Partimos desde el hostel en Taganga rumbo a Cartagena, en un transporte privado llamado Marsol (40.000 COP). Recorrimos toda la troncal caribe, pasando por Barranquilla, que es una ciudad inmensa y portuaria, y nos llevó unas 4 horas arribar a Cartagena. Primero vimos los grandes y modernos edificios de Bocagrande, el barrio más moderno de la ciudad, frente al mar, y luego, a medida que iban descendiendo los pasajeros en sus hoteles, nos fuimos acercando a nuestro destino: la Calle de la Medialuna, en Getsemaní, un barrio pegado a la ciudad amurallada. En esta calle abundan los hostels, y el barrio, a pesar de haber sido destino de marginales, hoy se encuentra reciclado para el turismo, con varios bares, pero la verdad que es bastante seguro y transitable.Si bien en Colombia la noche termina temprano para las costumbres argentinas (a las 22 hs ya se ve muy poca gente en las calles), en la costa se extiende un poco más, por lo que todavía podés almorzar hasta medianoche en algunos restaurantes de la ciudad amurallada.
Nos hospedamos en el hostel San Roque, que está al final de la calle de la Medialuna, muy cerca del fuerte San Felipe de Barajas.
Apenas llegamos nos fuimos a dar unas vueltas para sacar fotos y cambiar dinero. Las construcciones son preciosas, las casas con balcones pintadas de colores, y plagadas de santa ritas, todo muy típicamente español, de la colonia.En la ciudad, fundada en 1533, se pueden ver numerosas iglesias, y variadas plazas, recorrer pasajes donde hay varias tiendas y restaurantes de todo tipo. A cada momento es posible cruzarse con un carruaje que realiza paseos, donde el cochero describe a sus pasajeros la historia de la ciudad.Aquí la gastronomía es muy variada, pero se destacan los pescados y mariscos, además de una muy buena oferta de comida internacional. En general los precios son un poco más elevados que otras zonas, dado que es una ciudad eminentemente turística y a nivel internacional.
Yo tenía especial interés por conocer Cartagena, dado que hace más de 15 años había estado en La Habana vieja, que es su ciudad hermana, y ambas declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO, y de las pocas que conservan sus murallas, que las protegían de ataques de invasores y piratas. Es increíble recorrer sus calles y pensar cuánta historia hay en cada uno de sus muros.
Nos sorprendió el atardecer, bebiendo algún jugo de frutas y disfrutando de un baile popular, que los artistas callejeros suelen brindar en la plaza de los coches, frente al reloj distintivo de la ciudad.A la mañana siguiente nos fuimos a recorrer el imponente fuerte de San Felipe de Barajas. En la entrada es posible adquirir unos aparatos de audio, que te permiten recibir la historia del lugar a través de un relato fascinante, musicalizado y ambientado en la época, por lo que uno se siente transportado a años remotos. Las vistas de la ciudad son fantásticas y realmente podés aprender mucho de todo lo concerniente a aquella época. Seguramente, si no hacés el paseo con esta ayuda, o con la visita de un guía, la impresión del lugar puede ser atractiva, pero conocer fehacientemente la historia, le otorga un plus. Toda la visita te lleva unas tres horas, y a pesar de que en la entrada te sugieren comprar bebidas porque arriba no venden, esto no es real, e incluso te sale más barata que el precio que piden abajo.
Por la tarde nos fuimos nuevamente a la ciudad, a deleitarnos con un café de Juan Valdez, y a darnos el gustito de probar un buen ceviche en La Cevichería, justo enfrente del ex convento de Santa Clara, hoy lujoso hotel de la cadena Sofitel.Tuvimos muchas opciones para visitar las islas del Rosario e isla Barú, de acuerdo a las recomendaciones y relatos de viajeros, pero optamos simplemente por comprar un pasaje en lancha hasta la isla, que incluía un almuerzo, dado que nuestro viaje continuaría hacia el resto de Colombia, y no era nuestra idea permanecer una noche allí.Por lo tanto salimos de la terminal de lanchas, en el muelle de los Pegasos, frente a la Bahía de las ánimas. Realmente el servicio es muy desorganizado: presentás tu ticket para atravesar los molinetes de acceso, y allí te anotan en unas planillas para ser llamado, pero lo que ocurre es que te mezclás entre más de 500 personas y hay varias lanchas, por lo que los gritos de los guías se pierden entre la gente y toda se torna bastante confuso, máxime para aquellos que no hablan castellano. Luego de una hora de espera la lancha sale y se interna en el mar por una hora aproximadamente. La mayoría continúa viaje hacia un acuario que hay en otra isla, pero nosotros decidimos bajar en playa Blanca para disfrutar bien el día. El paisaje es fabuloso, el mar intensamente celeste, la playa de arena fina y muy blanca, algunas palmeras y pequeños árboles en la costa y …una sucesión interminable de vendedores ambulantes que no te dejan respirar: te ofrecen desde collares y artesanías, hasta ostras, langostas, hamacas, lo que se te ocurra. Viene de a dos, tres hasta cinco y uno que no quiere ser descortés solicita con respeto que al menos nos dejen tocar la arena y poder disfrutar un minuto de la vista, pero es muy difícil, porque ellos sólo quieren que les compres. En fin, el lugar es precioso, si lográs despegarte de los vendedores, aunque si le comprás a uno te aseguraste la compañía del resto toda la tarde.
Tuvimos un almuerzo frugal en unos de los puestitos de la playa (hay varios, todos con el mismo menú: pescado grillado, con patacones y arroz), donde debo destacar que no hay agua, fuera de unos estanques que utilizan para lavar y para el baño.
La lancha vendría a buscarnos a las 4 de la tarde, pero regresó una hora antes porque el mar estaba muy picado, a pesar de que el día estaba espléndido de sol.Así todos los que debíamos regresar a la ciudad tuvimos que adentrarnos varios metros en el mar, porque las lanchas no podían atracar en la playa debido al intenso oleaje. Esto que era una aventura graciosa para subir de fue transformando en algo menos divertido, ya que durante todo el trayecto de regreso fuimos literalmente volando sobre las olas para caer abruptamente contra el agua (los huesos agradecidos!), y cuando la lancha esquivaba la ola, el agua nos empapaba, por lo que llegamos a la costa una hora y media después, contentos con la aventura, pero agradecidos de hacerlo sanos. En el trayecto otra de las lanchas rompió su motor y estuvo a la deriva un buen rato, por lo que rescatamos a algunos pasajeros (mujeres y niños) para aliviar el peso y la angustia.
Regresamos al hotel para darnos un buen baño (sin sal!), hicimos una siesta y salimos a disfrutar de nuestra última noche, ya que por la mañana emprenderíamos viaje hacia el eje cafetero.
Busqué en Internet vuelos a Armenia, pero no conseguí nada en buen horario, por lo que seguí las recomendaciones de angélica, la recepcionista del hostel, y compré pasajes para Manizales, para comenzar allí la aventura cafetera.