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Aprendiendo a viajar: el Noroeste Argentino

Escribe: noritacecilia
Un recorrido por la Quebrada de Humahuaca y los puntos más relevantes de Salta. Siempre viajé sola, aunque hacia algún destino donde tuviera un amigo que me recibiera. Este fue mi primer viaje parando en hosteles y sin tener conocidos en destino. Es la historia de un viaje a sitios sorprendentes a los que espero regresar; y una confirmación de aquel dicho de que "mejor solo que mal acompañado"

 

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Cafayate en bicicleta de tres

Cafayate, Argentina — viernes, 27 de enero de 2006

Sonó el despertador, y yo me dispuse a exprimir mi último día en el norte. Esta vez, pasó una combi que empezó a caminar por Salta y recogió unas 15 personas. El guía era el mismo que nos había llevado a Cachi el día anterior, así que el discurso sobre el valle de Lerma, el tabaco, los pueblos, la cordillera, lo volví a escuchar, con sus mismos errores. Lo que cambió fue la gente, porque todo grupo grande tiene cierta heterogeneidad.

Cuando empezamos a hablar, muchos se preguntaban por qué yo estaba sola. Me veían chica, y todos tenían alguien con quien viajar. Los que escucharon mi historia con Carmela y la pérdida de mis fotos se complotaron para que ese último día fuera la revancha de todo lo vivido. Eran una parejita de chicos y dos hermanas profesoras, una de geografía y la otra de matemática. No solo me hicieron reír sino que me sacaban fotos con sus cámaras para después mandármelas, y que al menos tuviera una imagen de aquellos días.

Pasamos de largo las formaciones sedimentarias de la Quebrada de las Conchas; la idea era llegar a Cafayate, visitar las bodegas, almorzar y luego ver la quebrada con detenimiento al regreso. Todo el paseo en la bodega fue muy interesante; pero a la hora de comer, y a la vista de lo que me había pasado en Cachi, le propuse a los chicos si no querían comprar unas frutas y salir a caminar la ciudad. Al guía no le gustó mucho la idea, pero nos puso una hora y lugar de encuentro, y ahí partimos.

Nos llegamos hasta la plaza y en seguida encontramos el mercado para cargar la mochila de peras y ciruelas. Ahí también preguntamos donde ir, y nos dijeron "a los ríos".Y resultó ser que en la plaza alquilaban bicicletas, $3 la hora; justo el tiempo que teníamos para tratar de llegar. Así que ni lo dudamos, y salimos pedaleando en una bicicleta de tres.

Ninguno de los tres había andando nunca en una de esas, así que era una aventura total. Ale iba adelante, Caro, su novia en el medio, y yo atrás. Resultó ser que los pedales se coordinaban rápido, y que lo difícil del asunto era subir y bajar, así que andábamos regulando, tratando de no parar. Lo primero que hicimos fue pasar por la puerta del restaurante a saludar al resto del tour; las dos profes se morían de risa de ver nuestra ocurrencia.

A todo esto, ni idea como llegar al río... no quedaba más que preguntar, pero no nos podíamos parar. El sistema fue el siguiente: veíamos una persona adelante, bajábamos el ritmo. Ale lo saludaba, le preguntaba, mientras nos explicaban lo pasábamos y finalmente yo lo saludaba dándome vueltas. Creo que medio Cafayate se rió con nuestra payasada, porque además, andábamos a grito limpio. En una de esas, Ale, me dice: "Che Nora!! LO QUE SE PERDIÓ TU AMIGA!!". Y reimos. No hubo frase que resumiera mejor ese momento.

Finalmente llegamos al río, y no sé como pero nos bajamos de la bici y nos sentamos a orillas del agua a comer la fruta. El valle era imponente, ancho, pero cercado por montañas como muros. El día estaba totalmente despejado, por lo que el cielo parecía aún más limpio y azul. Todo alrededor del río era verde, y había bastante gente acampando. No pudimos hacer mejor opción que esa para el almuerzo. Descansamos, conversamos, reimos... y de alguna manera logramos subirnos a la bicicleta y volver a la plaza. Nos quedó además un tiempo para conocer un poco a pie.

Las formaciones de la Quebrada de las Conchas eran estupendas... lástima el apuro con que las vimos; me hubiera gustado tener un poco más de tiempo en cada una. Pero bueno, (cosa de los tours...) había una pasajera hincha que insistía e insistía al guía para que nos apuremos así lográbamos ir al dique Cabra Corral...

Finalmente, la doña cumplió su cometido. El embalse era de color azul intenso, y me impresionó. Ahí caí en la cuenta de que en todo el viaje nunca había visto tanta agua junta, ni siquiera en la laguna de los Pozuelos, que es apenas un charco muy poco profundo extendido. Alrededor del embalse la vegetación era verde intensa y abundante, y había un viento frío que nos volaba!!

Caía la tarde cuando entramos a la ciudad; cambié datos con las profes y acordamos con Ale y Caro vernos esa noche para ir a la Balcarce y tomar una cerveza Salta negra. Ellos también viajaban al día siguiente.

Cuando le conté a la señora María Eugenia se puso chochísima. ¡Qué mujer de corazón tan grande! Me bañé, comí algo y ella me dio las llaves para que vuelva a la hora que me parezca. Ya se parecía mucho a una madre postiza... Llegué a encontrar a los chicos en la plaza y fuimos a la Balcarce. En seguida me acordé de Paula, porque la peatonal estaba llena de mesitas con jóvenes en la calle, y aquí y allá había gente bailando chacarera. Elegimos un bar y pedimos una cerveza negra; fue algo inolvidable... la despedida ideal de una ciudad espectacular; el broche de oro para mi primer viaje verdaderamente sola.

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