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En busca del despertar mágico, en busca de Machu Picchu

Escribe: pacodom
Un viaje que comenzó a fraguarse un par de años antes de su culminación. A raíz de circunstancias que nos depara la vida, uno decide desviar el rumbo seguido durante un tiempo y encaminarse a probar otro nuevo. Esa imagen, tan cautivadora como difundida, fue la que dotó de alas a una imaginación tan necesitada de libertad. Por fin emprendía un vuelo que me llevaría a cumplir un anhelo: disfrutar del despertar mágico de Machu Picchu.

 

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Etapa 2: Llulluchayoc - Laguna Yanacocha

Cerro Apu Llulluchayo, Perú — domingo, 6 de septiembre de 2009

Son las 5:30 am. y un nuevo día despierta para nosotros. Durante la noche, la amistad entre el suelo y mi espalda no ha llegado a fructificar; ha sido una noche tipo duermevelas, con constantes interrupciones del sueño y vanos movimientos por encontrar la posición definitiva. Mal presagio para una jornada que se antojaba bastante larga y agotadora.
Tras el oportuno aseo y reparador desayuno, a las 6:30 am. comenzamos la marcha con paso tan perezoso como constante. Este primer tramo, que nos conduciría hasta Llulluchapampa, transcurre en leve ascenso en paralelo al río Llulluchayoc. Un buen ensayo  para que las piernas fueran tomando consciencia de lo que se nos avecinaba para el resto de la jornada.

Dejamos atrás Llulluchapampa, lugar ideal para poder acampar, y nos adentramos en una zona con exuberante vegetación que, al poco, se transforma en un bosque de niebla, característico por su temperatura cálida y húmeda. Las escaleras incaicas nos dan la bienvenida y el señor sufrimiento se brinda a acompañarnos durante toda la subida, hasta el abra de Warmiwañusqa ( la mujer muerta ). La verdad es que el nombre del lugar es toda una declacarión de intenciones sobre lo que nos aguardaba.

Superada la zona boscosa, la altura convierte el paisaje en austero y frío, sin visos de vegetación. Hemos abandonado la protección de la sierra para sentirnos desprotegidos en la puna. El cansancio se adueña de nuestras piernas y la altura adquirida, después de varias horas de incesante ascenso, nos obsequia con un paisaje espectacular. A nuestras espaldas, el Nevado Huayanay (5.480 m.), es fiel testigo de nuestras plegarias en pos de que el final del martirio se produzca lo antes posible. Me siento ridículo cada vez que un porteador, con sus más de 30 kgs. a sus espaldas, me rebasa con ese caminar inclinado y valiéndose hasta con la cabeza con el fin de mantener la estabilidad de la carga y aligerar el peso que la espalda debe soportar.

Después de más de tres horas de ininterrumpido ascenso, nuestro ritmo había sido bastante rápido teniendo en cuenta que la ascensión suele prolongarse por un tiempo cercano a las cinco horas, y con la misma sensación del que tras muchas horas de deambular sin rumbo por el desierto divisa un oasis y no da crédito, llegamos casi exhaustos al final de la ascensión, en el abra Warmiwañusqa (4.200 m.). Nuestro cuerpo demanda un merecido descanso y un tiempo para enorgullecernos observando el trayecto recorrido.

Este paso entre dos montañas nos premia con una magnífica vista y nos castiga con un corredor de viento y frío que no hay que subestimar. El cuerpo en reposo comienza a perder calor con excesiva rapidez y un descuido en no abrigarse adecuadamente, nos puede pasar factura para los próximos días. Esperamos a que se complete nuestro grupo y, tras una hora de deleite visual, nos disponemos a descender por un camino escalonado que va mermando paulatinamente nuestras ya maltrechas rodillas. No sabría qué castigo aplicar a mi mayor enemigo, si la ascensión antes sufrida o el descenso que ante nuestros pies se ofrecía y, cuyo final, nuestra mirada no llegaba a alcanzar.

