En vivo desde el Caribe Sudamericano

Escribe: Alcione2
Nuevamente viviendo el privilegio de estar sumergido en un mundo distinto, con tantos elementos y situaciones que dicen tanto de tantos, con miles de cosas para ver, con el esfuerzo agradable de vivir interpretando en vivo acontecimientos inesperados, paisajes extraños, ciudades irrepetibles; con el contraste tan agudo entre la sensación de extrañeza y la de pertenencia que sólo se puede alcanzar viajando.

 

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Un baño de Venezuela

Caracas, Venezuela — miércoles, 25 de enero de 2012

El viaje empieza en Venezuela por la sencillísima razón de que después de Cuba quedé con ganas de más Caribe (y con muchas preguntas en la cabeza) y para mis adentros me decía que algún día iba a volver.
Así pues, con la misma curiosidad de siempre, me largué por las entrañas de este país bullicioso y expresionista, pero lamentablemente, por necesidad lo tuve que hacer comenzando por uno de los lados menos amables de los países: la burocracia. Sucede que en cierta forma estoy de paso por aquí, voy hacia otro país, pero además de estar estos días conociendo Caracas, luego voy a volver a recorrer Venezuela. Pero tenía que averiguar un asunto relacionado con la permanencia, así que a la mañana fui a las oficinas de Extranjería, y luego de andar rebotando como pelota de goma entre algunas oficinas pude cumplir el trámite.
Lo importante es que así surgió la oportunidad de ver una “gira” que la policía hizo por el centro de la ciudad, para controlar el comercio ambulante ilegal. El centro está repleto de esos comerciantes, una bendición para los turistas, constantemente están aclamando sus productos con una entonación y unas palabras ininteligibles, como si hubiera viajado a otro continente. Algunos ofrecían sus cosas casi agachados, a punto de agarrar sus bolsos y salir arrancando, porque ya se habían enterado de los planes policiales. Todo el sector estaba alborotado, como si estuviera pasando algo terrible. Algunos eran revisados como si se tratara de delincuentes, luego seguían como si nada. Hubo una comerciante que ni se inmutó, sencillamente cuando llegaron los policías le estrechó a uno la mano pasándole unos cuantos billetes. No sé como terminó la cosa, no quise seguir mirando ni tampoco saqué fotos al acontecimiento.
Venezuela es uno de los países más violentos del mundo, tiene índices de criminalidad sólo comparables con las zonas invadidas de Irak, o con Chicago, Nueva Orleans o Ciudad Juárez.
En un día he visto ya demasiadas cosas, ¡sólo en un día!.
Entrar a algunas oficinas públicas no es llegar, sacar un número y esperar que te atiendan; no, porque con sólo entrar tienes que mostrar la cédula o el pasaporte, dejar tus datos y pasar por un detector de metales. En una de las ocasiones sonó la alarma y un funcionario, con toda amabilidad, me preguntó si acaso llevaba armas, yo le dije que aparte del paraguas, que estoy dispuesto a usar como arma de ser necesario, ni siquiera he tomado ninguna en toda la vida.... se lo tomó con mucho humor. He visto lugares con un sticker donde aparece una pistola encerrada en un símbolo de prohibido... eso significa que ahí no te dejan entrar con armas... ¿alguna vez se han preguntado por qué en los países caribeños a la gente le gusta el béisbol? Sí, por la gran influencia que Estados Unidos tuvo y sigue teniendo sobre algunos de esos países. Lo mismo sucede con las armas, igual que en Estados Unidos, para mucha gente en Venezuela un arma es como un símbolo de masculinidad y muchísima gente tiene armas, parece que no exigen muchos requisitos para comprar una. Tal vez tengan también algo parecido a la excusa que está en la Constitución de Estados Unidos: hay que estar preparados y armados por si al Rey de Inglaterra se le ocurre volver a dominar el país; aquí en Venezuela también podrían temer que el Rey de España pueda volver a intentar conquistar el país, aunque algunos venezolanos son muy amigos del rey y, ciertamente, lo que tienen es miedo de que vuelva Bolívar.
Después vino algo más tradicional: caminar por la calle peatonal de Caracas, el “Boulevard Sabana Grande”. Son por lo menos 10 o 15 cuadras llenas de comercio de todo tipo, como en todas las peatonales, pero en ésta hay juegos infantiles en plena calle, o gente jugando ajedrez en medio de la peatonal, y prácticamente no se ven turistas.
Otra cosa que me llamó la atención es el comportamiento en el Metro de Caracas. En las estaciones más grandes, adonde llega más gente, las personas no se amontonan, si no que forman filas muy ordenadamente. Y no hay ningún agente de seguridad de ningún tipo ordenando las filas; en cambio, en Santiago de Chile, hay unos agentes que con la ayuda del sucesor del látigo colonial, con suerte logran que no nos paremos en el borde del andén. En el Metro de Caracas no hay nadie y sin embargo todavía no veo a ninguna persona sobrepasar la línea amarilla. Sin embargo, los pasajeros que bajan y suben de los vagones no se coordinan y se empujan, no podía ser perfecto. De todas formas es impresionante para un chileno bajar las escaleras y encontrarlos a todos formaditos...
Además, si hubiera alguna autoridad poniendo orden, no sé si resultaría bien. Cuando andaba en el centro en la mañana, me detuve a tomar un café de los que venden en la calle. El señor, muy mayor, que me lo vendió, se notaba que era una persona tranquila. Con sus manos curtidas, apenas realizaba su trabajo. Era notoriamente muy pobre, estaba muy triste, muy cansado, hastiado de repetir lo mismo día tras día. Su cuerpo parece que apenas se sostenía. Y de pronto, sorpresivamente, se puso a gritar. Quizá de donde sacaba tantas energías. Al principio alzaba un brazo y gritaba “¡No soy un delincuente!”, pero era como si no se lo gritara a nadie, como si estuviera gritando sólo... “¡No estoy dañando a nadie!” “¡No robo! ¡no mato!”  Después se desesperó y como si se hubiera vuelto loco comenzó a gritar “¡Es para comer que trabajo!” “¡lo necesito!” “¡es para comer!” Después se vio como a 20 metros de él a un policía que estaba parado mirándolo; a ese policía le estaba gritando. Seguramente el policía lo había ido a fiscalizar y a exigirle papeles o cosas así. Si el anciano hubiera sido un comerciante legal, no hubiera habido problemas, pero, por más honesto que fuera su trabajo, no tenía papeles. Y sin embargo, misteriosamente, continuaba ahí, vendiendo café casi delante del policía. El señor, con todos sus años encima, le gritaba al policía, en forma cada vez más desesperada. Fue tanto el escándalo que un guardia de seguridad de un edificio cercano se acercó y trató de calmarlo diciéndole “yo te entiendo... pero escucha, tu estás haciendo tu trabajo, y él también está haciendo su trabajo”. Es verdad, los dos están haciendo su trabajo, pero uno está haciendo un trabajo honesto y el otro no.


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