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Travesía a través del NOA y el NEA

Escribe: FerMantese
Parte IV - Entre las Nubes, en Plena Selva. El micro atraviesa la ciudad de San Salvador de Jujuy en busca de la autopista a Palpalá. Sin duda la capital jujeña vio épocas mejores. Aquel esplendor de fines del siglo XIX y principios del XX hoy en día se ve bastante atenuado. Es cierto que aquella ciudad...

 

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Capítulo 1
 

Travesía a través del NOA y el NEA (2008) -Parte IV-.

Calilegua, Argentina — lunes, 27 de octubre de 2008

Parte IV - Entre las Nubes, en Plena Selva. El micro atraviesa la ciudad de San Salvador de Jujuy en busca de la autopista a Palpalá. Sin duda la capital jujeña vio épocas mejores. Aquel esplendor de fines del siglo XIX y principios del XX hoy en día se ve bastante atenuado. Es cierto que aquella ciudad a la que hago referencia es exclusivamente la parte que hoy se encuentra entre los rios Xibi Xibi y Grande. Esa urbanización casi insular que fuera bautizada “La Tacita de Plata” no se extendía más allá de las márgenes de estos ríos. Hoy en día San Salvador de Jujuy al menos se triplicó en tamaño cruzando las orillas de ambos cauces fluviales; pero a fuerza de ser sincero estos nuevos barrios construidos más recientemente me resultan bastante poco atractivos.  Hablando con gente de la ciudad me confirman que el centro cívico ya no luce como antaño. Si bien los edificios históricos (como la Catedral y la iglesia de San Francisco) siguen en pie y abiertos a la comunidad, y a quien desee visitarlos, se los ve desmejorados y poco atendidos.

Las ciudades del NOA, y especialmente las capitales provinciales, tienen un patrimonio arquitectónico y cultural importantísimo y va siendo hora que sus gobernantes despierten de su letargo y empiecen a percibirlo, no sólo por el turismo, lo cual sería una visión errada, sino principalmente por y para sus residentes que es finalmente a quienes pertenece ese legado. Un buen ejemplo a seguir creo que es el de Salta, donde partiendo de la puesta en valor del Casco Histórico se fue alcanzando en mayor o menor medida a todos los barrios de la ciudad.

Pienso en todo esto mientras el micro transita las calles de Palpalá en dirección a la terminal. Aquí noto lo mismo que en San Salvador, es decir una mezcla de decadencia y dejadez. Palpalá fue duramente golpeada por el cierre de los Altos Hornos Zapla en la decada del ’90 y da la impresión de que nunca se recuperó, de que no hubo ideas de cómo salir adelante.

Me quedo entredormido y al despertar veo que estamos llegando a la segunda ciudad en importancia de la provincia: San Pedro de Jujuy. Aquí tampoco hay algo muy distinto para decir con respecto a lo anterior. Se parece bastante a Palpalá en todo sentido, aunque un poco más grande. Lo que me llama la atención es la gran estación de micros que posee: moderna y amplia. Ya transitando sobre la Ruta Nacional 34  se aprecian sobre la izquierda las verdes serranías de Zapla. La vegetación es abundante y bien verde, aunque menos densa a medida que avanzamos hacia el norte. Por momentos el monte nativo se corta abruptamente para dar lugar a algún campo sembrado son soja: la famosa “extensión de la frontera agrícola”. Pasamos por Chalicán y Fraile Pintado. Estos son pueblos más pequeños pero me resultan algo más vistosos que las anteriores ciudades que nombré.

Por último llegamos a la ciudad de Libertador General San Martín, aunque prefiero llamarla Ledesma ya que éste es su nombre natural. El otro le fue impuesto arbitrariamente en 1950 por el ex presidente Perón al cumplirse el centenario de la muerte de José San Martín; esa odiosa costumbre nacional de cambiarle el nombre a los lugares.

