Diarios de viaje > Calcuta, Asia
Calcuta ¿La ciudad de la Alegría?
Escribe: marapz
26 de septiembre (lunes)El primer recorrido por Calcuta me llevó a error. Para llegar al centro de la macrourbe, el tráfico se ve obligado a atravesar el puente Howrah sobre el río Hooghly...
Calcuta se hunde
Calcuta, India — miércoles, 28 de septiembre de 2005
27 de septiembre (martes)
Las historias de Calcuta estaban ahí, sólo hacía falta salir a la calle, dispuesto a percibir esas pinceladas de horror de una ciudad sinónimo de caos urbano y desesperación. El primer objetivo del día: encontrar ese hotel. Volvimos al Salvation, al María, entramos en el Parangón, el Modern Logde, el Astoria, y en otros muchos que ahora no recuerdo. No había forma, cada habitación era peor que la anterior. Unos camastros con colchonetas literalmente mugrientas, grasientas y negras, que serían la delicia de cualquier chinche o ácaro, competían en suciedad con las paredes y los servicios. Al final, nuestro 'hogar' sería el Modern Logde, situado en la encrucijada de dos calles -la de las ratas y la del urinario público-. Acogedor, ¿verdad? La única ventaja: su precio (1,5 euros por noche y cama).
El objetivo de nuestra estancia en Calcuta era los centros de la Madre Teresa, por lo que nos dirigimos hacia la calle Bose Road (la sede de las misioneras de la caridad). La calle que separaba la Mother House de Sudder Street era infame. Asentada en pleno barrio musulmán, esa calle es un claro ejemplo de lo que se cuece en Calcuta. ¿Para qué ir a la Ciudad de la Alegría cuando la Ciudad de la Alegría es todo Calcuta?
Las aceras son tan estrechas o inexistentes que todo el mundo se ve obligado a andar por en medio de la calle. Cada uno va por donde quiere, y los peatones sólo se apartan cuando sienten la rueda de la motocicleta o del taxi golpear contra su pie. Utilizan el claxon como única forma de avisar, y doy fe de que así es. Exclusivamente despegan el pulgar de él los segundos que transcurren hasta que ven el siguiente obstáculo. Cruzar la calle sana y salva es un milagro. A cada paso hay que sortear los rickshaws, los tu-tus, los carros, los taxis y para colmo los tranvías, que se abalanzan sin orden aparente.
A través de un estrecho y corto callejón se accede a un edificio de aspecto muy modesto, pero impensable en el corazón de esta ciudad. Nos inscribimos y visitamos la tumba de mármol de Teresa de Calcuta (1910-1997), presidida por una estatua a tamaño natural. En la sala contigua estaba la especie de capilla en la que las sisters, con sus saris impolutos blancos con ribetes azules, rezan sentadas en la posición típica india. Se pasan horas y horas inmóviles frente al altar. Y un poco más allá otra sala con objetos que narran la historia de esta albanesa, fundadora de la orden de las Misioneras de la Caridad y premio Nobel de la Paz. El último sari que ella misma lavaba hasta sus últimos días, sus relicarios, las imágenes más históricas...
Con la ilusión de haber encontrado el sitio en el que podría sentirme feliz y útil, el orfanato del Sishu Bhavan, salimos a la realidad: a las calles de Calcuta. De nuevo, el mismo recorrido maloliente y desagradable, hasta Sudder Street. La noche iba cayendo y era el momento de dirigimos al New Market, el gran mercado de la ciudad cosmopolita, para adquirir todo tipo de productos desinfectantes para adecentar, en la medida de lo posible, nuestra habitación número 12. Tarea difícil.
No sabíamos que íbamos a encontrarnos en el New Market, pero fue mucho más de lo que esperábamos, sin duda. El caos urbano se traslada al mercado con la misma intensidad. En las calles adyacentes se agolpan los cazaclientes 'acreditados', llamados 'culis', para acompañarte, lo quieras o no, por el laberíntico mercado. Por cada una de tus compras ellos se llevan una comisión. Insistes varias veces, pero no aceptan una negativa. Lo único que aciertan a decir es que 'estamos en la India y que las cosas se hacen tranquilamente'. No es posible perder los nervios, así que lo mejor es dejarse llevar. Y aseguro que en ocasiones eso se torna muy complicado.
Nada más divisar la gótica torre de ladrillo rojo, que caracteriza al New Martket, ya ves lo que se te avecina. De pasillo, en pasillo, buscando sábanas, toallas, almohadas, fregona, escoba, recogedor, lejía, estropajos, bayetas... Nos llevó bastante tiempo aprovisionarnos de todo, ya que cada vez que intentábamos tomar nosotros la iniciativa, venía 'nuestro' caza clientes para embarullarlo todo.
