Crónicas Filipinas
Escribe: Gato_perplejo
A primera vista, Filipinas no parece ser uno de los destinos prioritarios que se te pueden ocurrir si quieres visitar el sudeste asiático. Quizá eso es ya un buen motivo para visitar este archipiélago de más de 7000 islas, el segundo más numeroso del mundo.Pero afortunadamente tengo información de primera mano: mis compañeras María y Ángela Yoldi nos han hablado maravillas del país donde vive parte de su familia. Interminables playas, buenos precios, gente amable, fondos marinos espectaculares,.
De Panglao a Cebú: empezando la vuelta
Cebu City, Filipinas — viernes, 19 de agosto de 2011
Nos levantamos a las ocho de la mañana y, al contrario que los días anteriores que llevamos en Panglao, hoy está nublado y llueve un poco. Buen día entonces para viajar.
Subimos a la terracita a desayunar, pero hoy la mesa de fuera está a cubierto ya está ocupada, así que tenemos que desayunar dentro junto con otros huéspedes a los que ya conocemos de estos días.
Yo hoy vuelvo al desayuno de los huevos revueltos y Clara al de la ensalada de frutas. Cuando terminamos compramos unos recuerdos para la familia (no se puede decir qué, si no se acaba la sorpresa cuando lo lean) que sólo hemos visto de venta aquí en la cafetería, y nos bajamos a terminar de recoger.
A las nueve y media entregamos las llaves y a menos cuarto ya está nuestro conductor listo para llevarnos al aeropuerto. Nos despedimos del amable personal del ChArts Café y nos subimos al coche. “¿Airport?”, me pregunta el conductor. “No, port”, le contesto yo. Pues nada, allá que vamos. Parece que ha tomado un recorrido alternativo, porque en lugar de cruzar a Bohol por el puente de siempre lo hace por uno más pequeño que está a la derecha. Llegamos pronto a Tagbilaran, pero al llegar allí el tráfico y la lluvia ralentizan nuestra marcha. Tenemos el ferry a las 11:35, pero todavía son las diez, así que vamos con tiempo. Vemos un montón de chavales vestidos de marineros por todas partes, señal de que aquí debe haber un puerto importante. A las diez y veinte más o menos llegamos a la zona donde desembarcamos, sacamos las mochilas y nos vamos para dentro. Una policía no nos deja pasar porque no llevamos billetes y nos señala la puerta para comprarlos. Encima hay un cartel de una compañía aérea: esto huele mal. Pregunto en un mostrador de información y resulta que el mamón del conductor se ha salido con la suya y nos ha traído al aeropuerto. La chica me dice que tenemos que ir al Seaport, aquí al lado, pero necesitamos un medio de transporte.
Salimos a la zona de taxis y uno de los conductores nos pregunta donde vamos; se lo digo y nos dice que nos lleva por 100 pesos. Ale, no se hable más. A los cinco minutos aparece con una furgoneta impecable, subimos y empieza a darnos palique. Le cuento nuestro problema con el otro conductor y nos dice que sería poco profesional, porque hay que dejar clara la distinción entre el Airport y el Seaport. A Clara se le ha soltado el oído con tantos días aquí y ya entiende el inglés con acento tagalo mejor que yo, así que de vez en cuando me tiene que decir que coño está diciendo. Lo de hablar inglés ya lo dejamos para otro viaje.
En diez minutos estamos en el seaport y el conductor nos indica la puerta por la que tenemos que ir. Claro que sí, así da gusto, no como el otro samugo que no abrió la boca en todo el trayecto.
Como ya nos sabemos los pasos de la vez que hicimos el viaje de ida, comprar el billete, facturar las mochilas y pagar las tasas del puerto es una tarea fácil. A las once ya estamos en la sala de espera junto a la mitad de las nacionalidades de Asia, especialmente de Japón. Vemos llegar el ferry, descarga y empezamos a subir. Éste es un poco más pequeño que el de la ida y, afortunadamente, ni el aire acondicionado ni el volumen de la tele están tan fuertes como en la ida.
Dos horas de viaje sin incidencia y llegamos a Cebú. Recogemos las mochilas y enseguida llegan los taxistas a ofrecerse. Le digo el nombre de nuestro hotel al primero y me pide 250 pesos. Por el mapa sé que está bastante cerca, así que le digo que nanai y salimos fuera. Llega otro, le digo el hotel y me dice que 150. Está claro que si sigo avanzando lo conseguiré más barato, pero este precio ya me parece razonable, así que nos vamos con él.