El micro hace varias paradas previas ya dentro de la ciudad antes de detenerse en la terminal. Averiguo allí mismo sobre la ubicación del camping y luego de algunos titubeos logran ponerse de acuerdo en indicarme como llegar. Caminando hacia el camping confirmo lo que vislumbraba desde el micro: la ciudad tiene las mismas características de las que vengo viendo desde que salí de San Salvador. Tiene un centro cívico y comercial rescatable y unos alrededores decididamente feos. Me sorprendo gratamente al llegar al camping y encontrarme con un lugar perfectamente cuidado y agradable. Me recibe el cuidador del camping y me informa que el lugar es municipal y no debo pagar absolutamente nada por acampar. Me hace una recorrida por el predio y me muestra los baños con duchas, las mesas con asadores y los mejores lugares a la sombra para armar la carpa a salvo del fuerte sol de la zona. Algo curioso es que la comisaría que corresponde a esa parte de la ciudad funciona dentro del camping mismo lo que me hace sentir más seguro de dejar la carpa sola, ya que si bien el lugar esta muy bien mantenido y con una persona que cuida durante el día, no deja de ser un “camping libre” al estilo de Icaño, en Catamarca, pero en una ciudad bastante grande y aun desconocida. También me da cierta tranquilidad ver que hay otra carpa en el lugar, así que armo la mía cerca de esta otra y me voy a duchar porque el calor acá no es chiste.

Luego de una ducha reparadora soy otra persona; saludo al amable cuidador y
me voy a hacer un reconocimiento más acabado de Ledesma. Se percibe una gran influencia boliviana en la ciudad, sobre todo en los barrios periféricos; desde las construcciones en altura y con ladrillos a la vista hasta los puestos de ropa falsificada estilo La Salada pero más reducidos. También en estos barrios noto la presencia de numerosos puestos de venta de comidas y CDs piratas en las calles. Ya llegando al centro de la ciudad el entorno se vuelve algo más elegante, e incluso en la plaza principal se halla construido un impactante monumento al Libertador General San Martín y su Ejercito de Granaderos a Caballo.

Luego de caminar algunas horas decido volver al camping, ya con miras de comer algo rápido y acostarme dado que el día fue largo y el cuerpo lo siente. Al llegar veo que había instaladas algunas carpas más y que una numerosa cantidad de niños correteaban por el camping, que de hecho también cumple la función de plaza y paseo publico.

Como un plato de arroz con jardinera con la idea de ahorrar algo de dinero en la cena mientras algunos chicos me interrogan acerca del motivo de mi visita a la ciudad; si era cierto que dormía en una carpa; porqué tenía la barba tan larga; y si me gustaba tanto el arroz. En fin, hago gala de mi simpatía por los niños y satisfago pacientemente cada una de sus inquietudes hasta que los padres comienzan a llamarlos, al mismo tiempo que retarlos, por hablar con extraños... Al cabo de un rato el camping queda casi desierto, a dormir se ha dicho que mañana será otro día.

El día pinta para ser muy caluroso, ya de mañana la temperatura supera los 30°. Mientras tomo unos mates converso con el cuidador quien me comenta sobre la belleza de un pueblo llamado San Francisco a 45 kilómetros de Ledesma. Al parecer el lugar se halla inmerso totalmente en las yungas a unos 1400 mts. de altura. Tan solo de escuchar el relato del hombre a uno le dan ganas salir ya para ahí.

Ya pasado el mediodía salgo para la terminal de ómnibus donde me informan que funciona la oficina de turismo. Vamos a ver si consigo información sobre el Parque Nacional Calilegua, que al fin y al cabo es lo que me interesa visitar.

Previa espera de la señora que atiende, ya que llego justo en la hora del almuerzo, me veo otra vez con alguien que me habla maravillas de San Francisco. Me explica de la hermosura de las mañanas y los atardeceres allí, de las nubes descendiendo por la tarde y cubriendo el pueblo casi por completo por un buen rato, que se halla sobre la ladera de las montañas en una bellísima selva de altura (eso significa el vocablo “yungas”), y demás cosas que no me dejaban opción mas que decir: OK. ¿Dónde saco los pasajes? Casi obnubilado con su relato giro mi cabeza hacia la derecha y veo que una chica con un sombrero de ala ancha se acerca a nosotros y pide por información turística. La señora repite su descripción sobre San Francisco aun con más emoción. Ambos nos miramos como diciendo: sin dudas tenemos que conocer ese lugar.

