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Cartagena de Indias, el Corralito de Piedra

Escribe: jimenez225
Y no solo son las carretas, también esta su gente, su acentuada forma de golpear las palabras, las lindísimas cartageneras, el jornalero que vende frutas en carretitas empujadas, las “palenqueras” (descendientes de los esclavos) ataviadas como en carnaval portando bandejas de frutas en la cabeza con un impresionante equilibrio ofreciendo el sabroso salpicón (ensaladas de frutas picaditas). Cartagena es un bocado para el alma.

 

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No se dejan Fotografiar Los Burreros y Las Palenqueras

Cartagena de Indias, Colombia — sábado, 14 de febrero de 2009

Disparar fotos de cartageneros en su diario afán me pareció de lo más sencillo. Un bocado rápido y sin mayores complicaciones. Pero pronto, y bastante rápido, me di cuenta que una cosa es fotografiar en la zona turística y otra cosa los cartageneros bregadores. Yo ansiaba capturar al cartagenero que sale a la calle a fajarse a puño limpio -sin guante-, a buscar el pesito, a sudarla, a trabajar duro, a brazo roto, a lomo quebrado, a sangre y sudor -más sudor que sangre-, fajándose con renovadas fuerzas en un vaivén interminable. Ese era el cartagenero que quería plasmar en mis fotografías. Creí que era fácil -que iluso-.

El interés surge cuando arribo a Cartagena y camino a la casa de mi tía toman por una de las principales avenidas. Sin razón aparente el tráfico se hizo inexplicablemente lento. Luego se restableció. Cual fue mi sorpresa -vivo de ellas- el responsable era una desvencijada carreta jalada por un burrito con unas fabricadas anteojeras de cartón verde chillón en plena vía. Arreaba tablones viejos mientras el arreador puyaba al burrito con una varita mientras le chasqueaba con una maestría aprendida de muchos años (yo lo intenté y me salía escupitajos) para que apurara el paso. El burro no llevaba prisa. El burrero si. Yo estaba realmente asombrado que una carreta aguantara el tráfico y nadie se quejara, no tanto por el tranque mismo, si no por la presencia de un burro en una arteria cosmopolita como la de Cartagena de Indias. Yo era el único asombrado. Y cuando pregunto ¿qué hace una carreta en plena vía? recibo como respuesta: "ah... mijo, Cartagena está lleno de burreros". Desde entonces vi carretas tiradas por burros y caballos a diario a todas horas, y siguen asombrándome. Y muy rápido descubrí que los burreros son renuentes a dejarse fotografiar porque creen a pie juntillas que serán denunciados por maltratar los burros. Desde entonces los fotografió de espaldas, y a hurtadillas como un ladrón.

Y lo mismo me pasó con las Palenqueras. Estas mujeres, muchas de las cuales son enjundiosas de carnes, andan de barrio en barrio empujando una carretita o cargando una gran palangana cargada de una interminable variedad de dulces a base del rayado de coco y yucas sobre la cabeza en perfecto equilibrio. Y lo anuncian a voz templada. Ese grito de "¡cocaa... cocaaa... compre su cocaaaa!" se escucha en toda Cartagena. Visten faldones de grandes vuelos que la brisa gualdrapea a antojo. Cuando vi mi primera y enjundiosa palenquera en el exclusivo barrio de Manga, desenfunde mi cámara y la fotografié. Ella me grito a bocajarro que casi se escucha en todo el continente "No sueltan un peso estos carajos..." (el carajo soy yo). Me moría de la vergüenza y me sentí en deuda con ella. Y antes de lo pensado ella dio la vuelta y se fue gritando su pregón. A ellas, las palenqueras, aprendí a robarles fotos también.

Con el correr de los días fui sorprendiéndome con la variedad y cantidad de oficios que realizan los cartageneros de estratos bajos. Hacen de todo. Reparan de todo. Desde zapateros remendones domiciliarios, hasta limpia ollas (y qué lustro le sacan) pasando por fruteros, verduleros, con y sin carretas, sobre bicicletas, con o sin sombrillas, remiendan colchones y con los hombres estatuas que no mueven ni una sola célula de su cuerpo quedé fascinado.

Pero cuando vi los bici-taxis quede de una sola pieza. En Panamá no tenemos estos adminículos colectivos. Aquí se las ingenian para adornarlas con guirnaldas, techumbre, borlas y cortinajes. Y hasta las pintan de escandalosos colores tropicales. Los he visto hasta familiares. Pero igual, ninguno de estos cartageneros les agrada ser fotografiados, así que a las hurtadillas me las ingenié. Y no siempre fue fácil. Me las he visto negra. Me insultan con palabras recién estrenadas. Me lanzan miradas de susto y hasta hubo un burrero que me amenazó con su fuste. En Panamá no vemos estos sorprendentes oficios. No somos tan ingeniosos. Pero no tardaremos. Es cuestión de tiempo. Mientras ocurra, el Corralito de Piedra me está regalando un costal de placeres, satisfacciones y sorpresas.

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Últimos comentarios

chachos2721 dice:
Una documentada galería fotográfica que acerca al turista no convencional a la parte oculta de la ciudad que vive detrás de bambalinas y que hace de la cultura de la misma la base fundamental de su folklore, felicitaciones.
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