Es increíble la afición que tiene la gente aquí a llevar titos colgando del cristal delantero o en el salpicadero. Vírgenes y santos, animales que se mueven, colgantes orientales dorados..... Y lo peor es que algunos no dejan ver nada, pero ellos sabrán.
Después de diez minutos atravesando el dowtown de Cebú llegamos al Century Hotel. Tiene pinta de hotel de negocios bastante nuevo y como estamos en Cebú, las siniestras (perdón) imágenes del Santo Niño, el patrón de la ciudad, están por todas partes. Hacemos el check-in, lo pagamos con tarjeta y subimos a la quinta planta, acompañados por el guardia de seguridad, que nos lleva una mochila. Aquí nada de botones, el guardia con su pistola es el que carga con la mochila de Clara, la pasa a la habitación y nos enciende el aire acondicionado. Le doy su propinilla correspondiente y el muchacho se va tan contentejo.
La habitación está mucho mejor que la de la Pacific Pensionne donde nos quedamos la otra vez en Cebú, y además es más barata. Como son más de las dos ya tenemos gusa, así que nos echamos la calle a buscar algún sitio donde comer. Toda las aceras de la zona están cubiertas por soportales donde la gente monta puestecillos donde se vende todo lo imaginable: dvds falsos, ropa, calzado, mazorcas de maiz, copia de llaves.... Una vez más todo el mundo nos mira, a pesar de que Cebú es una ciudad de un millón de habitantes y deberían estar acostumbrados a los occidentales. Nos paramos en la puerta de un sitio llamado Sunburst, que tiene platos combinados de pollo frito estilo Kentucky con noodles, rollitos y pescado. Pasamos y vemos que todos son filipinos terminando de comer. Yo me pido el plato que lleva pollo frito, noodles y gambas y Clara el de pollo y pancit. Para ser un sitio que parece una franquicia todo está bastante rico, bastante barato y bastante rápido.
Llega el momento de tomar una decisión importante. Creo que ya he comentado que nuestra intención era estar 21 días en Filipinas (lo máximo sin necesidad de visado) y luego ir cinco días a Taiwan, volver a Manila y de ahí a Madrid. Pues bien, la enfermedad me tuvo una semana parado y nos trastocó los planes, así que decidimos cancelar el viaje a Taiwan para aprovechar mejor el tiempo en Filipinas. La cuestión es que desde el día 14 tenemos caducado el visado y necesitamos renovarlo antes de salir. La oficina de inmigración está aquí en Cebú, en un barrio cerca del aeropuerto, pero son casi las tres y nos han dicho que los trámites duran sobre una hora, por lo que ya esta tarde no nos da tiempo. También nos han dicho en la oficina de turismo, que cuando vayamos no llevemos pantalones cortos ni chanclas porque no nos van a atender. Pues vaya, que finos se ponen, sobre todo cuando el pantalón corto y las chanclas es el look oficial de aquí.
Total, que decidimos madrugar mañana, ir con todos nuestros trastos a la oficina, contar el rollo de que he estado enfermo y enseñar mi certificado a ver si nos libramos de la multa por retraso, y ya desde allí ir al aeropuerto para coger el vuelo a Manila que tenemos a las doce.
Como estamos en la parte baja de la ciudad aprovechamos para hacer un poco de turismo. Visitamos la plaza de la Independencia, el Fort San Pedro, donde vivía el gobernador español y que todavía alberga la bandera española hecha mixtos cuando los americanos nos dijeron: “Ale, tirar p´a España”. El Fort San Pedro ahora tiene unos cuidados jardines y unas salas donde se explica la conquista, dominación y expulsión española. Durante el paseo nos encontramos con un grupo de quinceañeras vestidas de gala haciéndose fotos. Al lado, un grupo de chicos, más maquillados que ellas, también fotografiándose. Debe ser una de esas conmemoraciones de entrada en la edad adulta que se estilan por estos lares y por sudamérica. Como veréis, las fotos lo dicen todo.
Salimos del Fort y nos vamos a ver la Cruz de Magallanes, una pequeña capilla con una cruz que conmemora (se supone) el punto donde Magallanes clavó la cruz y reclamó estas tierras para la corona española de Felipe II (de ahí el nombre de Filipinas). Después entramos en la zona de la basílica del Santo Niño, que parece un parque temático: vendedoras de velas, de globos, de rosarios, de ofrendas..... Si alguien duda todavía de que la religión es un negocio, que se pase por aquí, y esta vez no pienso pedir perdón.