Salimos juntos de la oficina de turismo con la convicción de ir a San Francisco cuanto antes. Averiguamos en la terminal y nos informan que el único micro que va a este supuesto paraíso sale solo por la mañana; al parecer no nos va a quedar otra que esperar un día más en Ledesma. Mientras caminamos hacia el centro de la ciudad nos vamos presentando: ella se llama Sophie, es oriunda de un pueblo en el sur de Francia llamado Avignon y llegó ayer a Ledesma proveniente de la Quebrada de Humahuaca. Según me cuenta también viene escapando de la “masificación turística”, en busca de nuevas aventuras.

El calor ya ahora es agobiante; fácilmente debe superar los 40 grados. El clima en esta parte de Jujuy es radicalmente distinto al de la Quebrada y La Puna, incluso al de los Valles donde es, aun, un poco más templado. Acá la humedad y el calor se conjugan creando una atmósfera densa y pegajosa. Me vienen a la cabeza las palabras del burrito Ortega cuando en un reportaje informal contaba las penurias que pasaba con su familia para poder conciliar el sueño en las noches de verano cuando aun andaba por estas tierras.

Luego de almorzar algo a la pasada nos preguntamos como seguir la tarde.
Salimos a caminar y por casualidad pasamos frente a unas piletas públicas de
natación. Miro a Sophie y le propongo zambullirnos de cabeza en esas abarrotadas piscinas urgente. Ella me devuelve la mirada dulcemente y me dice que no trajo malla…Ya casi sin opciones la invito al camping a tomar unos mates y charlar de la vida bajo algún árbol frondoso; por lo menos allí, al ser abierto, corre algo más de viento. Hablamos de Francia, de Argentina, de su pueblo, de mi ciudad, de sus gustos, de los míos; en fin de ella y de mí. Me comenta que esta viajando sola por Argentina durante este mes y que luego ya se vuelve a Buenos Aires donde va a quedarse por un año para realizar un curso de diseño textil. Ya va cayendo la tarde y ella decide volverse al hotel donde esta parando. Arreglamos para encontrarnos a las 9 de la noche allí para luego ir a cenar. En medio de truenos y relámpagos la despido por un rato.

Ya para la hora de salir a buscar a Sophie comienza a llover bastante fuerte. Espero un rato a ver si para, pero es inútil así que me tomo un taxi compartido al hotel. Muy románticos quedamos los dos caminando bajo la lluvia en busca de algún lugar “baratito” para cenar. Finalmente entramos en un lugar que parece tener buena comida casera.  Mientras comemos la tormenta toma forma de tempestad. A través de la puerta de entrada veo como la calle se convierte literalmente en un río. No puedo evitar pensar que la carpa no la debe estar pasando nada bien en el camping. Sorpresivamente, mientras hacemos la sobremesa, Sophie mira hacia fuera, luego me mira a mí, y me dice: ¿”vamos”? Yo tardo algún instante en responder y le digo:”pero esta diluviando… ¿porqué mejor no esperamos que pare un poquito?” Con una lógica algo dudosa ella me explica que esta lloviendo hace horas y que lo más probable es que no pare en toda la noche. En fin, no se le puede decir que no a una dama, así que allí salimos a enfrentar la tempestad en su momento de mayor furia. De más está decir que llegamos al hotel empapados de pies a cabeza. La saludo y quedamos en encontrarnos mañana a las 8 en la terminal para tomar el micro a San Francisco. Espero en el lobby del hotel unos minutos y la lluvia disminuye considerablemente, aunque para el caso me da más o menos lo mismo ya que estoy empapado. Al llegar al camping me encuentro con lo que tanto temía, la carpa fue poco menos que arrasada por el temporal. La bolsa de dormir, el aislante y buena  parte de la ropa están mojados. Miro hacia el destacamento policial y veo que hay luz; le cuento lo que me pasó al oficial que estaba de turno y éste me permite trasladar todas mis cosas desde la carpa al interior del edificio. Así fue que abandono obligadamente la carpa por esa noche y duermo en el interior del destacamento. Si me lo preguntan, el piso está bastante duro… 