Por Mar Peláez
http://vayamundos.viajeblogs.com
Las historias de Calcuta estaban ahí, sólo hacía falta salir a la calle, dispuesto a percibir esas pinceladas de horror de una ciudad sinónimo de caos urbano y desesperación. El primer objetivo del día: encontrar ese hotel. Volvimos al Salvation, al María, entramos en el Parangón, el Modern Logde, el Astoria, y en otros muchos que ahora no recuerdo. No había forma, cada habitación era peor que la anterior. Unos camastros con colchonetas literalmente mugrientas, grasientas y negras, que serían la delicia de cualquier chinche o ácaro, competían en suciedad con las paredes y los servicios. Al final, nuestro 'hogar' sería el Modern Logde, situado en la encrucijada de dos calles -la de las ratas y la del urinario público-. Acogedor, ¿verdad? La única ventaja: su precio (1,5 euros por noche y cama).
El objetivo de nuestra estancia en Calcuta era los centros de la Madre Teresa, por lo que nos dirigimos hacia la calle Bose Road (la sede de las misioneras de la caridad). La calle que separaba la Mother House de Sudder Street era infame. Asentada en pleno barrio musulmán, esa calle es un claro ejemplo de lo que se cuece en Calcuta. ¿Para qué ir a la Ciudad de la Alegría cuando la Ciudad de la Alegría es todo Calcuta?
Las aceras son tan estrechas o inexistentes que todo el mundo se ve obligado a andar por en medio de la calle. Cada uno va por donde quiere, y los peatones sólo se apartan cuando sienten la rueda de la motocicleta o del taxi golpear contra su pie. Utilizan el claxon como única forma de avisar, y doy fe de que así es. Exclusivamente despegan el pulgar de él los segundos que transcurren hasta que ven el siguiente obstáculo. Cruzar la calle sana y salva es un milagro. A cada paso hay que sortear los rickshaws, los tu-tus, los carros, los taxis y para colmo los tranvías, que se abalanzan sin orden aparente.
A través de un estrecho y corto callejón se accede a un edificio de aspecto muy modesto, pero impensable en el corazón de esta ciudad. Nos inscribimos y visitamos la tumba de mármol de Teresa de Calcuta (1910-1997), presidida por una estatua a tamaño natural. En la sala contigua estaba la especie de capilla en la que las sisters, con sus saris impolutos blancos con ribetes azules, rezan sentadas en la posición típica india. Se pasan horas y horas inmóviles frente al altar. Y un poco más allá otra sala con objetos que narran la historia de esta albanesa, fundadora de la orden de las Misioneras de la Caridad y premio Nobel de la Paz. El último sari que ella misma lavaba hasta sus últimos días, sus relicarios, las imágenes más históricas...
Con la ilusión de haber encontrado el sitio en el que podría sentirme feliz y útil, el orfanato del Sishu Bhavan, salimos a la realidad: a las calles de Calcuta. De nuevo, el mismo recorrido maloliente y desagradable, hasta Sudder Street. La noche iba cayendo y era el momento de dirigimos al New Market, el gran mercado de la ciudad cosmopolita, para adquirir todo tipo de productos desinfectantes para adecentar, en la medida de lo posible, nuestra habitación número 12. Tarea difícil.
No sabíamos que íbamos a encontrarnos en el New Market, pero fue mucho más de lo que esperábamos, sin duda. El caos urbano se traslada al mercado con la misma intensidad. En las calles adyacentes se agolpan los cazaclientes 'acreditados', llamados 'culis', para acompañarte, lo quieras o no, por el laberíntico mercado. Por cada una de tus compras ellos se llevan una comisión. Insistes varias veces, pero no aceptan una negativa. Lo único que aciertan a decir es que 'estamos en la India y que las cosas se hacen tranquilamente'. No es posible perder los nervios, así que lo mejor es dejarse llevar. Y aseguro que en ocasiones eso se torna muy complicado.
Nada más divisar la gótica torre de ladrillo rojo, que caracteriza al New Martket, ya ves lo que se te avecina. De pasillo, en pasillo, buscando sábanas, toallas, almohadas, fregona, escoba, recogedor, lejía, estropajos, bayetas... Nos llevó bastante tiempo aprovisionarnos de todo, ya que cada vez que intentábamos tomar nosotros la iniciativa, venía 'nuestro' caza clientes para embarullarlo todo.
Por Mar Peláez
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Capítulos de este diario
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1
Calcuta ¿La ciudad de la Alegría?
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2
Calcuta se hunde
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3
Calcuta, ese enorme agujero de vida
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4
El monzón llegó a Calcuta
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5
La huida de Calcuta
En Calcuta...
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