Al final del descenso se encontraba Pacaymayu, lugar en el que dispondríamos de un tiempo para el relax y recuperar parte de las fuerzas que nos habíamos dejado por el camino. Esta zona, en principio, debería haber sido nuestro lugar de pernocte, pero teníamos que seguir fieles a nuestras malsanas costumbres: llegar siempre de los últimos a las zonas de acampada.

Llegamos al valle de Pacaymayu, nombre que adquiere por el río que lo transita, en su descender, en busca de la confluencia con el río Vilcanota.

La gran mayoría de las agencias encontrarán, como recompensa a su mayor diligencia, espacio donde poder acampar. En comparación con el emplazamiento al que nos veríamos obligado a recurrir, éste ofrecía un mayor espacio y una infraestructura de la que carecería el nuestro; también se trataba de una zona a resguardo del frío y la humedad, a la que sí estaríamos expuestos en el abra de Runcuraqay, junto a las lagunas gemelas de Yanacocha ( Laguna Negra).

Muy a nuestro pesar, y tras una hora de descanso en la que hemos aprovechado para restaurar nuestros depósitos de combustible, nos ponemos de nuevo en marcha con la mirada puesta en un camino que, a medida que ascendía, se convertía en otra muestra de la penitencia que teníamos que abonar por no sé qué males cometidos en algún momento de nuetras vidas. Yo no adivinaba encontrar en qué momento de mi vida podría haber contraído tal deuda con alguna divinidad. El camino se empeñaba en poner a prueba nuestra resistencia mental ya que de la física hacía tiempo que no recibíamos noticias. La parte positiva es que este ascenso iba a ser, aunque igualmente duro, mucho más breve que el vivido esta mañana.

Los cambios de temperatura durante todo el recorrido son frecuentes y bruscos, en función de la aparición del astro rey y las características que los diferentes paisajes y altitudes conllevan.

Durante el ascenso la niebla se adueña del entorno y, a nuestra llegada a las ruinas de Runkuraqay, a duras penas podremos disfrutar del emplazamiento. Situado a 3.800 m, Runkuraqay desempeñó diversas funciones, siendo tambo (lugar de aprovisionamiento), estación de señales, observatorio y puesto de control.

Con tan sólo un poquito más de sufrimiento,  llegaremos a las lagunas de Yanacocha donde, es de suponer, las tiendas estarán listas y dispuestas para ser ocupadas. A las 16 h. aparecen ante nosotros las "suites presidenciales" que habíamos reservado para esta noche.

El día había sido largo y las 10 horas de esfuerzo requerían de un descanso reparador; estaba tan agotado que cualquier postura horizontal me lo hubiese proporcionado con creces.

Antes, deberíamos salvar otra dificultad: la cena. Esta se componía de una buena sopa, hasta ahí todo bien, acompañada por el recurrente arroz con pollo y puré de patata. El problema de la comida no radicaba en la calidad sino en la repetitividad. Les prometo que los ojos se me empezaban a achinar debido al compulsivo consumo de arroz.

Sobre las 20:30 h. mi mente no es capaz de pensar en algo que no sea descansar. Así que, pedimos en recepción la llave de nuestra suite y nos dirigimos a esa fría y húmeda habitación que nos reconfortará esta noche. Los 3.900 m. y la proximidad de las lagunas
le dan al lugar ese toque de distinción. Otra cosa bien diferente iba a ser la belleza del amanecer.

Dentro de 24 horas mi cuerpo será todo un manojo de nervios; cada vez ese sueño se encuentra más cercano y no veo el momento en el que todo a mi alrededor se detenga súbitamente ante la presencia magestuosa de Machu Picchu.
Un día más y un día menos......

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Últimos comentarios

susanclau dice:
que emoción!!! se viene la meta, amplia y merecidamente te la vas ganando, al fin y al cabo el sudor y el sacrificio hacen más dulce y mucho más valioso el logro de tu meta... tu despertar en Machu Picchu.
Publicado

vvsweet dice:
Me encanto!! quiero otro capitulo ya!!!
Saludos

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alexandra-luna dice:
pelos de punta!
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