Me despierto a las 7:30 y la lluvia aun continua, aunque débilmente. Me cambio la ropa con algunas de las pocas cosas que me quedan secas, desarmo la carpa y me voy para la terminal. Luego de encontrarnos con Sophie, a quien ya para este punto he bautizado cariñosamente como Chufi, nos disponemos a intentar abordar el viejo Mercedez Benz 1114 que nos llevará a San Francisco. La unidad es pequeña y la cantidad de gente es mucha, pero en fin, haciendo fuerza entramos todos. Casi por casualidad logramos agenciarnos dos asientos contiguos así que podría decirse que viajamos relativamente cómodos, aunque el interior del micro sea un caos de gente amontonada, equipaje, mercadería para los negocios de allá y trastos varios. Es increíble que el viejo “Merceditono cuente siquiera con portaequipajes en el techo, al estilo de los Mendoza que van de de Humahuaca a Iruya.        

La salida de Ledesma es lenta y trabada. Ya al cruzar el punte sobre el río San Lorenzo y desviarse a la izquierda por la Ruta Provincial 83 el micro toma algo de velocidad. Luego de transitar 8 kilómetros por esta ruta provincial pasamos por la entrada al Parque Nacional Calilegua, el cual ahora quedará para más adelante. Se bajan unas chicas que planean acampar y seguimos viaje. El micro comienza a trepar pesadamente las serranías de Calilegua y ciertamente el paisaje no podría ser más bello: se ve, hacia el lado de la ladera, al Río San Lorenzo serpenteando entre una espesa yunga, la misma que también nos rodea a nosotros más y más a medida que ganamos altura. El paisaje se asemeja mucho al que uno puede imaginar en la selva colombiana o peruana, aunque tal vez no tan extremadamente tupido. De todos modos, al llegar, es esta la imagen que me transmite San Francisco con respecto al entorno natural: me siento en algún lugar de Colombia.

Inmersos en un calor húmedo, rodeados de exuberante vegetación, altas montañas y nubes al alcance de la mano nos disponemos a hallar el camping Arco Iris, para lo cual  tratamos de informarnos sobre su ubicación, pero ciertamente no es el mejor momento para esto porque toda la atención del pueblo esta puesta en un campeonato zonal de futbol que se esta llevando a cabo en la localidad. Caminamos infructuosamente en su búsqueda, pero nada, ni rastros. Volvemos a preguntar por el camping, en este caso a un señor que ocasionalmente nos cruzamos, y éste nos recomienda otro, que a su entender es mejor y da más seguridades de estar habilitado. Para nuestro pesar se localiza en el otro extremo del pueblo, algo así como a un kilómetro cuesta arriba. Miro a mi compañera y le digo: y bueno parece que no queda otra Chufi… Al llegar al teórico camping, llamado Los Helechos, en realidad nos encontramos con una bonita casa con amplio jardín, donde suponemos que será el lugar de acampe. Es en vano intentar que alguien nos atienda: la casa da toda la impresión de estar deshabitada. Ya verdaderamente cansados de peregrinar con las mochilas a cuestas nos disponemos a acampar en un campito muy bonito que se encontraba justo enfrente a la casa-camping. De hecho lo hacemos; si alguien nos dice algo, después veremos que hacemos, pero por lo pronto este será nuestro lugar. El sitio no esta nada mal: el pasto bien coartadito y una vista de las verdes montañas y de la parte inferior del pueblo más que envidiable.

