Se me quedó el coche calado a cien metros del ferry. Lo teníamos ya todo hecho y queríamos huir del sofocante calor de Barcelona pero el tío jodido no quería despertar.
No arrancaba, los nervios empezaban a florecer ya que éramos los últimos en entrar y mi coche calado. Inerte. Los amables italianos que formaban parte de la tripulación me espetaban que "Dai, vai avanti" y tanto yo como los dos amigos que me acompañaban nos empezamos a molestar con el mundo, porque aquello no había quien lo movía.
Y despertó mi pobre y viejo Honda Civic de casi trece años sin saber la respuesta y entramos dentro.
Dejamos el coche, y subimos las plantas buscando nuestro camarote, todo bien señalizado y se acercaban las diez y media. La hora de zarpar.
Cuando así lo hicimos ya estábamos cenando y pagamos la novatada de no habernos traído cena porque nos sablaron 60 euritos por la cena de los tres.
Había poca gente, habíamos acabado ya y nos dimos una vuelta por la planta nueve, la que tiene el casino y las maquinitas de videojuegos, algunas tan antiguas que me recordaban las que mi padre me daba una moneda de veinticinco pesetas para que no le molestara al menos durante diez minutos en Pineda de Mar.
Entramos en el casino nos fuimos a la ruleta y duramos, creo recordar, unos tres efímeros minutos ya que perdimos los cincuenta euros que con la coña quisimos disfrutar y subimos a cubierta.
Qué frío hace en cubierta por Dios! si vais no os olvidéis de llevar algo de abrigo porque no se puede estar. Qué difícil es recordar la sensación de frío cuando llevas asfixiado más de un mes sin parar.
Lo primero que vimos es que había una barra y como tal vendían pizzas a muy bien precio así que ya sabíamos que a la vuelta teníamos que meternos allí.
Todavía nos quedaban más de diez horas de recorrido y a mí me habían convencido de ir en barco porque había discoteca y así podíamos pasarlo genial bailando tomando unas copas y haciendo, lo que vulgarmente se dice, el indio. El poco tiempo que estuvimos en cubierta aproveche en resfriarme para lo que quedaba del viaje que no era poco, siete días y para ver la luna y su espejo en el mar y con el consiguiente vuelco de recuerdos. Aquellos que te rellenan de nostalgia.
Pues nada de eso, ya que nos encontramos una parroquia que llevaban la cruz colgando y bien grande tocando la guitarra en cubierta y que después invadirían la minúscula discoteca y se pondrían bailar el odioso reguetón. Así que a la una y poco estábamos en el camarote intentando conciliar el sueño. Yo volví a perder alguna que otra partida en la PSP y me dormí con el ligero ronroneo de los motores y en una oscuridad brutal.