Pasamos a ver la basílica, pero poco tiempo, que estas cosas dan mal rollito. Los fieles se acercan a todas las imágenes y ponen sus manos sobre el cristal que las protege como intentado absorver algo de su poder sagrado. La tienda de recuerdos no tiene nada que envidiar al duty free del aeropuerto.
A la salida pasamos por los puestos que venden todo tipo de recuerdos del Santo Niño, desde trajecillos de todo tipo para la imagen (camuflaje, lentejuelas) a estampitas, rosarios e imágenes. Compramos unos rosarios de madera para las abuelillas y tías y seguimos dando una vuelta por los alrededores.
Volvemos en dirección al hotel por una calle paralela y en la calle Colón vemos otra de las pasiones de los cebuanos: los centros comerciales. Viniendo del aeropuerto la otra vez vimos unos cuantos de tamaño más que respetable. Éste está en el centro y parece más pequeño, pero aún así tiene sus buenas seis plantas.
La verdad es que no me extraña que les guste estar aquí dentro, porque con el calor que hace fuera, la humedad, la contaminación y el ruido de los coches, aquí dentro al fresquito se está en la gloria. Aquí te miran el bolso a la entrada en lugar de a la salida, y te registran las cosas de dentro con una especie de baqueta de tocar la batería. Si eres occidental no te lo miran mucho, pero si eres filipino y jovenzuelo te lo miran más y hasta a veces no les dejan entrar.
A los que han leído nuestro blog del Transiberiano les alegrará saber que por fin he encontrado lo que llevaba buscando desde hace tiempo: ¡una mariconera! Ese denostado complemento donde nuestros padres guardaban el dinero, las llaves, la lotería y todos sus enseres en aquellos tiempos en los que todavía nadie llevaba móvil. Pues sí, encuentro una de piel (?) que está rebajada a la mitad, con lo que me cuesta 10€. Aquí al pagar con tarjeta no te cargan el 6% como en los hoteles. Vamos paseando por las distintas plantas y nos compramos unas chanclas bastante chulas cada uno y también uno antifaz para reemplazar el que perdimos en Port Barton. Decidimos controlarnos con las compras para no ir muy cargados y también porque el último día en Manila queremos ir al Mall of Asia, el segundo centro comercial más grande del continente que está cerca del hostel donde nos vamos a quedar, en la zona del aeropuerto.
Una vez más hay casi más personal que clientes. En cuanto te quedas mirando algo aparece un dependiente con su saludo típico: “Hello sirrrrrrrrrr, hello mummmmmm” a ver si te vende algo.
Llegamos a la última planta, la de la comida, y nos pedimos unos shakes de buko (coco) y piña para refrescarnos un poco. Aquí arriba se puede comer de todo: kebabs, lechón, comida china, filipina, hamburguesas, wrafles.... lo que se te ocurra.
Al salir del centro comercial ya ha caído la noche y la calle bulle de actividad. Decenas de personas están montando un mercadillo nocturno en la calle, que ahora está cortada al tráfico. Volvemos al hotel a darnos una duchita y a mirar Internet en la habitación después de pedir el password en recepción.
A eso de las ocho y media bajamos a buscar un sitio para cenar. Le hacemos caso a la guía y vamos a Our Place, cerca del hotel. Es un sito decorado con una mezcla filipino-americana. Matrículas de coches, peces que cantan y paredes de bambú. La clientela es peculiar. Parejas mixtas de occidental y filipina y un grupo de americanos mayores, uno de los cuales duerme en una silla. La camarera es super simpátcia, nos cuenta que su hermano vive en Madrid y nos suelta toda la retahíla de palabras en español. Clara se pide un filete de pescado con puré de patatas y yo un filete de ternera a la pimienta que está riquísimo. Su Iced tea, mis dos cervezas y de remate un Tanguay con Coca Cola. Clara me ve comer con mi apetito normal y le cambia la cara cuando recuerda lo mal que lo pasé en El Nido, cuando se me quitó hasta el hambre.
Volvemos por el mercadillo nocturno bajo una lluvia fina y volvemos al hotel. Mañana queremos madrugar para estar en la Oficina de Inmigración a las ocho y media más o menos. Espero que no nos pongan muchas pegas y podamos hacer el visado rápido, aunque seguro que nos toca pagar el visado y la multa. Hasta mañana.
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