Diarios de viaje > Cerro Champaquí, América del Sur

Sin Senderos

Escribe: TinchoCaliari
Ascender al Cerro Champaquí es una experiencia única e inolvidable. Transitar las Sierras por sus múltiples senderos, respirando profundamente el aire fresco y deleitándote con los impactantes paisajes que allí puedes descubrir, te permiten alejarte de los problemas y las inquietudes que acarreas en tu vida diaria.

 

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Ingreso al Reino de los Cespedes

Cerro Champaquí, Argentina — martes, 7 de febrero de 2012

Mis palabras buscan transmitir las sensaciones que uno experimenta al internarse en las sierras, sin embargo nunca podrán reproducir la realidad y esto se debe a que cada persona percibe su entorno de una manera diferente, cada experiencia es única y cada momento irrepetible.
Con las primeras luces del amanecer el refugio entra en actividad, las últimas estrellas desaparecen y en el oriente los primeros rayos del sol empiezan a emerger, el cielo está despejado, es una mañana fresca como cualquier otra, sin embargo a veces las apariencias engañan. Después de unos minutos oteando el horizonte una suave brisa se levanta y detrás de ella se observa a lo lejos un manto de nubes que empieza a ascender por las laderas de las sierras. En silencio, al principio lentamente y luego tomando mayor velocidad empiezan a cubrir el suelo, los senderos y los refugios más lejanos. En pocos instantes la niebla te alcanza  y te envuelve. Puedes percibir la humedad que te roza la piel, las frías gotas de agua que al condensarse se escurren por la piel.
La hora de partida se pospone indeterminadamente, las personas tienden a pensar que son capaces de manejar y disponer de lo que los rodea a su antojo, pero aquí comprenden lo insignificantes que son frente a los designios de la naturaleza. Cuando uno transita por zonas agrestes debe tener en cuenta muchos factores para evitar inconvenientes, la precaución es la base del éxito.
Los minutos transcurren lentamente, el sol sigue su interminable recorrido a pesar de que no podamos verlo. Todos se sienten inquietos, las ansias de continuar son apremiantes pero debemos esperar. Luego de una hora de incertidumbre y ante el asombro de muchos, de la misma manera que llego, la neblina empieza a disiparse y a la primera señal de nuestra guía todos estamos listos, el sendero nos espera y no podemos desoír su llamado.
Nos alejamos de los refugios con la vista fija en occidente, frente a nosotros la cumbre más elevada nos sirve de referencia, aunque el camino no es directo, sino que va zigzagueando todo el tiempo, algunas veces entre la vegetación y otras sobre la roca desnuda, atravesando de vez en cuando algún arroyo o siguiéndolo de cerca. Después de caminar durante un tiempo el cuerpo entra en calor, es necesario quitarse el abrigo aunque el aire sigue frío.
La senda poco a poco va ganando altura y los puestos se ven cada vez más pequeños e insignificantes. De pronto se nos presenta casi de improvisto un alero medio oculto entre las ramas de los tabaquillos, es espacioso y húmedo, nos detenemos en La Cueva de los 40, otro punto de referencia que nos indica que vamos por el buen camino. Luego de beber un poco de agua y de tomar aliento retomamos la marcha, ganando mayor altura a cada paso.
Empezamos el último tramo hacía la cumbre, nos internamos en una quebrada que se interna entre una espesa bruma, no podemos retroceder, la meta está al alcance de la mano. Poco a poco nos vamos sumergiendo en ella y la visibilidad se va reduciendo, el frío aumenta y se empiezan a sentir algunas ráfagas de viento que ponen a prueba tu determinación.
El camino es cada vez más empinado y la sensación de desorientación empieza a invadirte. El camino es a cada paso más escarpado, de pronto te encuentras apoyando las manos en el suelo o en las paredes de roca para ayudarte a caminar, en el instante en que el frío y el cansancio están por quebrar tu voluntad te encuentras de frente con una pequeña laguna de agua helada rodeada por unos pastos verdes indiferentes a los azotes del viento, estamos en la cumbre, casi sin darnos cuenta hemos llegado. La dicha y la satisfacción son indescriptibles, por un instante te olvidas de tus pies cansados, del frío en tu rostro y tus manos, te olvidas de todo y simplemente vives el momento.

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