargantas del Dades
El Goumt du Dadès, Marruecos | 1 de enero de 2007
-
6
Marrakech
-
7
Marrakech
-
8
Assila
Oulad Assila, Marruecos | 4 de enero de 2007
-
9
De vuelta a casa
En Chefchaouen...
¡Compártelo con tus amigos!
¿Quieres compartir tu capítulo “Ceuta-Chefhaouen” con tus amigos en Facebook?