En la segunda noche en la carpa descubrì otra cosa que no habìa traìdo. L a carpa, de fàbrica, no traìa sobretecho. Yo, neòfito por completo en cuestiones de camping, ni me imaginaba que lo necesitarìa. Me despertè mucho antes de que aclarara, con la desagradable sensaciòn de tener agua dentro de la carpa. La humedad del ambiente màs la de mi respiraciòn se habìan condensado en la superficie frìa de la tela de la carpa y por ella chorreaban al piso, mojando ropa, bolsas de dormir, mapas y a mì mismo. De ahì en adelante lo solucionè cubriendo parte de la carpa con una cubrecama que contaba entre las cosas innecesarias.
En Ceibas tomè la ruta hacia Paranà y parè a media tarde en una estaciòn de servicios en Gualeguay. A la vista de una bomba de agua, preguntè al playero si podìa tomar agua de ahì y me dijo que sì, que salìa fresquita. Le creì, llenè la caramañola y las dos botellas que llevaba y las guardè en las alforjas de la bici, pero no la probè. Mientras caminaba un poco por el lugar, comprè una gaseosa y saciè la sed del momento con ella, para seguir camino.
Al rato de andar, ya lejos de Gualeguay, sentì sed y echè mano al agua fresquita que traìa en la caramañola, para comprobar con profunda desazòn que tenìa un sabor muy pronunciado a nafta. Tanto que ni con mucha sed se podìa tomar. A la sensaciòn real, fìsica, de tener sed se sumaba la desesperaciòn. Anduve un rato y decidì parar para hacerle señas a algùn vehìculo por si llevaban agua o me acercaban hasta donde hubiera. Parò una camioneta que me llevò hasta una estaciòn de servicios antes de Rincòn del Nogoyà, donde tomè agua como un camello y armè la carpita.