Habiendo transcurrido un par de horas desde nuestro establecimiento en dicho campito se nos acerca un hombre de unos 40 años, con acento cordobés, quien nos informa que es el encargado de la casa-camping y nos recomienda que rearmemos nuestra carpa en el interior de la propiedad, porque debido al torneo de futbol hay mucha gente “de afuera” y podría no ser “seguro”; en fin, yo paralelamente pienso que al buscar la palabra “Seguridad” en el diccionario debiera aparecer una foto de San Francisco, con torneo de futbol y todo. Lo cierto es que nos invita a entrar, nos muestra el lugar, y casi que nos pide el favor de que le cuidemos la casa durante el fin de semana, ya que él estaba de encargado en la organización del torneo y no iba a poder hacerlo. A cambio podíamos usar todas las instalaciones y servicios en forma libre y gratuita. Bueno, como se imaginarán, no nos hicimos rogar mucho… Antes de retirarse nos deja la llave y nos da algunas indicaciones sobre el uso de la electricidad y la garrafa de gas.

La hermosa casita tiene una amplia cocina, unos hermosos jardines con quincho, y en la parte superior un gran cuarto con varias camas cuchetas listas para ser usadas. Nosotros, tal vez por no abusarnos, preferimos armar la carpa en el quincho y dormir ahí, aunque sobre un colchón que sacamos de una de las camas.    

En fin, para no ahondar en detalles accesorios que seguramente no hacen al quid del relato, puedo decir que pasamos unos días hermosísimos, lo más hermosos del viaje en lo que a mi respecta, allí en San Francisco. No quedó lugar sin explorar, ni persona con quien hablar aunque sea unas palabras. Ciertamente es un lugar completamente virgen e inexplorado por el turismo, se encuentra en las antípodas de la Quebrada de Humahuaca. Agradezco al cuidador del camping y a la señora de información turística de Ledesma por haberme hablado de este pueblo, tenían razón: era un paraíso. 

Al volver a Ledesma nos alojamos por una noche en el hotel donde Chufi estaba cuando la conocí porque el tiempo amenaza lluvia… y también tenemos ganas, ya, de la comodidad de una cama. 

Al día siguiente vamos a visitar el Parque Nacional Calilegua que nos había quedado pendiente, y hacemos el trayecto desde Ledesma a pie para apreciar mejor el paisaje. Una vez en la entrada tenemos la suerte de que una pareja de paraguayos, que casualmente también estaban de turistas, nos lleven con su auto por todo el parque; así que pudimos conocerlo por completo. Es realmente hermoso, aunque para conocer lo mejor hay que internarse a través de unos senderos, bien señalizados, que lo conducen a uno hasta unos lugares mágicos en medio de las yungas. Miradores, pantanos y animales exóticos hacen las delicias de los visitantes.

Esa noche, que será la ultima juntos, la pasamos nuevamente en el camping.
El cuidador, quien ha presenciado toda la evolución de mi relación con Chufi, me mira con mirada cómplice cada vez que nos ve pasar, y yo, no puedo contener la sonrisa. Amanece un día gris y feo, triste es la palabra; tal vez como un escenario adecuado para nuestra despedida. Acompaño a Chufi hasta la terminal, donde aborda un Ballut a San Salvador de Jujuy. Ella ya me había adelantado que debía volver a la capital provincial indefectiblemente porque una amiga la esperaba y no podía fallarle. En fin, no intento cambiar sus planes, al menos no demasiado… Solo nos prometemos vernos a la vuelta en Buenos Aires y nada más. A través del vidrio mojado veo a Chufi alejarse hacia su próximo destino.

Vuelvo al camping, desarmo la carpa, saludo al cuidador y a los policías prometiendo volver algún día, y me dirijo nuevamente a la terminal para yo también seguir viaje, no sé bien a donde, estoy medio confundido, pero igualmente eso no es lo importante, el punto es que el viaje debe continuar. Los mojones de las rutas deben seguir pasando a mi lado a medida que avanzo hacia nuevas aventuras, ese es el alimento de un viajero y eso no se fue, sino más bien me está esperando ansiosamente.

Publicado el 27/oct/2008, 13.47
Modificado el 9/feb/2010, 22.05
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Últimos comentarios

entropia2002 dice:
FEr: El NOA, me hizo conectar con la amdre tierra de una forma tan fuerte, que adorando el mar como lo adoro, no puedo dejar de pensar en continuar recorriendo lugares montañosos. Gracias por agregarme como amiga.
saludos viajeros desde el Paraná.

Publicado el 1/nov/2008, 14.18 

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